Alberto Fernández fue electo presidente de los argentinos con un triunfo en primera vuelta, de acuerdo con los resultados oficiales de las elecciones de este domingo. La diferencia era menor a la esperada, pues el presidente Mauricio Macri levantó notoriamente su performance de las Paso. La fórmula Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner obtenía el 48 por ciento contra el 40,4 de Mauricio Macri-Miguel Angel Pichetto y el 6,17 de Roberto Lavagna. 

Así las cosas, Alberto Fernández obtenía algún punto menos que en las Paso, mientras que Macri mejoraba y mucho su cosecha del 11 de agosto, cuando obtuvo el 33 por ciento de los votos, gracias al fuerte respaldo en los distritos sojeros como Córdoba (donde duplicaba al PJ), Entre Ríos y Santa Fe, donde consiguió dar vuelta la elección a nivel provincial, pero no en Rosario. Y también en Mendoza, donde Juntos por el Cambio recuperó terreno y sacó amplia ventaja. Además, ganó en San Luis. 

La campaña de "Sí, se puede", se ve, tuvo buen efecto en esos lugares y con este resultado Macri intentará sostenerse, desde el 10 de diciembre desde la oposición, como referente de los amplios sectores que se plantaron contra el regreso del kirchnerismo al poder y encontraron en Juntos por el Cambio una identidad política que se fortaleció luego de la debacle de las Paso y los días posteriores, en los que el presidente parecía un cadáver político.

A la derecha de Juntos por el Cambio no quedó casi nada: a Gómez Centurión y José Luis Espert se les escurrió lo poco que tenían (1,7 y 1,47 por ciento). Y a la izquierda del peronismo tampoco: Nicolás del Caño obtenía el 2,15 por ciento. Fueron víctimas de la polarización que convirtió la primera vuelta en una virtual segunda vuelta.   . 

La fiesta peronista 

Que la diferencia no sea tan grande como se esperaba, no opacó la fiesta en el Frente de Todos. Como fuera, el justicialismo vuelve al poder de la mano de Alberto y Cristina, quienes cerca de las 23.10 salieron a hablar en el búnker de la Chacarita para celebrar algo que no hubiera sido posible si la ex jefa del Estado no urdía en mayo la que fue su mejor jugada política: cederle el primer lugar de la fórmula a su ex jefe de Gabinete, lo que abrió la puerta a la unidad de todos los sectores del peronismo, Sergio Massa incluido.

Esa, sin dudas, fue la estrategia que llevó al Frente de Todos a una victoria a la que, primero, le abrió la puerta el propio Macri, con el fracaso de un gobierno que, al menos desde lo económico, no tiene logro alguno para mostrar: deja el país en una crisis apabullante, sin reservas (y con cepo renovado), y con inflación, pobreza y desempleo crecientes.

Que con esos resultados de gestión, el presidente haya llegado al 40 por ciento de los votos habla del acertado golpe de timón que significó para la campaña sacar a Macri a la calle para galvanizar el odio antikirchnerista. Golpe de timón que no fue empujado por los tradicionales estrategas políticos de Cambienos, Marcos Peña y Durán Barba, sino, entre otros, por el actor Luis Brandoni y el director de cine Juan José Campanella, que interpretaron la necesidad de que el presidente saliera de la depresión posPaso y le pusiera el cuerpo a su rol de líder de las franjas antiperonistas. .   .   .  

Para la victoria del Frente de Todos, fue clave el resultado en la provincia de Buenos Aires, donde la ventaja era amplia para Fernández y más aún para el candidato a gobernador kirchnerista, Axel Kicilliof, sin dudas un dirigente con peso nacional para la Argentina que viene. El peronismo también obtuvo triunfos contundentes en todo el norte del país y la Patagonia.

La grieta

El hecho de que el resultado sea más ajustado que lo que se esperaba generará también que  las relaciones de fuerza del Congreso que viene también sean más parejas que lo imaginado previamente. 

Así, la elección híperpolarizada, que no hace más que reafirmar la existencia de la ya famosísima grieta, inaugura una nueva etapa para una Argentina que pide a gritos que se empiece a transitar, desde este mismo lunes, un camino de consensos.

El desayuno del presidente que se va y el que viene en la Casa Rosada es, en ese sentido, un buen comienzo que acaso ayude a enfrentar la tarea más acuciante del cortísimo plazo: calmar a los mercados y al menos atemperar la sangría financiera de los últimos tiempos.  

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