Un hombre y una mujer sentados en un banco rojo pequeño miran de frente el altar del Gauchito Gil en Funes, “el santuario más grande del Gran Rosario dedicado al santo pagano”, según dicen los seguidores locales. Son una pareja de adultos mayores, canosos los dos. Están uno al lado del otro, pegados, sus brazos se apoyan, como si se sostuvieran. Esa sensación de apoyo mutuo se acentúa por su largo silencio, entre una oración y un lamento. Atrás, llegan Roxana y José. Se detienen frente a la estatua de tamaño real que evoca a Antonio Mamerto Gil Nuñez, asesinado el 8 de enero de 1878, el mismo día que hizo su primer milagro, nada menos que a su verdugo (salvó a su hijo agonizante). De gaucho justiciero, desertor del Ejército para no matar a sus hermanos, bandido a lo Robin Hood y querido por el pueblo correntino, se convirtió en un santo popular, cada vez más popular.
Roxana y José son de Rosario y vienen hace 30 años a esta esquina de calle Las Tunas y Las Heras o colectora de la ruta 9 (garita 16 bis). En aquella época, la fiesta desbordaba por los terrenos baldíos que hoy son casas de un barrio residencial tranquilo. Los devotos llegaban en carros y caballos y se armaba fiesta, con chamamé, asado y vino. Un ritual similar al que todavía se hace en Mercedes, Corrientes, donde la leyenda comenzó hace un siglo y medio. Después de esas primeras reuniones, surgieron las denuncias y los reclamos de los vecinos. La tradición se mantiene cada 8 de enero con menos despliegue.
Ahora, Roxana apoya su mano sobre el brazo de la estatua del Gauchito hecha en 1998 que sostiene un rosario y flores rojas artificiales. Cierra los ojos. José hace lo mismo. Cuando terminan, van detrás del pequeño templo y encienden velas rojas. Las colocan en un lugar hecho de material con puertas de vidrio y portavelas en el interior. Al lado, una pareja donó y construyó otro santuario, para San La Muerte, de quien Gil era devoto.
José está desde el principio de la historia de este lugar porque le vendía bebidas a Amor Ojeda, el creador ya fallecido y esposo de Loli, la responsable de que el santuario siga vivo. ¿Cómo nace y crece durante tres décadas un espacio de fe pagana, un culto dedicado a una figura no reconocida por la Iglesia, en un terreno de Funes que es de una católica fiel al Sagrado Corazón de Jesús y que quería hacerse una casita? Hay una sola respuesta posible: un milagro.
De la confusión a lo extraordinario
Todos conocen a Dolores Torres como Loli. Tiene 82 años y hace 30 que es “la mujer del Gauchito Gil”, aunque ella aclara entre risas que no, que es (o era) “la mujer de Amor Ojeda”. Este jueves 8 de enero hay un equipo de seis personas que la ayudan a atender el lugar, entre santería y un puesto de comidas. Ellos (los “promeseros” de Gil) van y vienen. Le preguntan cosas sin parar: “Loli, ¿dónde están los vasitos?”. “¿y las velas más chicas?”, “¿el agua caliente a cuánto, Loli?”, “¿y estos, a 500 cada uno?”.
La mujer de una simpatía que contagia hace una pausa en esta mañana del día más especial del año. Se sienta en una silla de plástico y cuenta el origen de este refugio de fieles rebeldes. Todo empezó con una confusión. Le cuestan las fechas exactas pero dice que a mediados de la década del 90 ella sufría de fuertes dolores de huesos. Trabajaba todo el día en un taller de costura y limpiando casas. Viajó a Brasil para una terapia que no dio resultados. Amor, su marido, le contó de un gaucho milagroso en Corrientes.
La pareja viajó entonces a Mercedes, tierra de cultura guaraní, un 8 de enero. Loli no tenía mucha información: fue en busca de un curandero y cuando llegó al santuario se sorprendió.
–Disculpe, señora, ¿dónde está el señor que cura? –preguntó ella.
–¿Usted no es acá, verdad? –le respondió la mujer.
–No, venimos de Rosario, me dijeron que hay un gaucho milagroso.
–Sí, pero tiene que hacer esa cola, tocarlo y pedirle.
Recién entonces, Loli descubrió que no había viajado para visitar a un “brujo” sino a la estatua de un santo no reconocido por la Iglesia. Esperó con mate y chipa. A su turno, le pidió por su salud. Se volvieron el mismo día. Al otro día, la mañana del 9, ocurrió.
“Cuando me levanté ya no me dolía el cuerpo”, recuerda ahora como si se tratara de otra vida. Tenía antecedentes en su familia de casos de cáncer de huesos y ella, ese día, sintió un gran alivio. Así empezó la relación con el santo.
Otra devota, la cantante y conductora de un programa de Radio Nacional Rosario, la correntina Nélida Argentina Zenón, les dijo que tenía una cruz de color rojo, bendecida por un cura, y que no sabía donde ponerla. Ellos pensaron en su terreno en Funes. Amor, su esposo, inquieto, apasionado (“era un diablo en vivo”, lo define ella), le propuso: “¿Vamos a hacer un santuario?”.
“Y acá estamos”, resume Loli a modo de elipsis y hace dos aclaraciones. La primera es de forma: ella vive en Rosario, en Empalme Graneros, se toma dos colectivos para abrir el santuario cada día (menos los lunes) y es “un lugar abierto que no cobro nada para quien quiera venir, porque si la gente viene a pedir salud o trabajo yo no puedo sacarle plata”.
La segunda aclaración ya es de fondo: “Mi esposo era muy devoto, yo soy católica, antes iba a Caritas y devota del Sagrado Corazón de Jesús”. Amor falleció el 27 de agosto de 2013 y ella decidió seguir con la tradición que le trajo algunos problemas. Una vez, un cura les reprochó su fe en una figura no reconocida. Pero no se detuvieron.
A sus 82, reconoce que el dolor de huesos volvió y está ahí: “El médico dice que es reuma. El otro día estuve internada, por un dolor muy grande cuando hice un mal movimiento”. Pero sigue, rodeada de personas que la saludan, amigos de estos 30 años de santuario. Como “Albino Ponce, chaqueño de los buenos” –así se presenta– que hoy hace de asador y que formó parte de la primera “Comisión de Amigos del Gauchito Gil” de fines de los 90.
También está Carlos, rosarino, que se acercó en 2001 cuando estaba perdido, visitó el santuario sin saber bien por qué y la fe de los otros lo encaminó. Elba, mientras vende velas, estampitas y santitos, es tan devota del correntino como de San La Muerte: “A él también le pido y me cumple, pero hay que agradecerle, sino… No con velas rojas sino blancas y negras, y le gusta el whisky, el chocolate y el oro”.
Roxana y José se acercan y le dan un beso a Loli. La ayudan a recordar las fechas del origen de todo (“empezó en 1996”, coinciden). Es una lógica de encuentro y de compartir con otros que se parece más a un milagro terrenal alimentado por el pueblo seguidor de Gil que al acto de una divinidad.
Santo, mediador y familia
Entre todos los promeseros o devotos, Albino, Carlos, Elba, Roxana y José cuentan cómo funciona la creencia. Se pide algo específico, se agradece o solo se hace una oración. A cambio, hay que dejar una vela roja encendida, vino (cerrado o se puede tomar un trago para compartir con Gil), un cigarrillo, una bandera colorada o una plaquita. Es un ritual contagioso que bajó desde Corrientes.
La migración interna desde esa provincia del noroeste, de los años 90 y 2000, hacia el Gran Rosario o el conurbano bonaerense, multiplicó la fe hacia los centros urbanos del país. Los camioneros la extendieron por la red reticular y federal de las rutas. Las botellas con agua para la Difunta Correa y los puestos rojos para el Gauchito son el testimonio de esa fe popular, construida sin pedir permiso a lo largo del tiempo.
Estudiosos del fenómeno aportan algo más: el vino, los cigarrillos, incluso dinero que se deja, es tanto una ofrenda al santo como un gesto solidario para el que viene detrás. Ese otro, si necesita, puede hacer uso y después devolverlo como pueda. Un trueque mediado por el santo. Pura contracultura en esta época de eficiencia individualista.
Un eco de todo eso está grabado en las paredes del santuario de Funes. “Gracias Gauchito por un año más de trabajo, Sergio”. Los devotos también responden a “los favoreces recibidos”, “los deseos cumplidos”, “el milagro”, “la ayuda”, “el pan, trabajo y salud”.
Casi al mediodía del jueves gris, más de otoño que de verano, junto al fuego, salen los primeros chorizos y las tortas asadas. También hay empanadas o pastelitos. Suena, como no, un chamamé sobre el mito de bandido rural: "Si robó, le robó al rico; la inocencia de los pobres se llama necesidad".
Para algunos, la jornada es una festividad: se instalan a comer y a pasar el día. Otros replican la solemnidad de una capilla y hacen su oración íntima.
Desde afuera, en la esquina de espaldas a la ruta 9, mira Gastón, 42 años, vendedor de rosas. Ofrece el paquete a diez mil pesos para ganarse el pan y al mismo tiempo agradece. Todos los años viaja a Mercedes pero esta vez no pudo porque “está todo muy caro”. Hace diez años estuvo internado y salió en silla de ruedas. No podía ponerse en pie. Hasta que una noche le pidió a Gil. Al otro día, ocurrió: “Me tiré de la cucheta, caí al piso y cuando me levanté podía caminar”. Se hizo un tatuaje en la espalda del santo y cada 8 de enero dice presente, acá o allá.
Una pareja y una nena se bajan de un Fiat Palio gris. Él, gorrita negra, 30 años, se acerca al santuario fumando. Saca del bolsillo un atado. Prende un cigarro y se lo da a su hija, que no pasa los seis o siete años. Ella, calza rosa y camperita a tono, sonríe orgullosa de lo que está por hacer. Se agacha y deja la ofrenda humeante a los pies de la estatua. Salen, se suben al auto y siguen su día.
Un joven, de unos 20 años, se aferra al brazo del Gauchito con su mano. Parece inmóvil en oración pero hace un gesto mínimo que lo distingue, apenas visible: mueve suave el dedo pulgar a un lado y al otro, como una caricia a un ser querido. Cuando termina su ceremonia íntima, no dice nada y se va, como tantos otros.
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