Por Ricardo Robins
“Si no empiezan las obras no nos movemos de la ruta y cada vez vamos a ser más”. Esa fue la advertencia de los vecinos de barrio Cristalería durante las inundaciones de fines de marzo de 2007 a las autoridades. Advertencia que por otro lado cumplieron hasta que vieron –dos semanas después, a mediados de abril- que las máquinas empezaron a trabajar en la limpieza y profundización de los canales. Sintieron que el objetivo estaba cumplido: ya no se volverían a inundar.
Sin embargo, la obra en toda la Cuenca del Ludueña –pendiente desde 1988 por la burocracia municipal y provincial y que comenzó recién cuando los vecinos realizaron un piquete porque tenían el agua hasta la cintura- llevará dos años de ejecución. Y Cristalería, extremo noroeste de la ciudad, es el último punto en donde los técnicos deben trabajar.
Por eso, a siete meses del inicio de las obras de calado, ensanchamiento y rediseño hidráulico, en la zona que más sufrió la inundación queda mucho por hacer y los vecinos creen que ante una nueva lluvia intensa en el verano podrían volver a vivir el mismo drama.
La descripción que hace el presidente de la vecinal es clara: el primer puente debajo de la ruta desde calle Salvat está tapado con tierra y yuyos, el canal Ibarlucea está obstruido y sucio, hay obras a medio camino, como el zanjeo en Nuevo Alberdi o el puente de Baigorria que se tiró abajo y no se volvió a construir.
Sin embargo, los vecinos no salen a reclamar como lo hicieron durante abril. ¿Por qué? “Yo no me la juego más, después de lo que hicieron acá no quiero saber más nada”, explica resignado el Negro, de Cristalería.
Su indignación está relacionada con lo que pasó luego del primer reclamo por las obras. Durante abril todo el barrio unido logró que comiencen los trabajos para no volver a inundarse. Y después comenzó una segunda pelea: la compensación por los daños sufridos en sus casas.
Allí se agregaron nuevas personas y el espíritu del reclamo cambió. Sin embargo, la Municipalidad puso límites: no se entregaría dinero sino materiales para que no vuelva ocurrir lo que pasó en ciudad Santa Fe tras el desborde del río Salado (muchos destinaron el subsidio recibido a otros fines en lugar de reconstruir sus hogares).
Claro que esa no era una tarea fácil. Hacer un censo, determinar quienes perdieron y cuánto, y después buscar la forma de compensar uno por uno, era sin dudas complejo. Y se ve que fue demasiado trabajo porque el problema se solucionó finalmente de otra forma: se “eligieron delegados” por manzana encargados de que cada vecino reciba a un visitante social para negociar una suma de dinero.
Algunos cobraron tres mil pesos, otros siete mil. Algunos inundados no cobraron, otros que no tuvieron agua sí lo hicieron. Y cuando todo pasó, quienes siguieron viviendo en el lugar fueron los “delegados”. Ellos fueron los responsables a los ojos de sus vecinos (y no la Municipalidad y su particular sistema de compensación). Surgieron viejas broncas, nuevas broncas y muchos terminaron enfrentados.
Peleados. Preocupados pero desmovilizados. Así están los mismos vecinos que hace unos meses se organizaron y reclamaron de forma pacífica y organizada. Ellos perdieron, alguien ganó.


