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Sigue la saga sobre el filósofo taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung, que se plantea hacerle frente a los miedos para poder darle rienda suelta a su capacidad para enamorarse  
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Seguro que al rato estará volando
inventando otra esperanza para volver a vivir
Litto Nebbia

 

 

¿Qué es lo que amamos cuando nos enamoramos? ¿A la otra persona? ¿A nosotros? ¿Una idea de nosotros con la otra persona? ¿La vida misma?

El amor es, acaso, el mayor misterio. Y el más hermoso. Enamorarse es sublime. Pero hay que aprender también a desenamorarse. Para poder entrar, pero también salir. Y volver a entrar con la capacidad de amar no sólo intacta: enriquecida por la experiencia anterior. El amor en total libertad, sin miedo a la pérdida. Que sea sano, pleno, genuino, transparente.

Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro taoísta-leninista que inspira esta columna y a miles de seguidores en todo el mundo, se enamoraba seguido. A veces eso daba pie a escenas de abrazos, de besos, de sexo, de cine, de charlas, de cocina, de noviazgo, de promesas, de decepciones y de muerte (de la relación, no es para tomárselo tan a la tremenda). Y otras veces Vladimir vivía exactamente lo mismo, sólo que la otra persona, la enamorada (o enamorante en este caso), no se enteraba. Es que a Tao Tse Tung, que tanto adoraba los principios, la posibilidad de un rechazo lo ponía ante lo único que lo hacía sufrir más que los finales: que algo no empezara.

Acaso tuvo que ver su frustrado intento con Rosa Luxen Virgo, aquella noche negra del bar Blanquen de Berlín. Desde entonces, avanzaba con el cuerpo y la palabra sólo si se sentía sobre seguro. Sino, toda la historia –las miradas, los nervios, el primero beso, la sintonía fina, el éxtasis– la atravesaban su mente y su corazón. Y hasta ahí llegaba. Esos amores por momentos parecían paraísos. Sólo que llegaba un punto en el que el cuerpo también pedía y entonces, al final, no estaba allí, en esa especie de dulce encierro, la felicidad.

Pero nunca nada es tan negro ni tan blanco. Y lo único seguro ya sabemos qué es. 

Un perfume. Sí, un perfume, hizo tambalear toda esa estantería de remedios contra la inseguridad. Vladimir lo sintió –lo volvió a sentir– una noche de septiembre en el bar Le Cairó de París, mientras bajaba de su bandeja de mozo un whisky doble para Ernesto Meningway, una pizza de ciboullete y una gaseosa light para Man Flay, una cerveza con lupines para el escritor Fito Gerald y un Amargo Obrero para el humorista Rob Fontaine Rose.

Era el mismo aroma del tren a París. De la nariz directo al cerebro. Que da la orden de levantar vértebra por vértebra las cervicales hasta que la cabeza queda erguida y los ojos se clavan en la mujer que entra. Tiene un vestido azul, collar de perlas, un sombrero. Y la sonrisa más linda del mundo. 

Cocó atravesó la puerta de Le Cairó y para Vladimir fue como en esas películas en las que el tiempo se detiene: todo alrededor se congeló y por un momento el mundo sólo fue esa mujer, él, y el espacio entre ellos cubierto por sus miradas. Bah, en realidad por la de él, porque ella no lo miró. Por el contrario, saludaba a diestra y siniestra a la clientela paralizada, que por lo tanto –la magia dura poco– inmediatamente se descongeló, lo que hizo que Vladimir volviera inclinar la cabeza hacia la mesa, levantara la bandeja ya vacía, diera la vuelta hacia la cocina y todo regresara a foja cero.

Pero no. No era la misma foja cero. Algo había cambiado. Con esa mujer, pensó Vladimir, no iba a ser suficiente con amarla y no tocarla, no olerla, no lamerla.

Tao Tse Tung no atendió la mesa de Cocó aquella noche. El estuvo casi exclusivamente con la Mesa de les Galans, donde Meningway tomaba un whisky tras otro,y tenía atrapados a Man Flay, Fito Gerald y el humorista Rob Fontain Rose con sus historias sobre viejos, mares y la gran guerra de 1914. Pero la olió todo el tiempo, ya casi sin levantar la mirada.

Cuando la madrugada vació el bar, y del perfume de Cocó sólo quedaba una suave estela, Vladimir sintió que esta vez había que sortear los miedos. Al final, al no comienzo. Que nada, ni siquiera eso, era para siempre.

No le dijo nada a nadie. Ni siquiera a Man Flay, que lo acompañó hasta la pensión que había encontrado en el barrio Le Pichinch, y que seguro que conocía a Cocó porque dicen que si estás en París y no te sacó una foto Man Flay no sos nadie.

Pero cuando llegó a la casona ubicada frente al cabaret Le Rose, cerca de la estación de trenes, se encontró con Roxi Giro, una española que era la cocinera del lugar y tenía el don de adivinar los sueños. Y le contó todo. Que la olió a Cocó en el tren, que la olió en el bar y que iba a necesitar volver a olerla. Pero que el miedo al rechazo, y que el miedo al final…

Roxi supo rápido qué decir: "El amor es el mejor plato. Hay que soñarlo, cocinarlo, comerlo y saborearlo. Pero también digerirlo y soltarlo. Es la única manera de poder comer después, cuando sea la hora, otro plato rico".

Vladimir soñó esa noche con olores pero también con sabores. 

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