Pocos asesinos han generado tanta literatura como El Destripador. Y aún cuando ya han pasado más de un siglo de aquel 1888 en que 5 mujeres fueron horriblemente asesinadas por un desconocido al que se le dio el nombre de Jack, su historia sigue fascinando a las nuevas generaciones.
Hoy, apenas quedan testimonios físicos del Whitechapel de 1888. La iglesia blanca llamada Whitechapel, un par de pubs (el Ten Bells y el Princess Alice), ciertos espacios y los adoquines de entonces, como en Mitre Square. No importa. La zona igualmente se ha convertido en escanario de un saludable negocio turístico, según informa en su edición de este domingo el diario madrileño El País.
Los paseos turísticos cuestan unas seis libras (8,85 euros), suelen comenzar en la estación de metro de Aldgate East y adoptan como eje Comercial Street, porque en esa calle se encuentran dos pubs que ya existían en 1888 y eran frecuentados por las víctimas y, se supone, por el asesino: el Princess Alice y el Ten Bells.
Algunas calles, como Fashion Street, conservan los rasgos decimonónicos. Los turistas del crimen disponen de mapas de la época y observan con disimulada fruición las fotos, altamente macabras, que facilitan los guías. Lindsay Siviter solía cantar la canción que oyeron cantar a Kelly, la última víctima, poco antes de morir.
Hoy, apenas quedan testimonios físicos del Whitechapel de 1888. La iglesia blanca llamada Whitechapel, un par de pubs (el Ten Bells y el Princess Alice), ciertos espacios y los adoquines de entonces, como en Mitre Square. No importa. La zona igualmente se ha convertido en escanario de un saludable negocio turístico, según informa en su edición de este domingo el diario madrileño El País.
Los paseos turísticos cuestan unas seis libras (8,85 euros), suelen comenzar en la estación de metro de Aldgate East y adoptan como eje Comercial Street, porque en esa calle se encuentran dos pubs que ya existían en 1888 y eran frecuentados por las víctimas y, se supone, por el asesino: el Princess Alice y el Ten Bells.
Algunas calles, como Fashion Street, conservan los rasgos decimonónicos. Los turistas del crimen disponen de mapas de la época y observan con disimulada fruición las fotos, altamente macabras, que facilitan los guías. Lindsay Siviter solía cantar la canción que oyeron cantar a Kelly, la última víctima, poco antes de morir.


