Hay una imagen que todavía no existe, pero que ya tiene una enorme carga política: Javier Milei recibiendo a León XIV en Argentina. No será una fotografía más del Presidente con un jefe de Estado extranjero. Tampoco será simplemente la llegada de un Papa al país que su antecesor, Francisco, nunca visitó durante sus doce años de pontificado. Será el primer encuentro entre un Presidente que hizo de la libertad individual una bandera política y un Papa que llega al pontificado preguntándose qué ocurre cuando el poder deja de reconocer límites.

León XIV llegará el 8 de noviembre, casi cuatro décadas después de la última visita de un Papa a la Argentina: Juan Pablo II estuvo por última vez en el país en 1987. Será, además, el primer viaje del nuevo pontífice a América Latina. Permanecerá tres días y recorrerá Buenos Aires, Córdoba y Luján, después de pasar por Uruguay y antes de dirigirse a Perú, donde Robert Prevost fue misionero, obispo de Chiclayo y construyó buena parte de su identidad pastoral.

La secuencia importa: Uruguay, Argentina y Perú no forman simplemente una ruta conveniente. Dibujan tres dimensiones de la América Latina que León XIV conoce y que ahora deberá interpretar como Papa: una sociedad profundamente secularizada como la uruguaya, una Argentina marcada por una relación históricamente intensa entre religión y política. Y por último Perú, donde Prevost desarrolló durante años su trabajo pastoral y al que conserva un vínculo particularmente estrecho.

Además, Argentina ocupa un lugar imposible de ignorar: es la patria de Francisco. Pero León XIV no viene a visitar la Argentina de Francisco. Viene a construir su propia relación con ella. Esa diferencia es fundamental.

Francisco nunca regresó al país. No existe una única explicación para aquella decisión, pero quienes conocieron de cerca su pensamiento coincidieron en señalar un factor decisivo: el riesgo de que una visita quedara atrapada en la polarización argentina y terminara siendo utilizada por alguno de los dos lados de la grieta. Después de todo, Bergoglio había convertido su origen argentino en una dimensión inevitable de su identidad política internacional. Volver implicaba regresar también al escenario que había dejado atrás.

León XIV llega cuando aquella ecuación ya no existe. Y eso le ofrece a Milei una oportunidad política particularmente conveniente. El Presidente podrá recibir al Papa sin cargar con la historia de confrontación personal que marcó su vínculo con Francisco y, al mismo tiempo, convertir la visita en una escena de distensión respecto de aquella relación.

Pero hay algo más: podrá proyectarla como una señal de reconocimiento internacional, una oportunidad para mostrar a la Argentina como un país capaz de recibir en su territorio a uno de los actores con mayor capacidad de influencia simbólica y diplomática del mundo. Pero hay algo que Milei no podrá administrar: el contenido político de la visita. Porque León XIV ya dejó bastante claro qué cuestiones considera centrales.

Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, no es un manifiesto contra el capitalismo ni una intervención coyuntural contra ningún gobierno. Es una reflexión sobre el poder en una época en la que la inteligencia artificial está modificando el trabajo, la información, la democracia y las relaciones sociales.

Allí León XIV reivindica la dignidad del trabajo, el bien común, la justicia social y la solidaridad, pero también advierte sobre la concentración del poder tecnológico y sobre una época en la que la eficiencia puede terminar convirtiéndose en medida del valor humano. En su capítulo sobre la “cultura del poder”, cuestiona además la normalización de la guerra, la fuerza sin límites y la crisis del multilateralismo, y reivindica la diplomacia como instrumento para reconstruir la confianza.

Es difícil no advertir la tensión con el universo conceptual de Milei. El presidente construyó buena parte de su identidad política alrededor de la libertad individual y de una profunda desconfianza hacia el Estado como administrador de la vida social. León XIV no cuestiona la libertad. Lo que cuestiona es que pueda pensarse al individuo al margen de las condiciones sociales en las que esa libertad se ejerce. No es una diferencia menor. Aunque tampoco sería inteligente convertirla en un enfrentamiento.

El Papa no necesita confrontar con Milei para introducir una tensión política. Le alcanza con poner en el centro de su discurso aquello que ya ocupa un lugar central en su pensamiento: qué ocurre con quienes quedan expuestos cuando una sociedad reorganiza sus prioridades económicas y tecnológicas. En la Argentina, una reflexión sobre el trabajo, la pobreza o la dignidad humana no puede ser recibida como una abstracción teológica. Tiene una traducción inmediata en salarios, jubilaciones, empleo y desigualdad.

Y si León XIV vuelve sobre uno de los temas centrales de su encíclica, la inteligencia artificial, podría poner sobre la mesa una discusión que todavía ocupa un lugar demasiado pequeño en el debate público argentino: cómo se distribuirán los beneficios de una transformación que promete elevar la productividad y, al mismo tiempo, quién tendrá capacidad para decidir qué trabajos sobreviven, cuáles se transforman y quiénes quedan afuera.

La Iglesia argentina acaba de ofrecer una pista. El 5 de agosto, el mismo día en que el Vaticano anunció oficialmente la visita, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, ha vuelto a colocar el trabajo y la situación de los sectores más vulnerables en el centro de su discurso. Dos días después, durante la celebración de San Cayetano, fue todavía más explícito: habló de salarios que no alcanzan, de jubilados, de pobreza y de trabajadores que necesitan más de un empleo para llegar a fin de mes. “Este pueblo no quiere resignarse a que el trabajo sea una mercancía”, afirmó.

La coincidencia temporal es demasiado significativa para ignorarla. No porque García Cuerva esté hablando en nombre de León XIV. Sino porque permite observar el terreno social y político sobre el que el Papa llegará a la Argentina. Y sería un error reducir todo esto a una eventual disputa entre el Papa y Milei.

Hay otro actor que tiene mucho en juego: la propia Iglesia argentina.

Para el Vaticano, además, la Argentina tiene un valor que excede largamente a Milei. América Latina vuelve a ser un espacio de competencia geopolítica. Estados Unidos busca reforzar su influencia, China consolidó una presencia económica que ya no puede ignorarse, Europa intenta conservar margen de maniobra y los países de la región procuran evitar que la creciente fragmentación internacional los obligue a elegir entre bloques.

León XIV ocupa allí una posición singular. Es el primer Papa nacido en Estados Unidos, pero pasó buena parte de su vida en América Latina y posee ciudadanía peruana. Su experiencia no es la de un estadounidense que observa la región desde Washington, sino la de alguien que conoció durante décadas sus conflictos desde dentro. Esa biografía ya había generado una particular distancia respecto de la política exterior de su país, pero durante su primer año de pontificado esa distancia se volvió explícita en su relación con Donald Trump.

El vínculo entre ambos ha sido mucho más incómodo de lo que podría suponerse entre un Presidente estadounidense y el primer Papa estadounidense. Trump celebró inicialmente la elección de Prevost y la presentó como un motivo de orgullo nacional, pero la relación se deterioró cuando León XIV cuestionó las políticas migratorias de la Casa Blanca y, sobre todo, cuando insistió en la necesidad de una salida diplomática a la guerra con Irán. Trump llegó a acusarlo públicamente de ser “débil” y de estar influido por la izquierda radical.

León XIV respondió sin entrar en la lógica de la confrontación personal: sostuvo que la misión de la Iglesia es anunciar la paz y que no tenía intención de convertir sus diferencias con el Presidente en una disputa política. La tensión obligó incluso a Marco Rubio a viajar al Vaticano para recomponer una relación que ambos gobiernos insistieron en considerar sólida.

El episodio importa porque revela algo que la nacionalidad de León XIV podría ocultar: su americanidad no determina su posición geopolítica. Puede compartir con Washington una determinada tradición cultural y política de Occidente y, al mismo tiempo, cuestionar su utilización del poder cuando considera que contradice la defensa de la paz, la dignidad humana o el orden multilateral. En otras palabras, ser estadounidense no lo convierte en un representante de Estados Unidos.

Para Milei, que ha elegido construir una relación especialmente estrecha con Washington, esa distinción no es un detalle. La Argentina recibirá a un Papa cuya procedencia puede ser utilizada como símbolo de cercanía con Occidente, pero cuya trayectoria reciente demuestra que no está dispuesto a subordinar la voz del Vaticano a la política exterior estadounidense. La fotografía puede acercar a Milei a León XIV. Su concepción del poder, en cambio, puede volver mucho más interesante la conversación.

Por eso, la visita puede producir una imagen que al Gobierno le conviene y un mensaje que no necesariamente coincida con todo lo que quisiera escuchar. Ahí estará la verdadera sutileza política.

Milei necesita al Papa, pero no necesariamente necesita que el Papa lo bendiga. Lo que necesita es que la visita contribuya a mostrar a la Argentina como un país integrado al circuito de los grandes actores internacionales, capaz de recibir al jefe de una institución con una red diplomática global y una capacidad de influencia que ningún gobierno puede ignorar.

León XIV necesita algo diferente. Necesita demostrar que puede entrar en la tierra de Francisco sin convertirse en Francisco. Puede homenajearlo sin quedar prisionero de su legado. Puede reconocer la importancia de la Argentina para la Iglesia sin hacer de la política argentina el centro de su visita. Y puede utilizar este viaje para comenzar a definir qué lugar quiere que ocupe América Latina en su pontificado.

Por eso, probablemente el gesto más importante no sea lo que León XIV diga en la Casa Rosada. Será dónde vaya, a quién escuche, qué silencios conserve y qué palabras elija. Francisco evitó regresar porque sabía que su presencia podía convertirse en un hecho político argentino. León XIV llega cuando puede ocurrir algo diferente: que su presencia modifique la conversación política sin necesidad de tomar partido. Y esa puede ser la verdadera dimensión de su visita.