Lo más importante

Silencio

París estaba oscura. El mundo estaba oscuro. Un punto de inflexión para el maestro taoísta leninista Vladimir Ilich Tao Tse Tung

 

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Deja de exigir respuestas en este momento.

Deja que todo descanse en este momento. Haz una pausa sagrada.

Jeff Foster 

 

Hay un momento en que es necesario terminar con las preguntas. Y empezar con las respuestas. 

Vladimir Ilich Tao Tse Tung, el maestro que inspira esta columna y a miles de seguidores en todo el mundo, entendió el pedido de su amigo Man Flay. Poner un freno. Un límite a esa catarata de interrogantes que lo invadía. Y también a sus respuestas imaginadas, que se convertían, al fin de cuentas, en falsas respuestas. 

Lo inexplicable existe. Aunque todo tenga una explicación posible. Existe el amor. Y la guerra.

París, París, París. Tan bella y tan frágil. 

Allí estaba Vladimir. ¿Era en donde tenía que estar? "Quedamos que la cortabas con las preguntas, loco", se quejó Man Flay. "Fue la penúltima", bromeó Vladimir. 

El bar Le Cairó, donde el joven ruso chino trabajaba de mozo, acababa de cerrar. Y aquella noche, por primera vez desde que había llegado a París, todos hablaron de un mismo tema: la que se venía.

Hay momentos en que ser uno y no ser todos es imposible. Y pueden ser hermosos. Pero hay otros que son el horror mismo. Cuando lo que atraviesa el todos es la muerte, el miedo, la sinrazón. 

Estaba oscura París. Estaba oscuro el mundo. Vladimir y Man Flay, el fotógrafo de las almas de la ciudad, caminaban lento. Buscaban estirar ese tiempo en el que todavía lo que va a pasar no pasó. París, en la que poco tiempo antes brotaban poetas, locos y genios en cada esquina, se apagaba. 

Si respirás el último aire, después hay que buscar otros aires, planteó Vladimir. Man Flay le estrechó el margen: en la guerra, o combatís o escapás. 

Escapar hacia adentro. Porque de los laberintos se sale por arriba. Pero si el cielo está tomado por aviones de combate hay que probar por abajo. Quizás disolverse. Hacerse tierra, agua, aire. Para después reconstituirse.

Vladimir tenía claro que él no era un combatiente. Y que París estaba por dejar de ser París. ¿Podía él seguir siendo quien era? 

Hay un momento en que hay que terminar con las preguntas. Y empezar con las respuestas. Y si las respuestas no están, guardar silencio. Para que puedan aparecer.

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