Una discusión que comenzó alrededor de los taxis eléctricos de Rosario puede terminar abriendo una pregunta bastante más grande para Santa Fe: ¿cuánto podría ahorrar el Estado si comenzara a electrificar progresivamente sus propias flotas de vehículos?
La cuenta todavía es teórica y necesariamente está construida sobre supuestos que deberían afinarse antes de tomar cualquier decisión. Pero los números son suficientemente importantes como para empezar a prestarles atención, sobre todo porque mientras el sector público recién comienza a acercarse a esa calculadora, algunos empresarios de Rosario ya sacaron la suya.
No necesariamente por conciencia ambiental ni porque hayan descubierto repentinamente una vocación por la transición energética. El disparador es bastante más concreto: plata. Durante los últimos días, la electromovilidad apareció repetidamente en conversaciones informales entre empresarios de la región y dos constructores contaron que acababan de comprar sus primeras unidades eléctricas para ponerlas a trabajar, medir costos y evaluar una sustitución progresiva dentro de sus flotas.
La lógica es sencilla. Combustible, mantenimiento, patente, kilómetros recorridos y tiempo necesario para recuperar la diferencia de precio. Es decir, prácticamente la misma cuenta que quizás debería empezar a hacer Santa Fe.
El experimento de los 4.500 vehículos
La Policía provincial cuenta con una flota que ronda las 4.500 unidades. Naturalmente, no todas tienen el mismo uso, kilometraje o exigencia operativa, y una parte difícilmente pueda sustituirse hoy por vehículos eléctricos. Un patrullero que necesita disponibilidad permanente no es lo mismo que un automóvil administrativo.
Pero tomar ese universo permite construir un escenario para entender la magnitud económica potencial. Si 4.500 vehículos recorrieran en promedio 300 kilómetros diarios, acumularían casi 493 millones de kilómetros por año.
Utilizando como referencia los costos comparativos que comenzaron a analizarse a partir del proyecto de taxis eléctricos de Rosario, reemplazar combustible por electricidad podría generar un ahorro aproximado de $9.025 millones mensuales. En doce meses, la cifra treparía a unos $108.300 millones.
El número aislado dice poco. Puesto contra el presupuesto provincial empieza a adquirir otra dimensión. El Presupuesto 2026 de Santa Fe contempla gastos por aproximadamente $14,1 billones, por lo que aquel ahorro hipotético equivaldría a alrededor del 0,77% de todo el gasto provincial de un año. Casi 15,7 veces el superávit financiero presupuestado de $6.911 millones.
Puede parecer un porcentaje pequeño, pero existe una comparación bastante más gráfica. Esos $108.300 millones representan alrededor de un tercio de los recursos movilizados a través de Acuerdo Santa Fe, uno de los principales instrumentos provinciales para financiar infraestructura y obra pública. Y todo esto surge de una simulación realizada sobre apenas 4.500 vehículos.
La cuenta que todavía falta hacer
El ejercicio no pretende sugerir que Santa Fe debería salir mañana a comprar 4.500 patrulleros eléctricos. Sería una simplificación absurda de una transformación bastante más compleja. La pregunta interesante es otra: ¿qué pasaría si esta misma cuenta comenzara a hacerse sobre todas las flotas públicas de la provincia?
La Provincia tiene vehículos distribuidos entre ministerios, organismos descentralizados, empresas públicas y distintos servicios. A ese universo habría que agregarle las flotas de municipalidades y comunas. Rosario, Santa Fe, Rafaela, Reconquista, Venado Tuerto y decenas de gobiernos locales tienen autos, utilitarios, camionetas y maquinaria que consumen combustible todos los días.
No todo puede electrificarse, ni debería hacerlo. Pero sí podría identificarse qué vehículos recorren más kilómetros, cuáles tienen recorridos previsibles y en cuáles el costo total de utilización comienza a justificar económicamente el cambio.
Ese número prácticamente no forma parte de la discusión presupuestaria. ¿Cuánto gasta el Estado santafesino todos los años simplemente en mover sus vehículos y cuánto de ese gasto podría reducirse utilizando electricidad?
Los empresarios empezaron antes
Hay una razón adicional para prestarle atención al tema: el mercado ya empezó a hacer el experimento.
Durante el encuentro por los 50 años de Marshall Catering, una conversación entre empresarios vinculados a la construcción y al negocio automotor terminó girando precisamente hacia los vehículos eléctricos después de escuchar la charla de Claudio Zuchovicki . Dos constructores habían comprado esa misma semana sus primeras unidades.
No estaban hablando de cambiar mañana toda una flota ni de transformar la decisión en una bandera ambiental. La estrategia era mucho más pragmática: comprar algunas unidades, ponerlas a trabajar, medir el costo real por kilómetro, compararlas contra vehículos convencionales y, si los números cerraban, avanzar progresivamente. Incluso intentaban convencer a un tercer empresario para que hiciera la misma prueba.
Lo interesante es que aquella no fue una conversación aislada. El tema volvió a aparecer durante la misma semana en otros ámbitos empresarios de la región y quizás allí exista una señal que todavía no aparece completamente reflejada en las estadísticas.
Durante mucho tiempo la electromovilidad ingresó en las agendas por el ambientalismo. Ahora empieza a entrar por administración. ¿Cuánto gasto en combustible? ¿Cuánto en mantenimiento? ¿Cuánto pago de patente? ¿Cuántos kilómetros hace cada vehículo? ¿En cuánto tiempo recupero la inversión?
Y si empresarios que arriesgan su propio capital ya empezaron a hacer esa cuenta, aparece inevitablemente otra pregunta: ¿por qué no hacer exactamente lo mismo sobre las flotas públicas?
La EPE también entra en la ecuación
Una electrificación masiva trasladaría naturalmente parte de la demanda desde las estaciones de servicio hacia la Empresa Provincial de la Energía. Pero nuevamente la escala sorprende.
Tomando un consumo aproximado de 0,12 kWh por kilómetro, aquellos 4.500 vehículos recorriendo 300 kilómetros diarios demandarían unos 162.000 kWh adicionales por día. En un año serían alrededor de 59,1 GWh y, frente al volumen anual de energía atendido por la EPE, el incremento rondaría apenas el 0,5%.
En términos de energía total, el impacto parece administrable. El verdadero desafío aparece en otro lado, porque no importa solamente cuánta electricidad se consume sino dónde y en qué momento hay que entregarla.
Si cientos de patrulleros regresaran simultáneamente a determinadas bases policiales y comenzaran a cargar durante las mismas horas, aparecerían exigencias nuevas sobre transformadores, alimentadores, potencia y redes de distribución. Habría que invertir en cargadores rápidos y semirrápidos, playas de carga, refuerzos de redes y sistemas inteligentes que administren horarios y potencia. Incluso podría evaluarse generación solar y almacenamiento en determinadas dependencias públicas.
La electrificación de flotas provinciales podría convertirse, por lo tanto, no solamente en un programa de renovación de vehículos sino también en un programa de inversión para la EPE.
Del combustible que desaparece a infraestructura que queda
Ahí aparece uno de los aspectos económicos más interesantes de toda la discusión. Cada litro de combustible comprado por el Estado se consume y desaparece. Una estación de carga, un transformador o una red reforzada quedan como infraestructura.
Naturalmente, no todo el ahorro potencial podría contabilizarse como ahorro fiscal puro. Una parte tendría que financiar la diferencia inicial de precio de los vehículos, instalar cargadores, adaptar dependencias y reforzar determinados sectores de la red. Pero existe una diferencia importante en la naturaleza del gasto: una porción de un costo operativo recurrente podría transformarse progresivamente en inversión.
Además aparecería otro efecto. Una mayor demanda de electricidad significaría también mayores ventas para la propia empresa provincial de energía.
Incluso podría ayudar a reducir otro problema menos elegante pero conocido dentro de cualquier gran flota pública: los desvíos, irregularidades y pequeños o grandes negocios que periódicamente aparecen alrededor de las cargas de combustible y que, en algunas oportunidades, terminaron incluso con agentes policiales involucrados y denunciados. Con electricidad, la trazabilidad del consumo puede realizarse prácticamente vehículo por vehículo.
Hay otra cuenta que todavía falta: los talleres
Los $108.300 millones anuales estimados podrían incluso quedarse cortos porque la comparación realizada hasta ahora se concentra fundamentalmente en el costo energético. Falta incorporar una variable particularmente importante para vehículos que recorren muchos kilómetros: el mantenimiento.
Un motor eléctrico tiene muchas menos piezas móviles que uno de combustión interna. No necesita cambios de aceite del motor, filtros de aceite, bujías, correas y varios de los componentes asociados al mantenimiento tradicional.
En una flota de veinte vehículos puede ser un dato menor. En una de 4.500 unidades cambia completamente la escala.
¿Cuánto gasta actualmente Santa Fe en talleres, repuestos y mantenimiento? ¿Cuántos días al año permanece fuera de servicio un móvil por reparaciones? ¿Cuánto cuesta tener una unidad policial inmovilizada? ¿Cuánto stock de repuestos necesita mantener el Estado?
Recién incorporando esas variables podría conocerse el costo real por kilómetro durante toda la vida útil de cada unidad. Y la diferencia económica podría resultar todavía mayor.
¿Y si además sirve para producir?
Hay una derivación adicional de esta discusión que Santa Fe debería empezar a mirar. La Provincia podría limitarse a importar vehículos eléctricos baratos, instalar cargadores y aprovechar su menor costo operativo. Pero Santa Fe tiene una particularidad: es una provincia industrial.
Tiene industria metalmecánica, autopartistas, fabricantes de bienes de capital, ingeniería, software y capacidades industriales instaladas que necesitan encontrar nuevas oportunidades alrededor del cambio que atraviesa la movilidad.
Por eso quizás haya una pregunta adicional: ¿puede una futura demanda de electromovilidad generar también escala productiva?
No significa inventar desde cero un automóvil eléctrico santafesino. La industria automotriz moderna funciona mediante plataformas globales y cadenas internacionales de proveedores. Pero podrían explorarse acuerdos para ensamblar vehículos, fabricar carrocerías específicas, producir cargadores, desarrollar software, electrónica y determinados componentes.
Corven, por ejemplo, viene avanzando en Argentina con acuerdos e inversiones para fabricar y ensamblar vehículos. Rosario y Santa Fe tienen capacidades industriales suficientes como para, por lo menos, preguntarse si una parte de la nueva movilidad podría producirse acá.
¿Podría una demanda creciente ayudar a darle volumen a alguna planta existente como la de General Motors? ¿Podrían aparecer acuerdos con fabricantes internacionales? ¿Puede desarrollarse alrededor de ese mercado una cadena de cargadores, componentes, software, baterías, carrocerías y servicios?
No se trata de obligar al Estado a comprar vehículos locales más caros. La condición debería ser exactamente la contraria: que la eficiencia económica mande. Pero si Provincia, municipios, comunas y empresas privadas comienzan simultáneamente a demandar vehículos eléctricos, esa escala también puede convertirse en una señal para que alguna compañía decida invertir.
China ya está jugando el partido
Hay además una realidad imposible de ignorar. China está avanzando rápidamente sobre el mercado automotor argentino y buena parte de la revolución mundial de los eléctricos y los híbridos viene precisamente desde allí.
Las marcas chinas ya consiguieron una participación relevante entre los nuevos cero kilómetros y, si además se contabilizan vehículos fabricados en China pero comercializados bajo marcas occidentales, su peso es todavía mayor. Ya se acercan a representar uno de cada siete vehículos vendidos.
Argentina puede limitarse a importar esa nueva tecnología o intentar capturar alguna parte del proceso productivo que inevitablemente acompañará la transformación del parque automotor.
Para Santa Fe, con su tradición metalmecánica, autopartista y de fabricación de bienes de capital, no parece una discusión menor. La transición eléctrica podría producir simultáneamente cuatro efectos: reducir el gasto público en combustible y mantenimiento, generar nueva demanda eléctrica e inversiones para la EPE, disminuir emisiones y contaminación urbana y eventualmente crear volumen suficiente para impulsar ensamble, autopartes e infraestructura de electromovilidad producida en la provincia.
Y todo eso sin necesidad de convertir la discusión en una batalla ideológica.
Finalmente aparece el beneficio más conocido, aunque paradójicamente quizás no sea el argumento determinante para tomar la decisión: el ambiental.
Mientras hacemos cuentas, llegan los compradores
Curiosamente, la posibilidad de transformar capacidades productivas en negocios internacionales será el centro de otra escena que dominará Rosario durante los próximos días con una nueva edición del Santa Fe Business Forum.
El encuentro ya dejó de ser solamente una ronda de negocios. La edición 2026 reunirá a alrededor de 250 compradores internacionales, más de 1.000 empresas oferentes y 44 fondos de inversión, además de startups, especialistas y delegaciones extranjeras.
Pero detrás de esos números hay algunas novedades interesantes.
Una de ellas es territorial. La ciudad de Santa Fe tendrá esta vez un capítulo propio, después de un reclamo que venía impulsando principalmente el intendente Juan Pablo Poletti para conseguir una participación más importante de la capital provincial.
Más de 40 compradores internacionales serán recibidos el miércoles en la ciudad de Santa Fe en una actividad que suma a la organización a la Municipalidad, la Cámara de Comercio Exterior y la Bolsa de Comercio. Al día siguiente habrá networking en la Bolsa, recorridos por los circuitos productivos elegidos por cada delegación y un encuentro denominado “Sabores de Santa Fe”.
También habrá una innovación logística que puede parecer menor pero dice bastante sobre cómo intenta crecer el evento. Dos vuelos trasladarán compradores desde Rosario hacia Reconquista para que puedan conocer y recorrer empresas del departamento General Obligado.
Para una delegación extranjera, hacer ese recorrido por tierra prácticamente consume una jornada. El avión transforma distancia en oportunidad comercial y permite incorporar al Business Forum empresas que, de otra manera, difícilmente entrarían en el radar de un comprador que visita la provincia durante pocos días.
El Business Forum quiere jugar otra liga
Hay otra parte del encuentro que merece atención especial: el Foro de Inversiones. Este año llegarán 44 fondos y la apuesta intenta superar el universo tradicional del venture capital. Habrá corporate venture capital, private equity, limited partners y family offices, ampliando sustancialmente los vehículos disponibles para financiar empresas.
Pero existe un segundo objetivo quizás todavía más interesante: intentar achicar la brecha entre la economía intangible y la tangible. Que la innovación y los emprendimientos no estén solamente concentrados en desarrollar aplicaciones o modelos digitales, sino también en conseguir que una fábrica, una empresa agroindustrial, una metalúrgica o una operación logística sean más eficientes.
Es probablemente uno de los movimientos conceptualmente más interesantes del Business Forum porque conecta dos mundos que durante mucho tiempo circularon por carriles diferentes: el startup y la fábrica.
Y empieza a producirse además un fenómeno que sirve para medir la consolidación del encuentro. Ya no solamente Santa Fe busca inversores. Los propios fondos llaman para participar, quieren mostrar qué verticales están buscando y pretenden incorporarse al circuito.
A los side events oficiales se agregarán además encuentros organizados por el propio sector privado rosarino, convirtiendo durante varios días a la ciudad nuevamente en un punto de encuentro para empresarios, inversores, compradores y ejecutivos.
El desafío ahora cambia. El Business Forum ya demostró capacidad para convocar. La verdadera prueba consiste en saber cuánto venden las empresas que participan, cuántas inversiones consiguen y cuántos de esos contactos terminan convirtiéndose en dólares que efectivamente entran a Santa Fe.
Mientras unos buscan negocios, otros buscan una salida
Pero Rosario produjo durante esta semana otra fotografía empresaria bastante menos optimista. La sede de la Asociación Empresaria reunió a representantes de CAME, ADIMRA, FISFE y la CGT bajo una consigna que hace algunos años habría resultado bastante más improbable: empresarios industriales y sindicalistas sentados juntos intentando construir una agenda productiva.
El encuentro, denominado Argentina Produce, expuso un acercamiento entre dirigentes empresarios y sindicales que por ahora se explica menos por una coincidencia ideológica que por problemas compartidos. La caída del poder adquisitivo reduce el mercado interno, la actividad industrial continúa debilitada, el costo financiero se volvió particularmente pesado y no aparecen demasiadas señales que permitan anticipar un cambio significativo antes de fin de año.
Algunos actores directamente admiten que no saben cómo llegarán a diciembre. Un industrial metalúrgico describió que alrededor del 80% de las fábricas trabaja con sus cuentas bajo la línea de flotación. Otro tuvo que vender un importante terreno donde alguna vez había proyectado ampliar su empresa para conseguir liquidez y cubrir compromisos.
“Hoy la mayor asfixia viene del costo del dinero y de ARCA”, resumió.
La industria blanca y del frío atraviesa una situación particularmente delicada. Dos empresarios históricos del sector describieron producciones prácticamente paralizadas y una sustitución creciente por productos importados, excepto en aquellos bienes cuyo volumen vuelve demasiado costoso traerlos desde el exterior.
También anticipan otro movimiento que puede empezar a sentirse en los próximos meses: los precios podrían volver a subir porque los stocks acumulados ya se consumieron mientras los costos fijos siguieron aumentando.
Una economía “dual, hemipléjica”
Javier Martín, presidente de FISFE, utilizó una definición particularmente gráfica para describir el escenario: calificó a la economía de Milei como “dual, hemipléjica”.
Después agregó una autocrítica que probablemente explique parte de la nueva fotografía política del empresariado industrial. “Muchas veces nuestro sector vota con la emoción y después se reclama con la racionalidad. Necesitamos una alternativa de programa de trabajo y producción”, planteó.
El rufinense Jorge Sola, uno de los integrantes del triunvirato de conducción de la CGT, coincidió en la necesidad de recuperar ámbitos de diálogo entre empresarios y trabajadores para construir un proyecto de crecimiento. No porque hayan desaparecido las diferencias entre capital y trabajo, sino porque empiezan a compartir determinados problemas.
Uno de los organizadores fue todavía más lejos al imaginar que el espacio debería terminar convirtiéndose en una suerte de mesa de diálogo argentino.
El encuentro tuvo además una lectura política que no puede separarse completamente de otro movimiento ocurrido apenas dos días antes.
El peronismo también empezó a moverse
El acto encabezado por el diputado Diego Giuliano, bajo la tutela política de Sergio Massa, comenzó a mostrar algunos de los primeros bosquejos de la estrategia con la que una parte del peronismo santafesino pretende discutirle la provincia a Maximiliano Pullaro en 2027.
En el abanico de dirigentes y asistentes pudieron verse también empresarios de la región y volvió a aparecer un nombre que conserva las ganas competir si el espacio consigue finalmente construir una candidatura de unidad: Federico Pucciarello.
Todavía falta muchísimo para 2027 y el peronismo santafesino tiene por delante una tarea bastante más compleja que organizar un acto. Pero la secuencia de la semana resulta interesante.
Primero apareció una convocatoria política. Dos días después, empresarios industriales y uno de los conductores de la CGT compartieron escenario para cuestionar aspectos centrales de la política económica nacional.
No significa que exista una articulación automática entre ambas fotografías. Sí significa que distintos actores políticos, empresarios y sindicales empiezan a moverse alrededor de un diagnóstico compartido: si la economía real no mejora, la discusión política de 2027 tendrá inevitablemente a la producción, el empleo y los salarios entre sus principales protagonistas.
El enojo con el Círculo Rojo
En los pasillos de la Asociación Empresaria hubo además otro comentario repetido: el enojo con parte de la dirigencia empresaria nacional y particularmente con aquellos referentes industriales que mantienen mayor cercanía con Javier Milei.
“El silencio de referentes industriales más cercanos al Presidente sencillamente no se entiende”, expresó un exfuncionario de la cartera productiva santafesina.
Los números permiten entender el malestar. Según datos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo, Santa Fe perdió 3.120 empleadores desde diciembre de 2023, explicados fundamentalmente por pequeñas y medianas empresas del comercio y la industria. Con cifras hasta mayo de 2026, también se perdieron aproximadamente 18.000 puestos de trabajo en la provincia.
Detrás de cada estadística aparecen historias empresarias concretas. Ricardo Ciccarelli, CEO de la autopartista Cirubon, reconoció que tuvo que desprenderse de alrededor del 40% de su plantilla y describió una paradoja particularmente brutal.
La semana próxima recibirá una delegación para una visita guiada porque su empresa es considerada un ejemplo productivo dentro de la provincia. Al mismo tiempo, admite que no sabe si podrá seguir levantando la persiana dentro de dos meses.
Ese contraste probablemente explique bastante bien el momento. Santa Fe organiza un Business Forum para mostrarle al mundo sus mejores empresas mientras algunos de esos mismos empresarios intentan descubrir cómo sobrevivir al mercado doméstico.
No necesariamente existe una contradicción. Quizás haya una pista: internacionalizarse empieza a ser cada vez menos una opción y cada vez más una necesidad.
Laspina pone otra idea sobre la mesa
En ese contexto apareció además una propuesta interesante desde un lugar políticamente poco sospechoso de heterodoxia.
Desde EcoAnalytics + Symbonia, vinculada a Luciano Laspina, proponen que el Banco Central contribuya a crear un mercado profundo de swaps de tasas de interés. El razonamiento es que, del mismo modo que el mercado de futuros del peso necesitó de la participación del BCRA para adquirir profundidad, un mercado líquido de tasas a 24 meses podría reducir considerablemente la prima de riesgo que hoy termina trasladándose al crédito.
La estimación es fuerte: podría reducir entre 8 y 12 puntos porcentuales la tasa activa para personas físicas.
La intervención mediante un swap o un cap de tasa no significaría inicialmente crear un nuevo pasivo remunerado tradicional para el Banco Central, porque se trataría de un flujo diferencial. Naturalmente, sí incorporaría un pasivo contingente y, por lo tanto, un riesgo para la hoja de balance del organismo.
La propuesta puede discutirse técnicamente, pero políticamente resulta interesante porque refleja una conversación que empieza a atravesar sectores bastante diferentes: ¿hasta dónde puede limitarse el Estado a esperar que el mercado acomode por sí solo el costo financiero cuando las tasas empiezan a convertirse en una parte central del problema?
Y quizás por eso la última fotografía de la semana sea la más llamativa.
Milei dice que no cambia, pero el Gobierno empezó a moverse
Javier Milei repitió esta semana que su gestión seguirá “haciendo lo que está bien” y que no piensa “ceder al canto de las sirenas”. Sin embargo, varias decisiones recientes empiezan a mostrar un Gobierno bastante más pragmático de lo que admite su propio relato.
En los últimos días se habilitó un nuevo piso para los salarios más bajos de los convenios colectivos, el Banco Central inyectó liquidez para bajar las tasas, se anunció un mecanismo para reanimar el crédito hipotecario, se flexibilizaron los préstamos en dólares para empresas que no generan divisas y se aceleraron las licitaciones de corredores viales.
Ninguna de esas decisiones fue presentada como un programa de estímulo y difícilmente el Gobierno vaya a aceptar semejante definición. Pero Luis Caputo comenzó a utilizar dos verbos que hasta hace poco prácticamente no formaban parte del vocabulario oficial: “reactivar” e “impulsar”.
Tal vez sea apenas semántica. O quizás empiece a revelar un cambio más profundo en la manera de administrar una economía que crece bastante menos de lo que el propio Gobierno esperaba.
El diagnóstico ya no se discute ni siquiera puertas adentro. El presidente del Banco Central, Santiago Bausili, reconoció que la economía crece “mucho más despacio” de lo previsto. Las consultoras que a comienzos del año proyectaban una expansión del PBI cercana al 3,5% para 2026 fueron recortando sus estimaciones hacia el 2,7%, con posibilidades de nuevas correcciones.
La economía no parece estar entrando en una recesión, pero sí se desacelera y corre por debajo de las expectativas que existían apenas algunos meses atrás.
Cuando hubo que elegir entre dólar y tasa
El movimiento más significativo probablemente se produjo diez días atrás. Después de varias semanas intentando sostener una suerte de techo virtual de $1.500 para el dólar, el Banco Central inyectó aproximadamente $1,3 billones en el mercado, la mayor operación expansiva desde enero.
Las tasas interbancarias habían superado el 28%, la mora seguía creciendo y una economía debilitada comenzaba a sentir cada vez más el costo del dinero.
El Gobierno tuvo que elegir. Consideró más peligroso para la actividad permitir que las tasas se acercaran al 30% que tolerar un dólar algo por encima de $1.500. Durante los días siguientes, el Central intervino menos sobre futuros y títulos dollar linked, mientras las tasas intradiarias regresaron hacia niveles cercanos al 21% nominal anual.
No significa necesariamente que haya nacido una nueva política monetaria. Puede ser un movimiento coyuntural y todavía es demasiado temprano para hablar de un giro.
Pero la percepción quedó instalada: cuando la ortodoxia monetaria empezó a amenazar con profundizar el deterioro de la actividad y la mora, apareció pragmatismo.

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