Durante las vacaciones de invierno, rutas, terminales y aeropuertos se llenan de familias que buscan aprovechar unos días de descanso. Sin embargo, para algunas personas, la sola idea de viajar no despierta entusiasmo sino un profundo malestar. Se trata de la hodofobia, una fobia específica que provoca un miedo intenso, persistente y desproporcionado ante cualquier desplazamiento.

A diferencia de los nervios normales que pueden aparecer antes de un viaje, la hodofobia puede desencadenarse simplemente al planificar una escapada, comprar un pasaje o imaginar el trayecto. Quienes la padecen pueden experimentar palpitaciones, respiración acelerada, tensión muscular, problemas digestivos, insomnio y una fuerte sensación de ansiedad.

El nombre proviene de las palabras griegas hodos (camino o viaje) y phobos (miedo). Pero esta fobia no siempre está relacionada con el viaje en sí. En muchos casos, el temor está asociado a alejarse del hogar, sentirse atrapado lejos de un lugar seguro o pensar que podría necesitar atención médica durante el recorrido.

También puede presentarse de manera más específica, como ocurre con la aerofobia, el miedo a volar, o la amaxofobia, el miedo a conducir. Aunque el desencadenante sea distinto, todas estas fobias comparten un mismo mecanismo de ansiedad que provoca respuestas físicas y emocionales muy similares.

Desde el punto de vista neurobiológico, cuando una persona con hodofobia enfrenta o incluso anticipa la situación que teme, el cerebro activa la amígdala, una estructura encargada de detectar amenazas. Como consecuencia, el organismo entra en estado de alerta y aparecen reacciones como el aumento de la frecuencia cardíaca, la respiración acelerada y la tensión muscular, aun cuando no exista un peligro real.

Uno de los aspectos menos conocidos de esta fobia es que no siempre surge después de una mala experiencia. Si bien algunas personas la desarrollan tras un accidente o un episodio de gran estrés, en otras intervienen factores como la predisposición genética, determinados rasgos de personalidad o una mayor tendencia a interpretar ciertas situaciones como amenazantes.

Los especialistas también advierten que la ansiedad puede comenzar varios días antes del viaje. Pensar una y otra vez en posibles inconvenientes o imaginar escenarios negativos alcanza para que el cerebro active los mismos circuitos del miedo, generando síntomas físicos incluso antes de salir de casa.

Aunque cancelar un viaje suele producir un alivio inmediato, evitar sistemáticamente estas situaciones puede reforzar la fobia a largo plazo. Por eso, cuando el miedo a viajar condiciona las vacaciones, el trabajo o la vida cotidiana, consultar con un profesional de la salud mental puede ser el primer paso para comprender el problema y recuperar la tranquilidad al momento de emprender un nuevo destino.

Fuente: EFE.