La doctora en Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) e investigadora del Conicet, Flavia Costa, entiende a las Inteligencias Artificiales (IA) como un “territorio” que constituyen “ecosistemas digitales aumentados” por esas tecnologías donde “los argentinos de entre 16 a 64 años pasan ocho horas y media por día”. Autora del reciente libro “Vidas Artificiales: del accidente pandémico a las guerras de la IA” (editorial Taurus), la especialista evalúa tanto posibilidades como “amplificar capacidades” y “transformar nuestras formas de trabajo” y riesgos en diferentes escalas que van desde la “escalada armamentista” a “aumentar las desigualdades en la educación”. Es muy crítica con la posición del gobierno argentino _“demasiado libertariana” por “no tomar ninguna precaución” y “extremadamente despreocupante”_ frente al fenómeno. Y señaló que hay grupos detrás de esas plataformas que ven a la democracia como un “obstáculo”.
Costa es profesora asociada del seminario Técnica, Cultura y Sociedad y dirige el Observatorio de Tecnologías, Sociedad y Ecosistemas Digitales (TecnocenoLab) en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Integra el colectivo Ludión: exploratorio latinoamericano de poéticas/políticas tecnológicas y fue una de las fundadoras de la revista Artefacto: Pensamientos sobre la técnica. Esta semana habló con Rosario3 sobre su nuevo libro y el impacto de las IA.
-¿Cómo nos han cambiado la vida las inteligencias artificiales?
-Las inteligencias artificiales generativas se ponen en disponibilidad pública a fines de noviembre de 2022; hasta ese momento existían pero eran poco conocidas por el público. Estas nuevas IA como los chatbots (Gemini, Chat GPT, Claude) generan lenguaje, imágenes, música, y provocaron situaciones. Por un lado hubo un primer encontronazo en los distintos niveles de la educación donde la pregunta es qué hacemos con los chicos cuando consultan a las IA para responder preguntas sobre matemática, geografía o historia. Esa pregunta empujó el debate. La otra gran pregunta es qué va a pasar con el trabajo: si estas tecnologías nos van a reemplazar, cómo van a afectar los puestos de trabajo, qué ocupaciones están en riesgo. Nosotros en el Observatorio de Tecnología y Sociedad de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA hablamos de ecosistemas digitales potenciados por IA, porque se trata no sólo de una herramienta o un instrumento sino de un territorio, uno que habitamos con la vista, el oído --los dos sentidos que nos permiten abarcar más distancia-- y mucha de nuestra atención, que es lo que hoy está en juego. Un indicador de la importancia que tiene en nuestras vidas es que, según datos de 2025, en la Argentina las personas de 16 a 64 años pasamos ocho horas y media por día por ese territorio.
-¿Es decir que dejaron de ser un asistente para pasar a ser otra cosa?
-La dimensión herramental convive con la dimensión de medio o ambiente. Sin dudas las IA generativas y predictivas hacen tareas muy importantes en ámbitos muy variados, como la logística, la agricultura, las imágenes médicas. Hacen mucho más que una asistencia: hacen tareas nuevas, como el diagnóstico ultra-temprano en medicina o la predicción de vetas y yacimientos en minería. Es más que asistencia: amplifican las capacidades, transforman nuestras formas de trabajar. Recientemente, por ejemplo, la IA participó en un desafío que permitió leer un rollo entero de los papiros de Herculano, carbonizados por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C.
-¿Cuáles son los riesgos que ves de las IA?
-Las taxonomías de riesgo más conocidas, que son la de Dan Hendrycks, del Center AI Safety (CASI), de Estados Unidos, y la de Risto Uuk, director de Política Europea en el instituto Future of Life, señalan cuatro tipos de riesgos catastrófico: el uso malicioso, la competencia desenfrenada entre corporaciones –es decir, que las empresas o los Estados cedan a presiones competitivas para ver quién despliega la IA más poderosa, sacrificando la seguridad--, los riesgos organizacionales, que son los riesgos propios de todo sistema socio-técnico complejo, y la pérdida de control sobre IA, que es en principio el menos probable. Por debajo de esos riesgos hay otros no necesariamente existenciales, pero sí severos, que nosotros ordenamos en tres escalas. La escala macro es la que corresponde a esas grandes corporaciones y conjuntos técnicos que nosotros, como país, no tenemos, como OpenAI, Google, Amazon, Meta, Anthropic o Alí Baba. En esa escala, la preocupación por los riesgos sistémicos es central. Nosotros necesitamos comprenderlos para no importarlos, pero en principio no intervenimos en su desarrollo. Aquí, además de los antes mencionados, podemos incluir los riesgos para el campo de la información (las llamadas fake news, el uso malicioso de IA para intoxicar la conversación pública), la escalada armamentista, que puede incluir armas no convencionales; los hackeos masivos. En la escala meso, que es la escala de un Estado como el argentino, hay riesgos que es posible mitigar, como la protección de los datos personales de los ciudadanos. Hay otros riesgos como la desigualdad en el acceso a las tecnologías, los sesgos raciales, culturales, de género; también los impactos en el trabajo. En esta escala es fundamental tener una política para orientar el desembarco de la tecnología. La tercera es la escala micro, vinculada a cuestiones como la transparencia (avisar cuando se está usando IA), los errores o “alucinaciones”, el hecho de que estas tecnologías, al menos por hoy, no son tan confiables como se nos dice.
-¿Qué evaluación haces sobre la reacción del gobierno nacional ante las IA?
-Es una reacción extremadamente libertariana, que consiste en no tomar ninguna precaución. El ministro Federico Sturzenegger dijo en enero de este año en el Foro de Davos que estaba ahí para que no haya ninguna ley. Esto es extremadamente irresponsable. La tecnología es muy potente y puede ser muy útil, nadie razonable puede negarlo, pero también pone en riesgo sectores enteros del mundo del trabajo, puede utilizarse para vigilancia masiva, impacta en las prácticas educativas, en la información de la opinión pública, en los derechos de autor. Hay estudios hechos por las propias corporaciones, como uno publicado en enero de 2026 por Anthropic, donde después de analizar 1,5 millones de intercambios con Claude se verificaron patrones de desempoderamiento humano, es decir, cambios en los valores, los juicios y hasta los comportamientos de las personas a partir de interactuar con el chatbot. De allí que es necesario no oponer innovación y seguridad; al contrario: desarrollo y seguridad van siempre juntas, porque el horizonte es una mejor vida, más desarrollo para todos. Hay mucho para hacer y de hecho es necesario invertir en desarrollos locales. Por ejemplo desde 2017 la Fiscalía de la ciudad de Buenos Aires cuenta con un sistema, Prometea, que aplica inteligencia artificial para redactar automáticamente dictámenes judiciales. La herramienta permitió incrementar la eficiencia de los procesos, y posibilitó que los empleados dedicaran más tiempo a los casos más complejos. No se trata de decirle que no a la IA, sino de planificar y darle un uso virtuoso tomando recaudos.
-¿Se puede aplicar la IA en la educación escolar?
-La “Guía para el uso de IA generativa en la educación de UNESCO”, de 2024, sostiene que los niños de menos de 13 años no deberían usar chatbots de IA, y que los países necesitan decidir si la auto-declaración de edad es un medio apropiado de verificación (sabemos que no lo es). Es necesario que la formación en lecto-escritura y el sentido crítico se realicen sin intervención de la IA. Para otras etapas todavía está en discusión el modo en que la IA entra en el sistema educativo, pero como te decía, hay estudios sobre desempoderamiento humano, y el mismo documento de Unesco señala que los sistemas de IA en la educación pueden aumentar las desigualdades en el acceso a la tecnología, pueden reducir la interacción entre humanos, y que pueden limitar la autonomía de los estudiantes al ofrecer soluciones predeterminadas, además de que pueden generar sesgos y formas de discriminación. En líneas generales diría que las IA son muy útiles para las personas más formadas, para aquellos que saben bien lo que necesitan, y no son tan útiles para los que lo no saben.
-¿Cómo van impactar en nuestra sociedad los cambios que se vienen en el mundo del trabajo?
-Como todo proceso de tecnificación y automatización de tareas, si se deja librado al libre mercado y no se defiende a los trabajadores activamente, va a tener efectos disruptivos. Algunas tareas están más expuestas que otras, como las vinculadas a la planificación y gestión administrativa, financiera, legal o contable, la programación de software, y algunas zonas de la investigación y la docencia. En 2023, un informe del Centro Interdisciplinario de Estudios en Ciencia, Tecnología e Innovación (CIECTI) señalaba que en la estructura ocupacional de la Argentina no iban a ser afectadas la construcción, la atención al público directa, el trabajo doméstico, pero sí las que mencioné recién. En este marco, el gobierno ya planteó que quiere reformar la ley de educación de 2006 para permitir el homeschooling, la educación a domicilio. Es un cambio que puede tener enormes implicaciones. Estamos muy acostumbrados a pensar, ya desde el siglo XIX, que la constitución de una sociedad, de una esfera pública común, tiene como eje organizador a la escuela. Es clave en ese sentido tener en cuenta que detrás de estas tecnologías hay un grupo particular de Silicon Valley que considera que la democracia es un obstáculo para su propio negocio.
-¿La democracia está en riesgo?
-Ellos lo dicen explícitamente. Lo dice Peter Thiel cuando afirma que la libertad y la democracia ya no son compatibles. Y él está del lado de la libertad, entendida como la ley del más fuerte. Financian programas políticos y corporativos contra la democracia. No es un delirio especulativo ni una lectura entre líneas ni tampoco una teoría conspirativa. Es lo que está sucediendo y hay que tomar nota de eso.
-¿Sos optimista o pesimista en cuanto a las IA?
-Tengo una perspectiva creativa, operativa y en favor de la democracia. Trabajo en un Observatorio donde relevamos y analizamos los riesgos de las tecnologías, estudiamos y evaluamos políticas públicas, hacemos capacitaciones, buscamos aportar al desarrollo de capacidades de gestión, para que se conozcan las IA, sus beneficios y sus desafíos teóricos y políticos. En ese sentido soy optimista, porque creo que siempre podemos aportar elementos para el análisis y la adopción consciente, crítica, no ingenua, de las tecnologías por parte de la sociedad. En este momento, este movimiento tan de arriba hacia abajo me parece problemático. Al comienzo de Vidas Artificiales relato una escena de enero de este año, en un encuentro con expertos en seguridad de la IA, donde uno de ellos, el más experimentado, nos dice: “ya sabemos que el futuro será exponencialmente desigual”. Eso me parece preocupante para el país y para la región. Sin embargo, trabajo para que se discuta y se adopte con conocimiento, con planificación. Y en ese sentido no soy apocalíptica, considero que tenemos mucho más margen de maniobra del que a veces creemos tener. Mientras siga habiendo mundo, tenemos mucho por hacer, mucho por investigar, y es una tarea fascinante.



