El Santa Fe Business Forum 2026 dejó este lunes una señal que puede abrir un capítulo completamente nuevo para el entramado productivo de la provincia. El Gobierno nacional trabaja junto con Santa Fe y San Juan para reunir en Rosario a ejecutivos de las principales compañías mineras que ya operan o tienen proyectos de inversión en Argentina y conectarlos directamente con proveedores industriales de la región.
La iniciativa fue revelada por Pablo Lavigne, secretario de Coordinación de Producción de la Nación, durante una entrevista realizada en el escenario principal del Business Forum. En la platea estaba precisamente el ministro de Desarrollo Productivo santafesino, Gustavo Puccini, uno de los funcionarios con los que Nación viene articulando la propuesta.
La idea empieza a darle contenido concreto a una estrategia que Santa Fe viene intentando instalar desde hace tiempo: aprovechar el crecimiento de la minería en San Juan, Catamarca, Salta y Jujuy para conseguir que una parte de los miles de millones de dólares que movilizarán esos proyectos derrame sobre las fábricas, talleres, empresas logísticas y proveedores de servicios santafesinos.
Pero la apuesta pretende ir incluso más lejos. Santa Fe busca posicionarse como puerta de entrada de equipamiento e insumos destinados a la cordillera y, al mismo tiempo, como una de las posibles vías de salida de la producción minera hacia los mercados internacionales, aprovechando su plataforma industrial, vial, ferroviaria y portuaria.
Lavigne confirmó que Nación está trabajando precisamente sobre esa conexión. “Estamos intentando hacer algún evento con algunos de los principales jugadores de Argentina para juntarlos con proveedores acá en la provincia”, explicó el funcionario, quien confirmó que a idea es traer a los principales CEO de las compañías y para ellos hay conversarciones avanzadas para su concreción.
La clave está en resolver una dificultad que aparece antes incluso del precio o de la capacidad productiva: muchas empresas santafesinas todavía no saben exactamente qué necesitarán comprar los grandes proyectos mineros durante los próximos años y las mineras tampoco conocen todo lo que puede fabricar Santa Fe.
Lavigne lo definió como un problema de “información asimétrica”. Una compañía minera, sostuvo, normalmente preferirá adquirir un producto cerca antes que importarlo si encuentra calidad, precio y capacidad de entrega. Tener al proveedor próximo permite controlar mejor la fabricación, los plazos y la trazabilidad.
El problema aparece cuando esas dos puntas todavía no se conocen. Ahí pretende intervenir el Estado: no para determinar qKuién le compra a quién, sino para sentar a ambas partes en la misma mesa.
Después, advirtió Lavigne, “será una cuestión entre privados que se dé o no se dé”.
La minería empieza a mirar hacia la fábrica santafesina
El proyecto encaja con una transformación económica de mayor escala. Cuando Lavigne enumeró los sectores que imagina como motores argentinos de la próxima década aparecieron cuatro grandes protagonistas: agroindustria, energía, minería y economía del conocimiento.
Pero su razonamiento puso especialmente el foco sobre algo que suele quedar detrás de las cifras de exportación: todo lo que crece alrededor de esos sectores.
El funcionario utilizó como ejemplo a Neuquén. Según señaló, por cada empleo directamente vinculado con la extracción de petróleo y gas pueden generarse decenas en actividades asociadas de la economía provincial.
Ese proceso, sostuvo, podría comenzar a repetirse alrededor de la minería en San Juan y en otras provincias cordilleranas.
Y Santa Fe pretende meterse precisamente en ese segundo anillo. No tiene cobre ni litio, pero sí metalúrgicas, fabricantes de maquinaria, autopartistas, empresas de ingeniería, software, construcción, logística y servicios industriales.
Incluso Lavigne mencionó un fenómeno que ya comienza a aparecer: proyectos para producir vehículos eléctricos destinados a abastecer operaciones mineras.
Su argumento fue que muchas de esas oportunidades no necesitan que un funcionario determine previamente dónde debe aparecer el negocio. Los propios empresarios detectan la demanda y comienzan a invertir.
Para el Gobierno, el papel estatal debería concentrarse en remover obstáculos, conectar actores y facilitar mercados.
“Lo grueso ya se hizo”
Lavigne utilizó buena parte de su participación en el Business Forum para describir cómo imagina el Gobierno la siguiente etapa del programa económico. Su diagnóstico es que Argentina dejó atrás una economía en la que las decisiones financieras dominaban prácticamente toda la agenda de las empresas.
Al comienzo de la gestión, describió, el responsable financiero podía resultar más determinante para la rentabilidad de una compañía que producción o ventas. La preocupación era qué hacer con los pesos, cómo evitar que perdieran valor y cómo conseguir productos en una economía atravesada por restricciones.
Incluso recordó el mercado automotor de aquellos años: clientes comprando el vehículo que estuviera disponible, muchas veces sin poder elegir modelo o color y, en algunos casos, sin siquiera conocer el precio final.
Para Lavigne, ese escenario cambió. “Lo grueso ya se hizo”, resumió. Ahora aparece otra discusión: cómo producir mejor, exportar, revisar cadenas de suministro, elegir proveedores, buscar nuevos mercados y encontrar socios. Es decir, pasar de administrar la inestabilidad a competir.
El reclamo empresario: impuestos, logística y financiamiento
Ahí apareció uno de los principales contrapuntos de la entrevista. La apertura obliga a competir, pero los empresarios advierten que todavía cargan con impuestos, costos logísticos, financiamiento caro y regulaciones que muchos competidores internacionales no enfrentan.
Lavigne reconoció el problema, aunque rechazó la idea de esperar hasta que todas las empresas argentinas estén en condiciones ideales para comenzar a abrir la economía. Su argumento es que el capitalismo obliga permanentemente a las compañías a cambiar, innovar y buscar productividad.
Nunca, afirmó, llegará un momento en el que todos los sectores simultáneamente digan que están cómodos y preparados para competir. Y agregó otro actor a la discusión: el consumidor.
Si mantener barreras protege determinadas actividades pero obliga a millones de personas a pagar productos más caros, planteó, también debe discutirse quién tiene prioridad y cuánto tiempo debería esperar el consumidor.
El impuesto al cheque tiene “hoja de ruta de salida”
Uno de los reclamos concretos fue el impuesto a los débitos y créditos bancarios. Lavigne admitió que se trata de un tributo negativo para la actividad y aseguró que existe una hoja de ruta para eliminarlo, aunque evitó ponerle fecha.
Como contrapartida, destacó la baja de derechos de exportación instrumentada durante la gestión. Según señaló, cuando asumió el Gobierno alrededor del 60% de las exportaciones estaba alcanzado por retenciones y actualmente ese porcentaje habría caído por debajo del 6%.
También mencionó el RIMI, régimen destinado a inversiones de menor escala que el RIGI, y sostuvo que la administración nacional intenta recuperar el crédito y continuar con acuerdos y aperturas de mercados como las negociaciones con Estados Unidos y la Unión Europea.
No habrá una solución idéntica para todas las PyMEs
La discusión se desplazó entonces hacia uno de los temas que atraviesa buena parte de la industria argentina: qué política debería aplicar el Estado con las empresas que enfrentan problemas diferentes.
Lavigne rechazó la posibilidad de construir un único programa que resuelva simultáneamente las dificultades de todas las actividades.
Puso ejemplos deliberadamente distintos: una empresa alimenticia, los productores de búfalos del norte o una compañía láctea afectada por un conflicto antidumping en Brasil.
Cada cadena tiene problemas diferentes. Por eso, sostuvo, el Gobierno pretende mantener reglas generales estables y después intervenir sobre trabas particulares.
Su Secretaría, aseguró, trabaja con empresas, Cancillería y gobiernos provinciales para destrabar obstáculos puntuales a medida que aparecen.
China y una pregunta incómoda para la industria
Otro punto fue China. La discusión apareció a partir del planteo creciente de industriales argentinos que reclaman “nivelar la cancha” frente al ingreso de productos asiáticos, en momentos en que Estados Unidos y Europa vuelven a levantar barreras comerciales.
Lavigne planteó que Argentina parte de una situación distinta. Recordó que determinados productos, como los automóviles, ya afrontan aranceles elevados en el país y advirtió que incrementar indiscriminadamente la protección puede terminar cerrando prácticamente todo el comercio.
Además, cuestionó la idea de interpretar el problema exclusivamente como una competencia con China. Según el sector, señaló, aparecen reclamos contra productos provenientes de Finlandia, Bangladesh, Vietnam o China.
La pregunta que dejó planteada es estructural: si Argentina puede realmente aspirar a competir en bienes masivos y de enorme escala con todo el entramado productivo asiático. Su respuesta fue escéptica. Eso no significa abandonar la industria, sino definir en qué segmentos puede competir y dónde tiene ventajas.
Qué pasó realmente con el courier
También apareció durante la conversación el reciente cambio aplicado al régimen de compras internacionales.
Lavigne negó que se haya tratado de una marcha atrás en la apertura. Según explicó, la modificación buscó homogeneizar el funcionamiento del correo tradicional con el de los couriers privados, evitando que quien realizara una compra por Correo Argentino tuviera que afrontar trámites adicionales ante ARCA o realizar gestiones presenciales.
El objetivo, afirmó, fue simplificar y conseguir que las compras lleguen directamente al domicilio bajo criterios semejantes.
¿Empieza una segunda etapa del plan económico?
Otra pregunta atravesó la charla: después de más de dos años concentrados en ordenar la macroeconomía, ¿comienza ahora una etapa más enfocada en actividad, crédito, inversión y empleo?
Lavigne relativizó esa división. Aseguró que su equipo trabaja permanentemente sobre cuestiones microeconómicas, desde aperturas de mercados para vehículos hasta cambios regulatorios en organismos como Senasa.
Lo que rechazó fue la construcción de grandes planes estatales que intenten determinar el funcionamiento de cientos de miles de compañías.
Para graficarlo recurrió a una conocida historia atribuida a San Agustín, en la que un niño intenta colocar todo el mar dentro de un pequeño pozo utilizando un vaso.
Para Lavigne, intentar explicar y administrar individualmente cada decisión de medio millón de empresas sería equivalente.
“El Estado no puede estar atrás de 500.000 empresas”, resumió conceptualmente.
La micro, sostuvo, es responsabilidad fundamentalmente de cada compañía.
Crédito: el problema es macro
El financiamiento apareció repetidamente en la entrevista. Argentina tiene, según destacó, uno de los niveles de crédito más bajos de América Latina, consecuencia de décadas de inestabilidad.
Por eso considera que la verdadera solución para conseguir financiamiento abundante y barato no llegará exclusivamente mediante programas sectoriales, sino a través de una macroeconomía estable durante muchos años.
Puso como ejemplo al crédito hipotecario. Una hipoteca es, por definición, financiamiento de largo plazo. Sin estabilidad monetaria y reglas previsibles resulta extremadamente difícil construir un mercado de préstamos a 15, 20 o 30 años.
Por eso rechazó también la idea de que exista una contradicción absoluta entre macro y micro. “La macro es la suma de las decisiones individuales”, planteó.
Los indicadores que mira el Gobierno
¿Cómo determina entonces Producción si la economía real efectivamente mejora? Lavigne enumeró varios indicadores. Crecimiento de la economía, evolución de las exportaciones, diversificación de mercados, inversión, costos relativos de electricidad y gas, apertura de nuevos destinos comerciales y comportamiento del empleo privado.
La idea es observar el conjunto y no la situación particular de una sola empresa o sector. La condición que más piden los empresarios: estabilidad
Cuando se le preguntó qué escucha en privado de los empresarios, Lavigne ubicó una demanda por encima del resto: que Argentina no vuelva a empezar de cero cada pocos años.
Utilizó como ejemplo a un fabricante de calzado que había exportado a Chile pero terminó abandonando las góndolas después de sucesivos cambios de condiciones cambiarias.
Cuando intentó regresar, su potencial cliente le planteó una pregunta decisiva: cuánto tiempo permanecería esta vez.
Ese problema, para Lavigne, explica una de las mayores dificultades exportadoras argentinas.
Conseguir un comprador internacional requiere inversión, desarrollo comercial y confianza. Entrar y salir continuamente de los mercados destruye ese capital.
Por eso sostuvo que Argentina necesita una década o incluso dos de reglas relativamente estables.
Después de Nación aparecen provincias y municipios
Lavigne también introdujo una discusión incómoda para los gobiernos subnacionales. Sostuvo que Nación redujo impuestos en determinadas cadenas, pero que una parte relevante de la carga sobre las empresas permanece en provincias y municipios.
Utilizó a la industria automotriz como ejemplo y afirmó que Ingresos Brutos y tasas municipales pueden representar cerca de diez puntos dentro de la estructura tributaria en algunos casos.
La competitividad, advirtió, no depende entonces exclusivamente del Gobierno nacional.
Por qué un inversor debería entrar ahora a Argentina
Frente a los empresarios e inversores internacionales presentes en el Business Forum, Lavigne expuso tres argumentos para invertir en el país.
El primero es alineamiento político y económico. Consideró importante que Nación y provincias puedan transmitir mensajes relativamente coincidentes sobre estabilidad, infraestructura, producción y apertura.
El segundo es mucho más estructural: Argentina posee varios de los bienes que el mundo está demandando.
Enumeró alimentos, minerales y energía, y recordó el interés que muestran delegaciones de Corea, Japón, Europa, Medio Oriente e India por esos recursos.
A eso sumó un atributo geopolítico: Argentina es un país en paz en un mundo en el que la seguridad de las cadenas de suministro adquiere creciente importancia. El tercer argumento fue el precio.
Lavigne sostuvo que Argentina todavía está “barata” y que los mejores retornos pueden aparecer precisamente cuando una economía comienza un ciclo de recuperación y todavía tiene enormes activos por desarrollar.
“En algunos sectores ya se puede llegar tarde”
La definición más provocadora llegó cuando se le preguntó si todavía es demasiado temprano para invertir.
Para Lavigne, ocurre exactamente lo contrario. Consideró que Argentina atraviesa un momento especialmente atractivo y dijo confiar en la continuidad política del actual rumbo económico.
Pero hizo una diferenciación geográfica. En San Juan, por ejemplo, el boom minero todavía está en una fase relativamente inicial. En Neuquén o Río Negro, algunas oportunidades ligadas al desarrollo energético están más avanzadas y quien pretenda ingresar a determinados negocios podría incluso estar llegando tarde. El punto cambia nuevamente según cada actividad.
Carne: una ventana de diez años
Entre las oportunidades sectoriales mencionó especialmente a los alimentos.
Lavigne sostuvo que el mercado mundial enfrentará un déficit significativo de carne durante aproximadamente una década.
Si esa proyección se cumple, argumentó, inversiones destinadas a aumentar la producción argentina de proteína encontrarían una ventana internacional particularmente favorable.
Santa Fe aparece naturalmente dentro de ese mapa por el peso de su industria frigorífica y agroalimentaria.
El Estado no debe decirles a los empresarios qué vender
La conversación abordó también qué debería hacer el Gobierno frente a productos o actividades extremadamente específicas, entre ellas la producción de búfalos.
Lavigne reconoció directamente no conocer cuáles deberían ser los mercados prioritarios para ese segmento. Y utilizó el ejemplo para reforzar su filosofía. El privado detecta la demanda. Después puede recurrir a la Provincia, Nación o Cancillería para abrir mercados, resolver habilitaciones o remover trabas.
Según su visión, pretender que un funcionario sentado en un despacho anticipe mejor que el propio empresario qué producto tendrá demanda puede producir decisiones contraproducentes, especialmente en una economía que cambia cada vez más rápido por factores como la inteligencia artificial.
La advertencia para las empresas que quieren exportar
Pero Lavigne tampoco dejó toda la responsabilidad sobre el Estado. Cuando se le preguntó qué errores encuentra entre empresarios argentinos que intentan vender al exterior, sostuvo que exportar requiere una preparación muy superior a vender dentro del mercado doméstico.
Estudiar el país, entender al comprador, adaptar el producto, definir la logística, conocer las reglas y construir relaciones comerciales. Recomendó utilizar embajadas y agencias provinciales de promoción comercial para realizar el denominado soft landing en nuevos mercados y elogió específicamente el trabajo que viene realizando Santa Fe.
Su recomendación fue clara: avisar dónde quieren ir, pedir ayuda y prepararse. Porque internacionalizar una empresa no suele ser un proceso rápido.
“Argentina necesita sentirse más global”
Ese planteo desembocó en una definición que quizás sintetice buena parte de la charla. Para Lavigne, la transformación definitiva de Argentina requiere que sus empresas comiencen a “sentirse un poco más globales”.
Depender exclusivamente del mercado doméstico, sostuvo, contribuyó históricamente a una economía más inestable.
Una mayor apertura exportadora, en cambio, diversifica ingresos y obliga a las compañías a invertir más en producto, tecnología y procesos.
Además, afirmó, las empresas exportadoras suelen tener mejores niveles de formalidad y salarios.
El desafío no pasa entonces solamente por bajar un impuesto o eliminar un trámite. También requiere cambiar la cultura empresarial después de décadas de una economía relativamente cerrada.
Rosario quiere convertirse en la conexión entre la minería y el mundo
Y justamente allí vuelve a aparecer la principal novedad que dejó el Business Forum. Santa Fe pretende aprovechar una oportunidad que hace algunos años prácticamente no existía en la agenda industrial provincial.
Los miles de millones de dólares que podrían invertirse en cobre, litio, oro y otros minerales requerirán camiones, equipos, estructuras metálicas, bombas, válvulas, software, automatización, logística, viviendas, alimentos, energía, mantenimiento y cientos de servicios.
Una parte importante podría importarse. La apuesta de Santa Fe es disputar ese negocio. Por eso Nación, Provincia y San Juan intentan reunir ahora a quienes tendrán que comprar con quienes potencialmente podrían fabricar.
Rosario tiene además un segundo activo: el complejo portuario más importante del país y conexiones logísticas capaces de transformar a la región no solamente en proveedora de la minería, sino también en corredor para determinadas importaciones y exportaciones.
La idea todavía necesita convertirse en contratos, inversiones y carga efectiva. Pero la señal política ya está lanzada.
Después de convertirse durante décadas en la puerta de salida de los granos argentinos, Rosario y Santa Fe quieren descubrir si el próximo gran negocio puede venir desde la cordillera.
Y la primera prueba será sentar alrededor de una misma mesa a los principales jugadores mineros del país y a una industria santafesina que ahora tendrá que demostrar cuánto de lo que la minería necesita puede fabricar en casa.

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