Cada 25 de abril se conmemora el Día Mundial de la Malaria, una fecha que busca concientizar sobre el impacto de esta enfermedad que aún hoy afecta a millones de personas. Pero más allá de su peso actual, la malaria también habría tenido un rol decisivo en la historia profunda de la humanidad.
Durante décadas, las explicaciones sobre cómo se expandieron los primeros humanos por África se centraron casi exclusivamente en el clima. Sin embargo, un nuevo estudio suma evidencia de que las enfermedades infecciosas también influyeron de manera significativa en estos movimientos.
La investigación, liderada por científicos del Instituto Max Planck de Geoantropología y la Universidad de Cambridge, sostiene que las poblaciones humanas evitaron sistemáticamente las zonas con mayor riesgo de transmisión de malaria. Esto condicionó su expansión, aislamiento y mezcla genética mucho antes del desarrollo de la agricultura.
Según la investigadora Margherita Colucci, la malaria fue una limitación clave para los asentamientos en África subsahariana. Las regiones con alta transmisión eran poco aptas para la ocupación prolongada, especialmente antes de la aparición de adaptaciones genéticas como la anemia falciforme, que ofrece cierta protección frente a la enfermedad.
El trabajo analiza el impacto de la malaria (causada por el parásito Plasmodium falciparum) entre hace 74.000 y 5.000 años. Para ello, los científicos reconstruyeron la distribución histórica de los mosquitos del género Anopheles, vectores de la enfermedad, utilizando modelos climáticos y ecológicos.
Al comparar estos datos con registros arqueológicos sobre la distribución humana, los investigadores encontraron un patrón claro: las poblaciones evitaban o no lograban establecerse en zonas con alto riesgo de malaria. Este escenario comenzó a cambiar hace unos 15.000 años, con la aparición de mutaciones genéticas que ofrecían mayor resistencia.
Las consecuencias fueron profundas. La enfermedad no solo limitó los movimientos humanos, sino que también fragmentó poblaciones durante milenios, influyendo en la diversidad genética y en la forma en que los distintos grupos se relacionaron entre sí.
Otro hallazgo relevante es que la malaria ya alcanzaba niveles muy altos hace unos 13.000 años, mucho antes del surgimiento de la agricultura. Esto desafía la idea de que muchas enfermedades infecciosas se expandieron únicamente a partir de cambios en el estilo de vida durante el Neolítico.
En conjunto, el estudio propone una nueva mirada sobre la evolución humana, y es que las enfermedades no fueron solo obstáculos, sino también fuerzas que moldearon el desarrollo de nuestra especie. Entender este vínculo, señalan los investigadores, puede aportar claves valiosas para comprender cómo se comportan hoy los patógenos en un mundo atravesado por el cambio climático.
Fuente: SINC.



