La audiencia imputativa seguida a Kevin Portillo y Alan Vallejos, apuntados como coautores del homicidio del bebé Gian Mastrocola, no alcanzó siquiera para encontrar un móvil, un porqué que ilumine el conflicto que decantó en una muerte absurda. Solo describió una secuencia de violencia descarnada, una de las tantas que terminan alterando vidas para siempre en un abrir y cerrar de ojos.
Evelin, la madre del pequeño asesinado, pidió que en el encierro los acusados "no se olviden de la cara" de Gian, que tenía un año y medio y empezaba a caminar. "Que les atormente por sus vidas", dijo.
Dentro de la sala también resultó inquietante la perspectiva de prisión perpetua que afrontan dos varones jóvenes que, según afirmaron al presentarse, tenían trabajos antes de ser detenidos. Portillo dijo brevemente que trabajaba en una empresa que realizaba labores tercerizadas en el Casino de Rosario. Vallejos afirmó que era empleado del frigorífico Swift y de una metalúrgica dedicada a la fabricación de ollas. Sin embargo, la secuencia que culminó en la muerte de Gian y la propia investigación sugieren que ambos también estaban inmersos en el delito: en el departamento de Vallejos se secuestraron una pistola calibre 11.25 con numeración limada y 306 gramos de cocaína sin fraccionar. En su descargo, el acusado dijo que la droga y el arma eran de un familiar, Alejandro Vallejos, que estaría dentro de los prófugos.
En cuanto al origen del conflicto, la fiscal Agustina Eiris remarcó que hay ocho celulares incautados que serán peritados. Dos de esos aparatos pertenecen a Ismael G., el joven que se encontraba en la barbería de Melincué 6136 antes de que el bebé recibiera el disparo fatal. Al parecer, Alan Vallejos mantenía una bronca con Ismael, el puntapié que decantó en la tragedia. Los motivos se desconocen y acaso no sean una mera "pelea interpersonal", como se sugirió al principio. El peritaje de esos teléfonos podría ser clave para establecerlos. Ismael declaró como testigo, pero no aportó dato alguno.
En cuanto a la calificación legal, la defensora de Portillo, Susana Macat, intentó postular la muerte como un caso de homicidio con dolo eventual: que su defendido se representó la posibilidad de causar daño sin tener intención directa de matar. La abogada de Vallejos, por su parte, sostuvo que su cliente no participó en forma alguna del homicidio y que es inocente.
El juez Juan Gasparini no les creyó. Argumentó que hay elementos más que suficientes en torno a la apariencia de responsabilidad y aceptó la calificación de homicidio calificado por el concurso premeditado de dos o más personas, agravado por uso de arma de fuego. "No hay mucho que discutir", dijo.



