“La economía sigue creciendo. TMAP (Todo marcha acorde al plan)”. Con esa frase, el presidente Javier MIlei celebró en redes sociales que el Estimador Mensual de Actividad Eonómica (Emae) que mide el Indec registró en enero de 2025 un crecimiento del 0,4 por ciento respecto de diciembre y del 1,9% interanual. 

El gobierno festeja porque le permite sostener que la economía sigue en fase de recuperación. Pero, como ocurre cada vez más seguido con las variables macroeconómicas, el dato general esconde una realidad mucho más fragmentada: la mejora no fue pareja ni se apoyó en los sectores que más empleo y movimiento generan en la vida cotidiana. Muy por el contrario, comercio e industria, dos de los sectores que más demanda de trabajo generan, tuvieron caídas significativas. 

El crecimiento se sustenta, básicamente, en dos sectores que son claros ganadores del actual modelo económico: minería y agro. En el primer caso la suba fue del 9,6%. En en segundo llegó a 25%.
Si bien se trata de actividades claves para la generación de divisas y para el esquema macroeconómico del gobierno, no son necesariamente las que más derraman sobre el consumo urbano o sobre el mercado laboral de las grandes ciudades. Ahí aparece uno de los límites del dato positivo: la economía mejora, pero no en todos lados ni de la misma manera.

De hecho, cuando se mira qué pasó con los sectores más conectados con la percepción cotidiana de la gente, la foto cambia bastante. El Emae mostró caídas interanuales en comercio mayorista, minorista y reparaciones (-3,2%), Industria manufacturera (-2,6%), Electricidad, gas y agua (-3,0%), Administración pública (-1,6%) y también en Hoteles y restaurantes (-2,2%).

     


No se trata de rubros secundarios. Por el contrario, son sectores que tienen un fuerte impacto en el empleo, en el consumo y en la sensación general de movimiento económico. Si el comercio vende menos, si la industria produce menos y si la gastronomía se enfría, es lógico que el termómetro social no acompañe del todo los datos positivos que exhibe la macro.

Esa es, justamente, la principal lectura política del informe: el crecimiento agregado no alcanza por sí solo para ordenar el humor económico de la sociedad. El país de los indicadores y el país de la calle no siempre se mueven al mismo ritmo.

El gobierno puede, con razón, señalar que también hubo mejoras en otros rubros, como Intermediación financiera (+7,7%), Transporte y comunicaciones (+2,3%), Servicios sociales y de salud (+0,8%) o incluso Construcción (+0,5%), que se mantuvo apenas en terreno positivo. Pero el cuadro de conjunto sigue mostrando una recuperación desbalanceada.

El dato llega, además, en un contexto en el que otros indicadores vienen mostrando señales menos alentadoras para la gestión libertaria. La caída de la confianza del consumidor, el aumento del desempleo y la preocupación creciente por el salario real ya habían empezado a tensionar el relato oficial de una recuperación sólida. El Emae de enero no contradice del todo ese malestar: más bien ayuda a entenderlo.

Porque si la actividad económica crece, pero al mismo tiempo retroceden comercio, industria y gastronomía, lo que aparece es una economía que mejora en la superficie de los grandes números, pero que todavía no logra transformarse en alivio extendido para buena parte de la sociedad.