El Mundial de 2026 será recordado por muchas razones. Será el primero con 48 selecciones, el más extenso de la historia y el primero organizado por tres países. Pero detrás de la dimensión deportiva existe otra historia, menos evidente y probablemente más reveladora. Porque Estados Unidos, México y Canadá compartirán estadios, calendarios y patrocinadores, pero no necesariamente una misma idea de Norteamérica.
Detrás de la imagen de unidad que proyectan los logos oficiales y las campañas publicitarias, los países organizadores representan proyectos nacionales distintos y, en ocasiones, visiones contrapuestas sobre las fronteras, la inmigración, el comercio y el lugar que cada uno ocupa en el mundo.
Cuando la FIFA otorgó la organización conjunta en 2018, el contexto era muy diferente.
Aún sobrevivía la idea de una América del Norte articulada por el libre comercio y por una creciente interdependencia económica. El viejo Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) se encontraba en pleno proceso de renegociación, pero persistía la convicción de que la integración económica —que en 2020 cristalizaría en el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC)— terminaría por consolidar una comunidad de intereses entre los tres vecinos.
Ocho años después, el escenario es otro. La rivalidad con China, las disputas comerciales, las tensiones migratorias y el retorno de Donald Trump a la Casa Blanca han devuelto a las fronteras un protagonismo que muchos creían superado. Paradójicamente, el torneo más global del planeta llega en un momento en que la política vuelve a levantar muros.
Aunque el Mundial sea uno solo, cada país juega una partida diferente.
El peso específico del torneo recae claramente sobre Estados Unidos. El país será sede de 78 de los 104 partidos y de la final en Nueva Jersey. La arquitectura misma del Mundial refleja una realidad más amplia: la extraordinaria capacidad estadounidense para absorber, transformar y proyectar acontecimientos de escala global.
La Casa Blanca comprende perfectamente la dimensión política y simbólica del torneo. Desde los Juegos Olímpicos hasta las Copas del Mundo, los grandes eventos deportivos han sido utilizados por los Estados como instrumentos de poder blando, vehículos de prestigio y plataformas para reforzar su imagen internacional.
No resulta casual que Trump haya decidido involucrarse personalmente en la preparación del torneo y convertir el calendario deportivo de 2026 en parte de la narrativa de su segundo mandato. Sus detractores lo acusan de intentar utilizar estos acontecimientos para reforzar la imagen internacional de su administración.
Pero el Mundial también expone las contradicciones estadounidenses.
Por un lado, la expansión del fútbol en el mercado norteamericano constituye uno de los grandes objetivos económicos y culturales de las últimas décadas. La Major League Soccer (MLS) aspira a transformar la Copa del Mundo en una plataforma para consolidar al fútbol en uno de los mayores mercados del planeta.
Sin embargo, la política migratoria de Washington amenaza con convertirse en un factor de tensión. Restricciones de visados, mayores controles fronterizos y advertencias formuladas por organizaciones de derechos humanos han colocado a la administración Trump ante un dilema complejo: organizar la fiesta más global del planeta mientras impulsa una agenda política basada en la recuperación del control sobre las fronteras.
En tanto, México juega otra partida. Es el primer país en la historia en albergar tres Copas del Mundo. Ningún otro posee esa distinción.
Para la nación hispanohablante, el torneo trasciende el deporte. Es una cuestión de prestigio, de identidad y de memoria nacional. La administración de Claudia Sheinbaum aspira a proyectar una imagen de país moderno y a reforzar la influencia cultural de México mucho más allá de sus fronteras.
Como se ha señalado, el Mundial constituye una forma de poder blando. No es casual que Ciudad de México vuelva a ocupar un lugar central en el torneo. El Estadio Azteca no es solamente una cancha. Es uno de los escenarios más emblemáticos del fútbol mundial. Allí, en 1970, Pelé conquistó su tercer título con Brasil. Y allí, en 1986, Diego Maradona escribió algunas de las páginas más memorables de la historia del fútbol. Para México, ese legado constituye también un activo de prestigio internacional.
El torneo ofrece además una oportunidad para contrarrestar percepciones internacionales asociadas a la violencia y al narcotráfico, proyectando una imagen de estabilidad y normalidad institucional. Se trata, en definitiva, de una apuesta por reforzar su imagen exterior y reivindicar su condición de potencia cultural en América Latina. En unas semanas comenzará a saberse hasta qué punto esa apuesta logra modificar la imagen internacional del país.
Por su parte, Canadá no busca exhibir poder ni reivindicar una tradición futbolística centenaria. Busca visibilidad.
Durante décadas, el gran norte blanco construyó buena parte de su identidad internacional alrededor del multiculturalismo, la apertura y el compromiso con las instituciones multilaterales. En un contexto de crecientes tensiones con Washington y de debates sobre el futuro del orden internacional, Ottawa intenta presentarse como una voz moderada y un actor confiable.
Para Canadá, el Mundial representa una oportunidad excepcional para aumentar su presencia global y reforzar una narrativa nacional basada en la diversidad y la convivencia.
Mientras la FIFA se empeña en mostrar la imagen de una Norteamérica unida, debajo de la superficie conviven tres visiones diferentes sobre las fronteras, la inmigración, el comercio y el papel del Estado. Quizás allí resida la verdadera dimensión geopolítica del Mundial 2026.
Porque las Copas del Mundo siempre han sido algo más que fútbol. Funcionan como espejos de cada época.
Italia 1934 fue utilizada por Benito Mussolini como una vidriera para el fascismo. Argentina 1978 quedó inevitablemente asociada a la dictadura militar y al uso político del torneo por parte del régimen. Francia 1998 reflejó el optimismo multicultural de una Europa todavía confiada en la integración. Sudáfrica 2010 simbolizó la incorporación definitiva del continente africano al gran escenario global. Y Qatar 2022 puso en primer plano los debates sobre derechos humanos, migraciones y el ascenso de las potencias del Golfo.
Pero si existe un antecedente particularmente significativo para entender el Mundial de 2026, ese es el de Estados Unidos 1994. Aquella Copa del Mundo simbolizó el optimismo de la globalización y la sensación de que el mundo avanzaba hacia una integración cada vez mayor. Treinta y dos años después, el torneo vuelve a Norteamérica, aunque en un contexto profundamente diferente.
Una región económicamente integrada, pero políticamente más fragmentada. Tres países. Tres proyectos nacionales. Un mismo Mundial. Y una pregunta que va mucho más allá del fútbol: ¿qué clase de orden internacional está tomando forma detrás de las fronteras, las identidades y los nacionalismos que atraviesan estos tiempos?



