Estar siempre ocupado, responder mensajes, producir, rendir y aprovechar cada minuto del día. La sensación de no llegar a todo se volvió una experiencia cada vez más extendida y, paradójicamente, también generó una nueva dificultad: descansar sin culpa. Sobre este fenómeno, conocido como la “generación” o “sociedad del cansancio”, habló Silvina Geralnik, psicóloga (MP 7981), en diálogo con el programa Cada Día (El Tres). La especialista analizó cómo la sobreexigencia, la hiperconectividad y la cantidad de estímulos a los que estamos expuestos impactan en la salud mental y física.
“Hoy estamos sumidos en un mundo de la productividad y el rendimiento. Esto genera mucha autoexigencia y mucho agotamiento crónico”, explicó. Geralnik retomó el concepto desarrollado por el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su libro La sociedad del cansancio. Según planteó, hubo un cambio en la forma en la que las personas experimentan la presión.
“Antes estábamos en un paradigma más disciplinario, donde la explotación y la presión venían de afuera. Hoy, en esta sociedad, viene de adentro. Nosotros mismos somos los que nos exigimos, los que queremos estar siempre conectados, siempre con productividad y con rendimiento”, sostuvo.
Un cansancio que no siempre se resuelve durmiendo
La consecuencia de esta dinámica es un agotamiento que, según explicó la psicóloga, no necesariamente tiene un origen físico. “El cansancio crónico es muy particular porque no es tanto físico, sino mental. Es una fatiga profunda, con síntomas de todo tipo”, señaló.
Parte del problema está relacionado con la imposibilidad de desconectarse y con la sensación de querer estar en todos lados al mismo tiempo.
“No podemos estar en un lugar sin saber qué se hace en otro”, resumió.
A esto se suma la competencia permanente por la atención. Las redes sociales, las plataformas digitales, las notificaciones y los dispositivos fueron diseñados para captar y retener la mirada de los usuarios. “El afuera compite por nuestra atención. Siempre van a estar queriendo captarla. Por eso va a estar en nosotros poder poner ese freno y poner pausas que nos permitan recuperar la percepción”, advirtió.
Para Geralnik, la exposición constante a estímulos puede generar una especie de anestesia. “Nuestros sentidos están como apagados”, aseguró.
¿Realmente descansamos cuando no hacemos nada?
Uno de los principales interrogantes tiene que ver con la idea de descanso. Estar acostado o sentado sin trabajar no significa necesariamente que el cerebro haya logrado desconectarse. “A veces decimos: «Voy a descansar, estoy en la reposera», pero estamos con el celular. Estamos todo el tiempo con esta hipervigilancia”, planteó.
En ese sentido, explicó que descansar implica comenzar a desconectarse antes. El sueño, por ejemplo, cumple funciones fundamentales para la recuperación y restauración del organismo. “El sueño tiene funciones reparadoras y de restauración. Hay poda neuronal y distintas fases que son muy importantes para todo el funcionamiento y para todos los sistemas”, indicó.
Sin embargo, muchas personas duermen varias horas y aun así se levantan agotadas.
Para la psicóloga, uno de los motivos puede estar en la imposibilidad de cortar con las obligaciones antes de ir a la cama. “Dormimos, pero no descansamos porque estuvimos hasta último momento con notificaciones, respondiendo mensajes o nos vamos a dormir con cosas pendientes”, explicó.
Ante este escenario, Geralnik propuso establecer límites concretos con los dispositivos y abandonar la lógica de estar disponible las 24 horas. “Tenemos que trabajar pactos con la tecnología y distanciarnos un poquito de lo digital. El pacto podría ser: «Voy a responder hasta tal hora». Esto de estar 24/7, todo el día operativo, tenemos que pensarlo”, sostuvo.
La especialista recomendó comenzar a reducir los estímulos antes del momento de descanso: bajar la intensidad de las luces, alejarse de las pantallas y establecer un horario claro para finalizar las tareas laborales. “Hay un momento para decir: «Hasta acá es mi horario de rendimiento y producción. Ahora voy a pensar en lo que necesita mi cuerpo»”, señaló.
También remarcó que no existe una única fórmula para descansar. La actividad que permite bajar el nivel de estrés dependerá, en muchos casos, de cómo fue la jornada. “Si el mundo laboral tiene que ver con la lógica y con usar mucho las pantallas, posiblemente todo lo que tenga que ver con el cuerpo y el corazón nos permita bajar el estrés y la ansiedad. Y al revés: si estuvimos trabajando con el cuerpo todo el día, quizás sentarnos en el sillón y mirar una serie también nos produce descanso”, explicó.
El estrés permanente y la dificultad para dormir
Geralnik también se refirió a la relación entre el estrés crónico y los problemas para conciliar el sueño.
Explicó que el cortisol y la adrenalina cumplen un papel central en la respuesta del organismo frente al estrés. El cortisol tiene un ciclo natural: aumenta durante la mañana para ayudar al cuerpo a activarse y debería disminuir hacia la noche para permitir la aparición de la melatonina, la hormona vinculada al sueño.
El problema aparece cuando el organismo permanece constantemente en estado de alerta.
“Cuando estamos todo el tiempo pensando en defendernos, en luchar o huir, el cortisol no puede acompañar el ritmo circadiano. Por eso cuesta tanto conciliar el sueño”, explicó.
La psicóloga aclaró que el estrés no siempre es negativo. Existe un estrés agudo y pasajero que resulta necesario para enfrentar determinadas situaciones. “Es el estrés que nos permite hacer una nota en televisión, rendir un examen o afrontar una situación. Se libera cortisol y después baja”, ejemplificó.
La diferencia está en el estrés crónico, cuando el estado de alerta se prolonga y se convierte en una condición cotidiana.
“Eso es lo que está pasando con la generación del cansancio. Estamos en alerta permanente, sea real o no real. Estamos obsesionados con la productividad y el rendimiento”, afirmó. Y concluyó con una reflexión sobre el papel que tienen las redes sociales en esa sensación de insuficiencia permanente: “Si nosotros no estamos haciendo algo, las redes nos muestran que otros están haciendo cosas todo el día”.
En un contexto atravesado por la hiperconexión, la presión por rendir y la constante comparación, el desafío, según planteó Geralnik, parece ser recuperar algo cada vez más difícil: la capacidad de frenar.



