Entre la enorme colección de objetos históricos que atesora el Museo Británico se encuentra una modesta tablilla de arcilla del tamaño de una mano, de más de 5 mil años de antigüedad, encontrada en las ruinas de lo que alguna vez fue la ciudad de Uruk, la primera gran urbe de la historia y cuna de la civilización sumeria. En cuanto a lo que dice, el contenido no podría ser más mundano. No se trata de poesía, ni decretos reales u oraciones a los dioses. Es, en esencia, la planilla de sueldos de un capataz que registró cuántas raciones de cerveza le correspondían a cada trabajador de un templo. El equivalente al Excel de un supervisor que tuvo la suerte de estar hecho del material correcto para sobrevivir cinco milenios.
Hoy generamos más información en un día que toda la que produjo la Mesopotamia en siglos, el Imperio Romano, la Edad Media y el Renacimiento. Solo ayer, los usuarios de WhatsApp enviaron aproximadamente 100.000 millones de mensajes, y a eso hay que sumarle los correos electrónicos, los documentos, las fotos, los videos y las publicaciones en redes sociales. Mientras que todo lo que la humanidad habló a lo largo de su historia se estima que cabe en apenas 5 exabytes, nosotros generamos 463 exabytes por día, casi cien veces más que todas las palabras pronunciadas desde que existe el lenguaje.
Nunca en la historia de la humanidad se registró tanto, con tanto detalle, sobre la vida cotidiana de tanta gente. Y sin embargo, es muy probable que dentro de menos de mil años no quede absolutamente nada de todo eso. Cada archivo, cada mensaje y cada foto están almacenados en soportes que no fueron diseñados para la eternidad ni para nada parecido. La nube, esa solución cómoda y aparentemente natural a la que estamos tan acostumbrados, en realidad no existe como algo abstracto e intangible, sino que son edificios llenos de servidores con fecha de vencimiento.
Un disco duro mecánico, tal vez la tecnología más común para guardar datos personales a lo largo de las últimas décadas, tiene una vida útil estimada en cinco años; siempre hablando de uso continuo intensivo, como en un centro de datos. Guardado en un cajón, con algunas fotos, videos y otros archivos puede durar perfectamente veinte años, siempre y cuando no se lo deje a merced de los elementos. Al fin y al cabo, no deja de ser un dispositivo extremadamente delicado, con platos girando a miles de revoluciones por minuto y cabezales de lectura levitando a distancias microscópicas sobre una superficie magnética.
Su alternativa moderna, la unidad de estado sólido o SSD que ahora tienen casi todas las computadoras, si bien es mucho más rápida, silenciosa y sin partes móviles, tampoco resuelve el problema de la resistencia al paso del tiempo. A diferencia de los discos mecánicos, los SSD almacenan información atrapando cargas eléctricas dentro de minúsculas celdas que se degradan lentamente con cada escritura. Y cuando permanecen mucho tiempo desconectados, especialmente en ambientes calurosos, esas cargas se escapan gradualmente hasta volver ilegibles algunos datos de manera irreversible, a veces después de apenas un año sin alimentación eléctrica. Son maravillosos para el trabajo diario, sí, pero pésimos candidatos para preservar la historia.
Los CD y DVD grabables, esos discos que una generación entera usó para guardar fotos, música y documentos personales, tampoco escapan al problema. A diferencia de los discos industriales, prensados físicamente durante su fabricación, las versiones hogareñas almacenan la información en capas fotosensibles y materiales reflectantes que se alteran con el tiempo. En condiciones ideales, de oscuridad, temperatura y humedad controladas, pueden durar algunas décadas. Pero guardados como los guarda la mayoría de la gente, en cajones o estantes, muchos empiezan a degradarse bastante antes de eso. Una enorme cantidad de discos grabados hace veinticinco años hoy son completamente ilegibles, incluso si superamos el obstáculo inicial de conseguir un reproductor que todavía funcione.
Las cintas magnéticas, como el estándar LTO, el soporte que usan los estudios de cine y los canales de televisión para archivar su material, pueden resistir bastante más, llegando hasta treinta años en un entorno controlado. Aunque para muchos la palabra “cinta” suene a tecnología del siglo pasado, en el mundo del almacenamiento a largo plazo sigue siendo la reina indiscutible por costo, durabilidad y seguridad. Aun así, tampoco escapan a la obsolescencia. Los formatos se renuevan cada pocos años y los lectores compatibles dejan de fabricarse antes de que la cinta muera, por lo que guardar algo en una cinta hoy es apostar a que dentro de algunos lustros alguien todavía tenga una máquina capaz de leerla.
El verdadero problema aparece cuando dejamos de medir la escala temporal en décadas para empezar a hacerlo en siglos o milenios. Los investigadores que trabajan en preservación de datos llaman a esto “Deep Time” o Tiempo Profundo, un concepto tomado de la geología que describe períodos tan extensos que desbordan por completo la experiencia humana cotidiana. Es la escala temporal de los fósiles, las lenguas extintas y las civilizaciones desaparecidas; una dimensión donde incluso las tecnologías de almacenamiento más avanzadas de nuestra época parecen extraordinariamente efímeras.
En los debates sobre conservación digital se suele ilustrar el problema de la obsolescencia con un ejemplo que tiene algo de paradoja histórica y otro tanto de ironía tecnológica. En 1986, la BBC lanzó el Proyecto Domesday, una enciclopedia digital para celebrar los novecientos años del censo encargado por Guillermo el Conquistador en el año 1086.
La iniciativa almacenó fotos, mapas y relatos de todo el Reino Unido en LaserDisc, un costoso precursor analógico del DVD, de tamaño similar a un disco de vinilo, para crear un retrato minucioso de la vida cotidiana en las islas británicas. Sin embargo, apenas quince años después, tanto el reproductor de LaserDisc de Philips como la computadora necesaria para reproducirlo habían desaparecido del mercado. Mientras tanto, el manuscrito original del siglo XI sobrevivió a guerras, incendios y mudanzas, y todavía puede leerse a simple vista, sin necesidad de ningún intermediario tecnológico.
Frente a este problema, investigadores, empresas y universidades comenzaron a explorar tecnologías capaces de vencer al tiempo de maneras que los medios digitales convencionales nunca podrían. Soluciones experimentales diseñadas para durar milenios, verdaderas cápsulas del tiempo capaces de sobrevivir a la obsolescencia tecnológica, los desastres naturales y, en algunos casos, hasta la desaparición de la misma civilización que las creó.
Una de las iniciativas más ambiciosas es el Proyecto Sílica de Microsoft, desarrollado inicialmente por investigadores de la Universidad de Southampton, en Reino Unido, que utiliza pulsos láser para grabar datos dentro de discos de cuarzo fundido. A diferencia de un disco rígido o un SSD, donde la información depende de campos magnéticos o cargas eléctricas, aquí los datos quedan literalmente esculpidos dentro del vidrio. Las pruebas de laboratorio demostraron que estos discos pueden soportar temperaturas de 1.000 °C, ser hervidos en agua, y resistir radiación y pulsos electromagnéticos sin perder un solo dato. En teoría, podrían permanecer inalterables durante más de 13 mil millones de años. Para demostrar su capacidad, grabaron la película Superman de 1978, de más de 75 GB, en un pequeño bloque de cristal de apenas siete centímetros.
La Arch Mission Foundation, una organización sin fines de lucro dedicada a preservar el conocimiento y la herencia de la humanidad a través del tiempo, adoptó una estrategia diferente que, literalmente, apunta todavía más lejos. En 2019 envió a la Luna una biblioteca de 30 millones de páginas grabadas en 25 discos de níquel del tamaño de un DVD, incluyendo miles de libros clásicos, la versión completa de la Wikipedia, mapas genómicos, secuencias de ADN y el Rosetta Disk, un archivo microscópico con más de mil idiomas. La idea es que, si en el futuro alguien encuentra estos discos, pueda usar las lenguas más conocidas para descifrar las menos comunes, como una Piedra de Rosetta moderna.
La misma lógica aparece en proyectos como Memory of Mankind, que almacena documentos contemporáneos grabados sobre pequeñas tabletas de cerámica dentro de una antigua mina de sal en Hallstatt, Austria, elegida por su estabilidad geológica. En lugar de depender de formatos digitales que en el futuro podrían resultar indescifrables, sus impulsores apuestan por inscripciones microscópicas que pueden leerse directamente con herramientas relativamente sencillas. Todo está pensado para que alguien dentro de cientos o miles de años solo necesite luz y una buena lupa para acceder al contenido. Y para evitar que el lugar caiga en el olvido, la organización planea distribuir alrededor del mundo pequeñas piezas de cerámica con instrucciones y coordenadas que permitan encontrar este archivo.
Nuestra civilización depende de registros digitales para prácticamente todo. Contratos, investigaciones científicas, fotos familiares, mapas, música, películas, bibliotecas enteras y hasta parte de nuestra memoria colectiva existen únicamente como secuencia de bits, almacenadas en dispositivos extremadamente frágiles.
Resulta contradictorio que la sociedad que más información produjo en toda la historia podría terminar convirtiéndose en una de las menos preservadas. Por eso, mientras parte de la industria tecnológica concentra sus esfuerzos en construir inteligencias artificiales capaces de responder preguntas sobre el futuro, existe otro grupo de científicos e ingenieros obsesionados con un desafío mucho más elemental. Cómo hacer para que alguien, dentro de mil o diez mil años, todavía pueda leer lo que escribimos hoy.



