Poco a poco nos fuimos acostumbrando a delegar en la tecnología tareas que antes ocupaban un lugar en nuestra memoria o en nuestro razonamiento. Números de teléfono, el nombre de un actor famoso, fechas históricas o cálculos simples que antes estaban en nuestra cabeza, ahora están a un toque de pantalla de distancia. El proceso fue tan gradual que prácticamente no notamos cuándo fue el momento en que dejamos de apoyarnos únicamente en nuestro cerebro para empezar a depender casi constantemente del celular.

Con la IA estamos recorriendo el mismo camino, pero esta vez a toda velocidad, hacia un territorio desconocido con consecuencias en nuestra mente que la ciencia todavía no termina de comprender. Ya no delegamos solo datos o información, sino tareas que implican pensar, argumentar, decidir y expresarnos. Desde redactar un correo, resumir un texto o buscar consejo, hasta decir qué responder en una conversación por WhatsApp; cada vez son más las personas que le confían a la inteligencia artificial tareas que, hasta hace muy poco, hacían completamente solas.

Este comportamiento es completamente natural y esperable, porque nuestro cerebro está preparado para buscar siempre el camino del menor esfuerzo. Si bien representa apenas el 2% de nuestro peso corporal, consume aproximadamente el 20% de la energía metabólica, por lo que pensar a fondo y mantener la atención es carísimo en términos biológicos. Evolutivamente, el cerebro está configurado para economizar ese gasto calórico al máximo, por eso abraza cualquier herramienta que le ahorre procesamiento, ya sea un mapa o una libreta donde tomar apuntes.

Desde que existe Google, cada vez recordamos menos las cosas que buscamos, pero no porque nuestra memoria haya empeorado, sino porque nuestro cerebro aprendió que no vale la pena guardar algo que se puede encontrar con una búsqueda rápida en internet. Los investigadores llaman a esto efecto Google, un fenómeno que describe cómo dejamos de memorizar información para empezar a recordar, en cambio, dónde encontrarla. Ya no retenemos necesariamente el dato, pero sí el camino para recuperarlo. De este modo, internet terminó convirtiéndose en una especie de memoria externa siempre disponible, un disco rígido al que nuestro cerebro recurre ante cualquier olvido.

Google convirtió internet en una extensión permanente de nuestra memoria 
Google convirtió internet en una extensión permanente de nuestra memoria 

Esto no era del todo nuevo para la filosofía. En 1998, los pensadores Andy Clark y David Chalmers postularon la teoría de la "mente extendida", la idea de que la mente no termina en los límites del cráneo, sino que se extiende hacia las herramientas que usamos para pensar. Ellos usaron como ejemplo a Otto, un personaje imaginario con Alzheimer que anotaba todo en una agenda, y consultaba esas notas cada vez que necesitaba recordar algo. Para estos filósofos, esa libreta no era una ayuda externa, sino parte de su sistema cognitivo, y tan legítimo como la memoria de cualquier otra persona.

Pero en nuestra relación con la tecnología no son todas historias de éxito, porque lo que Clark y Chalmers no podían anticipar en 1998 es qué ocurre cuando esa extensión deja de amplificar el pensamiento propio para directamente sustituirlo. Un ejemplo de esto son el GPS y las aplicaciones de navegación, tal vez una de las herramientas más útiles con las que podemos contar, siempre disponibles y capaces de sacarnos de cualquier apuro geográfico. Sin embargo, detrás de esa comodidad, el cerebro está pagando un precio muy alto.

Estudios con neuroimágenes mostraron que cuando seguimos instrucciones de un navegador, el hipocampo, la región del cerebro responsable de la memoria y la orientación espacial, prácticamente se apaga. No hay mapas mentales que construir, nada que recordar y ninguna decisión que tomar; la tranquila voz del GPS lo resuelve todo, guiándonos cuadra a cuadra hasta nuestro destino. Algunas investigaciones incluso asocian su uso intensivo con la reducción de materia gris a largo plazo. Y pensar que hace apenas un par de siglos, prescindir de esta habilidad básica hubiera significado la diferencia entre la vida y la muerte, al no poder encontrar el camino de regreso a casa.

Algunos estudios asocian el uso intensivo del GPS con cambios cerebrales a largo plazo 
Algunos estudios asocian el uso intensivo del GPS con cambios cerebrales a largo plazo 

Pero así como el GPS nos impide construir mapas espaciales, la IA generativa puede impedir que construyamos mapas conceptuales, rumiando la información, conectando ideas, eliminando lo innecesario y dándole una estructura lógica. Al delegar en la inteligencia artificial la redacción de un documento o el análisis de un problema, nuestro cerebro celebra el ahorro de energía porque minimiza el esfuerzo, pero deja de estimular las conexiones neuronales que forman el pensamiento. Comparativamente, es como ir al gimnasio pero pedirle a una máquina que levante los pesos por nosotros.

La ciencia ya empezó a medir el costo cognitivo del uso de la muleta intelectual que resultó ser la IA, y los resultados no son para nada alentadores. Un estudio realizado en el MIT Media Lab en 2025 dividió a 54 participantes en tres grupos: los que escribieron ensayos usando ChatGPT, los que usaron un buscador como Google, y los que escribieron solos sin ninguna herramienta. A lo largo de varios meses midieron su actividad cerebral mediante electroencefalogramas, y los resultados demostraron, con mucha contundencia, que la conectividad neuronal disminuyó en proporción directa al nivel de asistencia recibida. Los que trabajaron sin ningún tipo de ayuda mostraron redes neuronales con mayor actividad en diferentes regiones del cerebro, mientras que en el grupo de la IA, en cambio, las áreas vinculadas a la creatividad y al procesamiento de información prácticamente se apagaron.

Un estudio del MIT asoció el uso de ChatGPT con menor actividad cerebral 
Un estudio del MIT asoció el uso de ChatGPT con menor actividad cerebral 

Pero quizás el dato más preocupante fue que, al finalizar el estudio, cuando el grupo que había usado inteligencia artificial tuvo que escribir sin ella, no recuperó los niveles de conectividad neuronal de quienes siempre habían trabajado solos. Incluso los profesores que corrigieron los trabajos del grupo asistido por IA tampoco quedaron conformes, describiéndolos como faltos de originalidad y profundidad, y tan parecidos entre sí que uno llegó a preguntar si los estudiantes no se habrían copiado. Varios de los participantes, además, no podían recordar ni citar lo que ellos mismos habían “escrito”.

Otro estudio de 2025, que analizó a más de 600 personas llegó a conclusiones similares, comprobando que el uso frecuente de IA se asocia con una reducción en las capacidades de pensamiento crítico, principalmente por lo que los investigadores llamaron la "trampa de la fluidez". Al recibir la respuesta servida en bandeja, redactada de manera impecable y con un tono de seguridad absoluta, nuestro cerebro tiende a volverse complaciente, anula sus capacidades analíticas y acepta las conclusiones ya elaboradas sin cuestionarlas. No solo hace el trabajo por nosotros, sino que además nos convence de que el resultado es bueno.

Sin embargo, los mismos investigadores aclaran que la tecnología no daña nuestra capacidad cognitiva por el simple hecho de usarla, sino que el problema aparece cuando permitimos que reemplace nuestra propia reflexión. Si usamos la IA para explorar, cuestionar o refinar ideas propias, manteniendo el control del proceso, nuestra capacidad intelectual no se resiente. El desafío real que tenemos por delante es aprender a usar estas herramientas para potenciar nuestra mente, evitando que se conviertan en un reemplazo del acto mismo de pensar.

Esta no es la primera vez que una herramienta revolucionaria genera este tipo de preocupaciones. 2400 años atrás, Platón contaba el mito del dios egipcio Theut, inventor de la escritura, que se presenta ante Thamus, rey de Egipto, para ofrecerle su creación como un regalo para la humanidad, argumentando que mejoraría la memoria y la sabiduría de los egipcios. Pero el rey, lejos de entusiasmarse, le responde que está equivocado, que la escritura producirá el olvido en las almas de quienes la aprendan, porque dejarán de ejercitar la memoria al poder apoyarse en signos externos. Que no les daría sabiduría real, sino una apariencia de sabiduría, pero en realidad serán ignorantes llenos de presunción.

La IA puede ahorrar esfuerzo, pero no debería reemplazar el pensamiento 
La IA puede ahorrar esfuerzo, pero no debería reemplazar el pensamiento 

Curiosamente, ese mismo argumento se recicló a lo largo de los siglos cada vez que apareció una tecnología disruptiva. Pasó primero con la imprenta, luego con la calculadora y después con internet. A la preocupación legítima se le sumaba la tendencia humana a rechazar y desconfiar de cualquier herramienta novedosa que alterara las costumbres establecidas.

Sin embargo, hoy la diferencia es que la inteligencia artificial parece no venir a funcionar como una extensión de nuestra memoria, sino directamente a reemplazar nuestro razonamiento. Rechazarla, claro, es tan ingenuo como inútil. La verdadera victoria no llegará cuando ya no necesitemos pensar, sino cuando elijamos seguir haciéndolo incluso cuando una máquina pueda hacerlo mejor.