Se escuchan gritos y risas de chicos. Vienen de una de las oficinas donde duermen. Una de las dos únicas con aire acondicionado y por eso los trabajadores del frigorífico Euro SA se las ceden a ellos. Los más grandes duermen en el comedor, en la sala de enfermería o en la “de Senasa” repleta de ficheros. En este lugar, que era una oficina y ahora es una habitación improvisada, montaron arriba de dos escritorios una cama doble y en el piso, otra simple. Entre el suelo o la madera del mueble y el colchón delgado, pusieron un telgopor que es parte de la planta –aunque nadie sabe bien para qué sirve–. Lo usan como aislante.
Son casi las 12 del miércoles. La puerta se abre y salen cuatro pibes. Kevin, de 12 años, terminó séptimo grado sin llevarse materias y está por empezar la secundaria. Es uno de los hijos de Ricardo Herrera, delegado de 41 años de la planta tomada. Cumplieron 71 días, o diez semanas, de una protesta que también es una forma de cuidar la empresa. Que no sea vaciada por los dueños que dejaron de responder sus reclamos, ni saqueada por delincuentes.
Ricardo, referente de la tripería sobre avenida San Diego 1948, Villa Gobernador Gálvez, en el límite sur de Rosario, explica que en octubre los dueños dejaron de pagar los salarios. La crisis viene desde principios de 2025, con tandas de despidos que fueron revertidos a medias porque derivaron en “retiros voluntarios”, eufemismo de “forzados”, califica.
El 10 de noviembre, ante otra amenaza de desvinculaciones, decidieron tomar la planta con apoyo del Sindicato Industria de la Carne. En ese momento quedaban 150 operarios de los 450 que eran en 2024, y una sombra de los 800 que llegaron a trabajar en doble turno a mediados de la década del 2000, con otra realidad económica y una política industrial en las antípodas de la actual (que es de importaciones, caída del consumo y despidos masivos).
Desde el primer día, Ricardo se instaló con su mujer y sus dos hijos. La más grande, Luna, de 21, está de novia con otro empleado del frigorífico. Todos forman parte de quienes usan sus cuerpos para defender, incluso de noche, la persistencia de los puestos de empleo. El padre y el hermano del actual delegado también son operarios y apoyan la toma de día.
Vivir en un frigorífico puede ser muchas cosas: una lucha sindical, una aventura adolescente, el drama por la nostalgia de ya no ser y hasta una colonia de vacaciones atípica, según quien la narre. Pero no hay duda de que lo primero fue la incomodidad, al menos para Kevin.
“La primera noche dormí sobre el telgopor, que es duro. Al otro día me dolía la espalda”, recuerda. Después, se trajo de su casa un colchón y una almohada. Ahora ya está mejor. A sus 12, sabe que está viviendo una situación difícil para él y su familia. “Lo peor es tener que aguantar esto”, simplifica. Extraña, por ejemplo, ir a una plaza con amigos o tomar un helado en verano con sus padres.
A Kevin le gustaría que “todo esto” termine, aunque dice que va a extrañar las noches de bromas con los compañeros de su papá. “Hoy me desperté a las diez pero otras veces, al mediodía. Nos acostamos tarde, a las tres de la madrugada. Jugamos al truco o con el celular o damos unas vueltas que es como una aventura”, dice divertido con su camiseta prestada del “Sindicato de la Carne. Fantini conducción”.
Dar “unas vueltas” puede ser recorrer con otros chicos y también sumarse a la cuadrilla nocturna que patrulla las instalaciones, sobre todo en los sectores de producción, donde nadie duerme. Zonas del edificio que dan a la parte trasera de la planta, donde ya no está la garita de seguridad privada (por falta de pago). Ladrones se metieron a robar varias veces estas semanas: se llevaron desde ventiladores y balanzas hasta cables de luz y gas que generaron problemas más graves.
Los propios trabajadores coordinaron equipos de cuatro personas que se iluminan con las linternas de sus celulares y recorren todos los rincones.
La semana pasada encontraron a tres pibes que no llegaban a los 30 años. Estaban forzando el reflector que da hacia el pasaje Firmat y un baldío con los yuyos altos que tapan el arroyo Saladillo. Lo descolgaron a medias. Cuando ellos los enfrentaron, los intrusos los amenazaron: les dijeron que se cuidaran porque iban a volver.
Necesitamos seguridad, se están robando todo y estamos en peligro. Fuimos amenazados y hay chicos
El lunes pasado, cumplieron y se llevaron el equipo de luz. No hubo un episodio violento porque los trabajadores no vieron a los delincuentes. El portón de chapa que da hacia atrás parece una escena de una película de apocalipsis. Como les rompieron la parte baja, los obreros armaron una empalizada con palets de madera y las bolsas de sal que usan en el proceso para embutidos (a eso se dedican en la planta: limpian, calibran y salan tripas).
La obra artesanal de seguridad se parece a una trinchera o esas pilas de bolsas de arena utilizadas para contener una inundación. Pero acá no hay ni una guerra ni una catástrofe, o quizás sí.
Al abandono de los empresarios, le siguió el de los Estados (sobre todo nacional y provincial). No solo por la falta de salida ante la crisis laboral. No hay presencia policial de noche aunque lo pidieron varias veces. “Necesitamos seguridad, se están robando todo y estamos en peligro. Fuimos amenazados, hay locos que se meten acá, y están los chicos. ¿Por qué no nos pueden dejar un patrullero?”, plantea firme Matías, de 44 años y “18 años y medio” en la planta.
Dos voces y un drama de época
Atrás de Kevin, el chico de 12 en esa oficina convertida en habitación, sale Antonella, de 11, la hija de Fabiana Carabajal. La mujer de 41 años acumula 17 como empleada. Aunque no es delegada, asume como una de las voceras que explica a Rosario3 cómo sobreviven y coordinan cada día. Este miércoles a la noche organizaron una comida solidaria. También reciben donaciones (al alias EURO-2026) y el Sindicato aporta bolsones con alimentos, entre otros apoyos (incluso juguetes para los chicos).
Un grupo produce y vende torta asada y bizcochuelo. Otros crearon un lavadero en el área de “expedición”, por donde salían los camiones con el producto final (tripas y menudencias de vaca y cerdo). Cobran cinco mil pesos a las motos, diez mil a los autos y quince mil a camionetas.
Fabiana y Antonella, madre e hija, duermen juntas en esa cama sobre el escritorio y se tapan con un cubrecama rosa de Barbie. A veces se suman otras nenas, como Malaica, de 5, o Isabella de 4, que es una nieta de Fabiana. Es que su hijo Claudio, de 23, también es operario de Euro y resiste en la planta con su pareja e hija. Tres generaciones unidas para una toma.
Se dan energías entre ellos y el humor siempre a mano para matizar el drama. “Antes nos íbamos de vacaciones a Córdoba, ahora a la fábrica”, dice la operaria del "sector orillas".
Ahora las risas se mudan al pasillo porque las nenas bailan con celular y tablet en mano. Corren entre la puerta de Recursos Humanos y el matafuego en la pared. Al lado está Ricardo, el delegado que duerme con su mujer en una habitación diminuta. La puerta aún dice: “Servicio médico”. Arriba del colchón tirado en el piso está el lugar del desfibrilador para emergencias.
Pagaba con tarjeta. Después cancelás el mínimo y después te quedás sin tarjeta. Tampoco tenemos obra social, ¿cómo hacemos si un hijo se nos enferma?
–Es duro estar acá. Se hace difícil. Ahora empieza el año y tengo que pagar las cuotas de la secundaria de Kevin. Estoy sin un peso y me preocupa –dice Ricardo. Habla en un lugar más alejado, que era para fumadores cuando la planta estaba activa y ahora lo usan para cocinar con un disco y garrafas de gas.
–Sí, yo al principio pagaba con tarjeta, la comida, todo. Después cancelás el mínimo y después te quedás sin tarjeta. Tampoco tenemos obra social porque la empresa dejó de hacer los aportes. ¿Cómo hacemos si un hijo se nos enferma? –se suma Fabiana
–Eso nos está comiendo la cabeza. A mil –sigue él y se van completando las frases.
–¿Qué hago, cómo compro la mochila, los útiles? –refuerza ella.
–El otro día, me levanté re loco y dije: “Me voy, me voy, me voy”. Mi mujer me paró y me dijo: “Si vos te vas, se van todos, hay muchas familias que dependen de vos en este momento”. Y nos quedamos –cuenta el delegado que suele pasar la noche despierto y duerme tres horas por día.
La continuidad
Afuera, en la puerta de Euro, los trabajadores que hacen el aguante con mates posan para la foto grupal. Al lado, el que también resiste es el arbolito de Navidad fabril. Son cinco neumáticos de distintos tamaños que simulan la forma de un pino –cada goma está decorada con bolitas azules pintadas por los chicos–, más un cono naranja de seguridad arriba y todo coronado por una estrella blanca de papel que hizo Fabiana.
Walter Navarro, delegado paritario del frigorífico por el Sindicato de la Carne, participó de las reuniones con los representantes de la firma el año pasado y dice que no entiende qué hicieron o quisieron hacer.
La crisis nacional, con 21 mil empresas cerradas en la era Milei y unos 300 mil empleos perdidos (que no se llegan a compensar con los nuevos trabajos informales del monotributo), explica hasta cierto punto la caída de la firma. El contexto incidió en la reducción de 450 trabajadores a solo 150 para fines del año pasado (la mayoría hace changas de albañil o con aplicaciones pero pocos consiguieron otro ingreso estable, resumen sus excompañeros).
Ese devenir no alcanza para dimensionar la situación actual de Euro. Este presente, dice Navarro, es por un “mal manejo empresarial”.
En el depósito de la empresa quedaron casi 200 tachos con productos para embutidos que dejaron sin vender. También hay kilos de insumos (un anticoagulante) que cotizan muy alto en dólares. Son varias decenas de millones de pesos que se podrían haber utilizado para pagar salarios y reactivar la planta. Pero los abogados de la firma dejaron de asistir a las reuniones en el Ministerio de Trabajo.
A nosotros nos dejaron olvidados acá pero este año aparecieron algunos interesados
Navarro afirma que los dueños son unos financistas de Buenos Aires que no conocen el rubro: Guillermo Salimei se asoció a la familia Lequio, los antiguos titulares, en 2019 y después quedó al frente de la planta. Eso agravó todo. Los trabajadores sospechan que el sello de la firma se usa para otros fines, como lavado de dinero, un delito por el que ya están imputados esos nuevos directivos en otras causas.
El resultado hasta ahora es una parálisis de la tripería. “A nosotros nos dejaron olvidados acá pero este año aparecieron algunos interesados”, dice el delegado.
Hay gestiones en marcha para destrabar el conflicto. “Si pagás el agua, gas y luz, retomás la producción. Las maquinarias grandes y los sectores de producción están cuidados. Tengo fe, la vamos a reactivar”, agrega.
La sesión de fotos en la puerta termina. Hay algunos chistes y después se dispersan. De fondo queda la pintada en la pared que da hacia calle San Diego: “Queremos trabajar”.



