¿Cuánto vale un rato de felicidad?
Martino la toma en el medio, levanta la cabeza y de memoria le pone la pelota adelante a Balbo, que define a la izquierda del arquero.El Tata tenía otras opciones de pase: Dezotti y Condorito Ramos.
No, no es un sueño. Pasó este sábado en Granadero Baigorria, como pasaba hace casi veinte años en el parque Independencia, cuando el coloso no era el estadio sino el equipo.
Un partido, dos equipos campeones, veintidós jugadores surgidos de las inferiores.
“Vamos, vamos los pibes”, canta la tribuna. Los que están en la cancha, los de adentro y los de afuera, se ríen, pero la canción no es desatinada. Son los pibes nacidos en Newell’s, crecidos en el club, campeones con la rojinegra que, muchos de ellos después de pasear su talento por el mundo, vuelven para mostrar que hay historia, que nada es fruto de la casualidad.
No, no es en el Parque, sino en la casa de Griffa. Pero es Newell’s. Un Newell’s donde nadie anda con la calculadora en el bolsillo, porque los bolsillos están llenos de gozo.
Aquí no hay pifias marca Gaitán sino firmeza Pochettino. Acá no hay despejes a ninguna parte estilo Mainguyague sino salida con pelota al pie de Fabián Basualdo. Tampoco autitos chocadores a lo Lucero, sino la pausa de Martino y el Yaya Rossi. Acá Zamora llega al área gambeteando y no se parte el tobillo en cuatro a lo Steinert. Y cuando Dezzotti tira el centro no hay Salcedos para cabecear sino Cozzonis, Ramos, Balbos.
Fue un rato de felicidad el que se vivió este sábado en el homenaje a Griffa en Granadero Baigorria. Sí, nos la volvieron a dar los viejos muchachos de Newell’s.
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