El caso Barreda volvió a estar en bocas de todos tras la producción cinematográfica de Daniela Goggi, quien por primera vez llevó al cine los femicidios cometidos por el odontólogo, el 15 de noviembre de 1992 en La Plata. Tras la viralización del film, quien rompió el silencio fue Inés Creimer, amiga de Cecilia Barreda, una de las cuatro mujeres asesinadas.
"No puedo decir que había violencia en la casa, pero mi primera impresión, sin saber nada, fue que el asesino había sido él”, recordó en una entrevista íntima con Infobae. Creimer sostiene que cuando Ricardo Barreda llegaba a la casa, el ambiente se volvía más denso. Y recordó incluso una escena puntual: esconderse debajo de la mesa para que el padre de su amiga no la viera.
A esa sensación la llamó “incomodidad” e iba de la mano con las miradas que recibía por parte del odontólogo y frases como “qué linda que estás”.
Inés fue compañera de Cecilia Barreda durante años en la escuela en el Normal 1 de La Plata. Pero la cercanía era más que escolar y cuando la familia Barreda se mudó a la casa de la calle 48, se convirtieron en vecinas. Cuando Ricardo cometió los crímenes de sus dos hijas, su esposa y suegra, ella ya no vivía ahí pero aún así asistió al juicio.
“En la Justicia se privilegió el relato de él", dijo Inés. Y sumó: “Nunca se supo nada de las víctimas. Barreda las asesinó y les borró la identidad.” Si bien la joven estuvo sentada en primera fila, él no la vio. ”Si hubiera podido acercarme a él, me hubiera acercado. Yo necesitaba preguntarle por qué no se había ido", señaló.
Durante todo el proceso judicial, la defensa construyó una teoria basada en el sufrimiento del femicida, maltratos psicológicos y acusaciones de ser el responsable de mantener no sólo la economía del hogar, también el orden y limpieza. Pero Creimer niega rotundamente eso.
Además, en la misma entrevista contó que durante muchos años, soñó con Barreda, a quien le preguntaba el por qué de los crímenes, pero la respuesta no llegaba. También soñó con su amiga Cecilia, donde ella le daba un número de teléfono para que la llamara. Pero siempre faltaba un dígito. Inés marcaba, marcaba, y la comunicación nunca se completaba. “Eso me desesperaba. No poder llamarla”, sostuvo Creimer.



