En marzo de 2021, Sony anunció que en breve cerraría las tiendas digitales de Playstation 3 y de las consolas portátiles PS Vita y PSP. La noticia fue recibida con tal indignación por los consumidores que el entonces presidente de Sony Interactive Entertainment, Jim Ryan, tuvo que dar marcha atrás con parte de la medida, admitiendo que “habían tomado la decisión equivocada” y que el acceso al catálogo de estas consolas seguiría disponible.
Cinco años después, Sony volvió a la carga con aquella decisión. A comienzos de julio de 2026 informó, ahora sí, el cierre progresivo y definitivo de aquellas tiendas digitales, argumentando que los sistemas antiguos ya no podían soportar los estándares modernos de procesamiento de pagos y que mantener actualizadas las infraestructuras de software y los protocolos de seguridad en plataformas discontinuadas desde hace años resultaba inviable para la empresa. No obstante, Sony aclaró que los usuarios podrán seguir descargando los juegos que ya hayan comprado previamente "durante el futuro previsible", una frase lo suficientemente ambigua como para no prometer demasiado y que, en los hechos, no ofrece ninguna garantía.
La decisión, esperable, ilustra una tendencia que ya lleva casi dos décadas expandiéndose a prácticamente todos los aspectos de la vida digital. Y al mismo tiempo, expone una vez más la fragilidad de un modelo donde lo que compramos ya no queda en nuestras manos, sino sujeto a servidores, licencias, condiciones de uso que por lo general nadie lee, y decisiones empresariales que pueden cambiar con el tiempo.
Hace veinte años uno compraba un CD, un DVD, un libro, un programa o un videojuego y a partir de ese momento, el objeto pasaba a ser suyo. Podía prestarlo, venderlo, heredarlo o usarlo dentro de treinta años aunque la empresa hubiera desaparecido. Hoy, en cambio, en muchísimos casos uno compra apenas un permiso de uso, mientras que prácticamente todo lo demás funciona por suscripción. Si hace dos décadas la propiedad era el estado natural y el alquiler, la excepción, ahora sucede todo lo contrario, lo que marca un cambio cultural enorme aunque casi nadie lo haya decidido conscientemente.
Nada de esto fue impuesto. Nadie obligó a dejar el CD por Spotify, ni el DVD por Netflix, ni la compra en un local por la descarga instantánea. En cada uno de los casos, la comodidad era demasiado buena como para resistirse, ya sea para escuchar todos los discos que se te ocurran por el precio de una gaseosa de litro o empezar un juego nuevo sin moverse del sillón. Cada decisión, tomada de manera aislada, tenía toda la lógica del mundo. ¿Quién iba a pagar más por un objeto que había que guardar, cuidar y eventualmente reemplazar, pudiendo tener lo mismo, más rápido y más barato, con solo tocar una pantalla? Nadie firmó un contrato para cambiar comodidad por propiedad, y sin embargo eso fue exactamente lo que terminó pasando.
Tan pronto como en 2009, quedó claro qué era lo que nadie había firmado. Sin ningún tipo de aviso, Amazon borró de forma remota de miles de sus lectores de libros electrónicos las copias de "1984" y "Rebelión en la granja", de George Orwell, por un problema de derechos con el distribuidor de las obras. El gigante del comercio electrónico decidió resolver el conflicto de la forma más simple para la empresa y más perjudicial para el usuario, eliminando los libros de las bibliotecas de quienes ya los habían comprado y pagado.
Si bien Amazon reembolsó el precio de las copias a los usuarios afectados, la ironía no pasó desapercibida. Una de las novelas borradas era, justamente, la que describe un régimen capaz de reescribir el pasado y hacer desaparecer todo lo que le resulta incómodo. La empresa de Jeff Bezos terminó pidiendo disculpas públicamente y prometió no repetir una medida semejante, pero el hecho ya había demostrado algo que hasta entonces nadie se había detenido a pensar del todo: que un libro pagado podía desaparecer de las manos de su dueño con solo apretar un botón, sin que este pudiera hacer nada al respecto.
En el mundo digital, comprar ya no siempre implica poseer. Muchas veces, solo significa acceder mientras una plataforma exista, mientras una licencia siga vigente, mientras una empresa mantenga sus servidores encendidos o mientras las condiciones comerciales sigan siendo convenientes para alguien que no es el usuario. Sobran ejemplos, como cuando Ubisoft retiró The Crew de las tiendas digitales en diciembre de 2023 y apagó sus servidores en marzo de 2024. Como el juego necesitaba obligatoriamente conexión a internet, quedó injugable incluso para quienes lo habían comprado, simplemente porque la infraestructura que lo mantenía dejó de existir.
La cuestión no se limita a bienes digitales como música, libros, videojuegos o películas, sino que también alcanza a objetos físicos que, pese a estar en la casa de cada usuario, dependen de servidores de terceros para seguir funcionando. En 2016, Google apagó el servicio de Revolv, una pequeña central de domótica que permitía controlar desde una aplicación luces, sensores, cerraduras y otros dispositivos inteligentes del hogar. El aparato seguía en manos de sus dueños, pero simplemente dejó de servir porque la empresa que lo mantenía conectado decidió apagarlo, y miles de dólares en equipos hogareños se transformaron en ladrillos inservibles incrustados en las paredes.
El problema, por supuesto, no es que las empresas abandonen servicios viejos por seguridad o incompatibilidad, sino que durante mucho tiempo se vendió como compra lo que, en la práctica, se parece mucho más a un alquiler indefinido. Esta transición de propietario a inquilino llega al paroxismo distópico en la industria automotriz, donde los fabricantes aprendieron rápidamente que el auto ya no solo es un producto mecánico sino una computadora con ruedas, y empezaron a aplicar la lógica de los videojuegos, con sus famosos DLC o contenidos descargables, a máquinas de dos toneladas.
El ejemplo más absurdo, y por eso el más ilustrativo, es el de Mercedes-Benz. En algunos mercados, el EQS, su sedán eléctrico de lujo, viene equipado con un sistema de dirección en el eje trasero capaz de girar hasta 10 grados para facilitar las maniobras de estacionamiento. Pero de fábrica el auto solo habilitaba 4,5 grados, por lo que para usar el resto del movimiento, el dueño debía pagar una suscripción anual de casi 600 dólares. No estaba comprando una pieza nueva ni instalando un accesorio adicional, sino pagando para desbloquear por software una capacidad que el vehículo ya traía de fábrica.
En otros casos similares, BMW llegó a cobrar suscripciones para funciones como los asientos calefaccionados o la integración con Apple CarPlay en la pantalla, aunque el rechazo fue tan inmediato que tuvo que dar marcha atrás. Audi, por su parte, también avanzó en Europa con una lógica similar, cobrando mensual o anualmente por funciones tan básicas como activar el climatizador bizona o el asistente de luces altas. En todos los casos aplica la misma lógica, el objeto está comprado y la capacidad está instalada, pero el permiso de uso sigue en manos del fabricante.
Estos casos más extremos, sin embargo, no deberían tapar todo lo que la economía del acceso hizo bien. Por muy poco dinero, Spotify puso a disposición una biblioteca musical que hace veinte años hubiera costado una fortuna reunir disco por disco. Netflix reemplazó la ida al videoclub y la dependencia de la grilla de cable por un catálogo disponible a cualquier hora, y servicios como Game Pass permiten jugar cientos de títulos por una fracción de lo que costaría comprarlos por separado. La comodidad, en definitiva, es real, y sería injusto pretender lo contrario.
Pero esa conveniencia innegable no debería obligarnos a aceptar sin discusión que toda compra se transforme en un permiso temporal. Lo que hace falta es reconocer que la palabra “comprar” empezó a usarse para cosas que ya no tienen las garantías históricas de una compra. Y cuando el lenguaje comercial no cambia, pero lo que el usuario puede hacer con lo que paga sí, la confusión deja de ser un detalle semántico. Se convierte en parte de un negocio en el que dejamos de ser propietarios para convertirnos, casi sin darnos cuenta, en suscriptores perpetuos.



