El grooming volvió a ocupar un lugar central en la agenda educativa. En San Juan, el Ministerio de Educación y el Ministerio Público Fiscal pusieron en marcha un programa provincial destinado a prevenir este tipo de situaciones en las escuelas, con actividades dirigidas a estudiantes, docentes y familias.

La iniciativa pone sobre la mesa una pregunta que atraviesa a todas las comunidades educativas: ¿cómo enseñar a los chicos y adolescentes a cuidarse en Internet sin convertir la tecnología en una fuente permanente de miedo?

La respuesta no parece estar solamente en prohibir o controlar. Como ocurre con otros aspectos de la vida digital, la prevención requiere desarrollar conocimientos y habilidades que permitan tomar decisiones más seguras.

Qué es el grooming y por qué requiere una mirada educativa

Se denomina grooming al conjunto de estrategias que una persona adulta utiliza para establecer un vínculo de confianza con un niño, niña o adolescente a través de medios digitales con el objetivo de obtener algún tipo de beneficio o explotación sexual.

El contacto puede comenzar de manera aparentemente inocente: una conversación en una red social, un videojuego online, una plataforma de mensajería o cualquier otro espacio digital donde interactúan chicos y adultos.

Por eso, uno de los principales desafíos de la prevención consiste en que los riesgos no siempre se presentan como situaciones evidentemente peligrosas.

La persona que intenta establecer ese vínculo puede presentarse como alguien de una edad similar, compartir intereses con el adolescente, ofrecer ayuda, regalos virtuales o atención y, progresivamente, intentar trasladar la conversación hacia espacios privados o solicitar información, fotografías o videos.

Enseñar a detectar señales de alerta

Una estrategia educativa efectiva no debería limitarse a decirles a los estudiantes que “no hablen con desconocidos”.

Internet modificó profundamente la forma en que se construyen los vínculos y, para muchos chicos, una persona conocida en una comunidad virtual puede no ser considerada un “desconocido” en el sentido tradicional.

Por eso resulta más útil trabajar sobre conductas concretas que deberían generar alerta.

Entre ellas:

  • Que alguien insista en mantener una conversación en secreto.
  • Que pida fotografías o videos personales.
  • Que solicite datos privados, como domicilio, escuela o teléfono.
  • Que ofrezca regalos o beneficios a cambio de algo.
  • Que intente aislar al chico de sus amigos o familiares.
  • Que presione para pasar rápidamente a una conversación privada.
  • Que amenace, chantajee o genere miedo ante la posibilidad de contar lo ocurrido.

Aprender a identificar estas señales permite que la prevención no dependa exclusivamente de la supervisión adulta.

La privacidad también se enseña

Otro eje fundamental es comprender qué información conviene compartir y cuál debería mantenerse privada.

No se trata solamente de enseñar a configurar una cuenta o utilizar contraseñas seguras. La alfabetización digital también implica comprender que una imagen, una conversación o un dato personal pueden circular mucho más allá del destinatario original.

Trabajar con situaciones hipotéticas puede ser una buena estrategia pedagógica. Por ejemplo: ¿qué harías si alguien que conociste jugando te pide una foto?, ¿qué pasa si te dice que no se lo cuentes a nadie?, ¿a quién recurrirías si alguien te amenaza?

Estas preguntas permiten desarrollar criterios antes de que aparezca una situación real.

Qué pueden hacer los docentes

La escuela no tiene que convertirse en una oficina de investigación digital. Su función principal es educativa y preventiva.

Los docentes pueden contribuir generando espacios donde los estudiantes sepan que pueden contar una situación incómoda sin temor a ser juzgados o castigados.

También es importante evitar respuestas que puedan desalentar futuras consultas. Frente a una situación de riesgo, frases como “¿por qué hablaste con esa persona?” pueden aumentar la culpa del estudiante y dificultar que vuelva a pedir ayuda.

La intervención debe priorizar la protección del niño o adolescente y activar los protocolos correspondientes de la institución y de las autoridades competentes.

Familias y escuela: una responsabilidad compartida

La prevención resulta mucho más efectiva cuando existe un mensaje coherente entre la escuela y las familias.

Controlar el dispositivo puede ser parte de la estrategia, especialmente en edades tempranas, pero no reemplaza el diálogo.

Los adultos deberían conocer las plataformas que utilizan los chicos, interesarse por sus experiencias online y generar un clima donde hablar de una situación incómoda no implique automáticamente perder el acceso al teléfono o a Internet.

La confianza es una herramienta de protección.

Si un adolescente sabe que puede contar que alguien le pidió una fotografía, lo amenazó o intentó manipularlo sin recibir automáticamente un castigo, aumentan las posibilidades de que pida ayuda a tiempo.

Prevenir sin demonizar la tecnología

El desafío educativo consiste en encontrar un equilibrio.

Internet, las redes sociales, los videojuegos y las plataformas digitales forman parte de la vida cotidiana de niños y adolescentes. Pretender eliminar completamente los riesgos mediante la prohibición no prepara a los estudiantes para desenvolverse en un entorno que seguirá existiendo fuera de la escuela.

La educación digital tiene, en este sentido, un objetivo más ambicioso: formar usuarios capaces de reconocer riesgos, establecer límites, proteger su privacidad y pedir ayuda cuando algo no está bien.

Prevenir el grooming no significa enseñar a tener miedo de Internet. Significa enseñar a utilizarlo con criterio, autonomía y herramientas para cuidarse.