Dos y media de la mañana del veinticinco de diciembre de mil novecientos noventaialgo. Un grupo de amigos espera un colectivo que los lleve hasta Alberdi desde una esquina céntrica de calle Santa Fe. Amenizan la espera tirando petardos, bebiendo y bromeando sobre la exasperante frecuencia del transporte público en días festivos.
Uno de los muchachos lleva una bolsa de supermercado repleta de pirotecnia de todos los calibres: tres tiros, rompeportones, caramelitos brasileros, triangulitos, un par de bombas de estruendo y petardos doble-mecha. Todo un arsenal. Cada tanto, enciende algún explosivo y lo arroja a los pies de algún amigo distraído provocando las carcajadas del grupo. Otro termina una botella de champagne y la estrella contra una pared. Todos ríen y disfrutan el espíritu de la Navidad.
Finalmente, llega un colectivo casi lleno. Uno a uno pagan su boleto al chofer y tratan de ubicarse como pueden. El fondo del coche ya esta tomado por otra barra de jóvenes tan o más bullanguera que ésta. Vienen cantando versos tribuneros, tomando vino y marcando el ritmo con los pies y con las manos contra el coche. Ellos también tiran petardos, dentro y fuera del colectivo. El grupo de recién subidos inmediatamente se une a los cánticos y al golpeteo, y en un inesperado efecto dominó, casi todos los pasajeros terminan acompañando con sus gargantas y aporreando la carrocería.
A las pocas cuadras, el contagioso frenesí comienza a desbordar: el chofer sigue de largo en las paradas ante la mirada atónita de quienes allí esperan el transporte. El muchacho de la bolsa de cuetes asoma medio cuerpo por la ventana y dispara un tres tiros al grupo de frustrados pasajeros. Afortunadamente, explotan sin dañar a nadie. Todo es griterío y alboroto. Uno de la barra del fondo enciende un porro, otro se cuelga de los pasamanos y comienza a balancearse con movimiento pendular. Alguien de más adelante lo imita, pero su peso arranca los tornillos que aferran la vara al techo y desencaja un segmento. Ahora tiene en la mano una barra de hierro del largo de un brazo que aprovecha para asomar por la ventana y golpear la cara exterior del vehículo.
Se escucha una explosión. Es el gran ventanal posterior del colectivo que estalla contra el pavimento de avenida Alberdi. En éxtasis, un grupo festeja la travesura gritando e insultando a través del hueco que abrieron. La otra barra de jóvenes no quiere ser menos y revienta un vidrio lateral. El delirio crece entre el olor a pólvora de los petardos y las canciones contagiosas. Dos muchachos sacuden una butaca hasta arrancarla y la arrojan por la ventana rota, entonces el sillón rueda por la calle obligando a un auto a maniobrar para esquivarlo. Todo parece estar saliendo de control cuando finalmente, interviene el chofer y grita “¡Rompan todo, que es Navidad!”.
No queda mucho más para averiar cuando llega el final del recorrido para el grupo del medio. Tocan timbre y descienden saludando a quienes quedan en el coche. Desde el colectivo les arrojan unos petardos y también una botella vacía que pasa peligrosamente cerca de la cabeza de uno de los chicos. Estos devuelven la gentileza con fuego de tres tiros mientras el ómnibus se aleja, con sus estrofas y sus vidrios rotos. Ellos van camino al boliche, al lado del río, a festejar la Navidad que recién comienza.


