El 4 de marzo hicimos una editorial en la radio sobre el primer caso covid. Aun guardo ese texto y sus audios. El 19 de marzo nos mandaron a casa y fue el inicio de los primeros quince días de largas semanas sin salir. La primera sensación fue una excitación con el encierro. La novedad extraordinaria del mundo contemporáneo acababa de ocurrir. Tal vez el título más fuerte: la humanidad en peligro. ¿Euforia por eso. En esos días conocí a nuestro Mad Max.
Organizar el confinamiento. El barbijo asiático en el corazón de Cura o La Tablada. De nuevo el aseo con alcohol en gel. Y la distancia. El otro podría ser una bomba biológica. 

En casa movimos un poco todo. Compramos vía online algunas cosas: un sillón usado de escritorio de cuero marrón enorme y barato, tal vez mobiliario de algún gerentón de los 80. Un par de zapatillas negras en un portal de mala muerte, vendí el auto, me subí a la bici y cuando los paros de transporte lo permitían, tomé con protocolos de todo tipo al bondi de regreso a casa. O volver caminando los siete kilómetros entre Radio 2 y el corazón de mi guarida. Podía salir: fuimos esenciales los periodistas. Ególatramente. 

Mad Max siempre sonreía. Me robaron la bici, usé la pública para andar en una ciudad llena de intrigas. Le saqué jugo al teléfono como una videocámara periodística. Edité y publiqué en soledad alguna de esas crónicas, menos la de Mad. Escribimos mucho. Hice radio los siete días a la semana. A veces desde casa. Sin saber de catástrofes contagiosas, hacía años ya había armado mi home radio estudio. De snob melancólico nomás. Hacer radio como Lani Hanglin, con Julio Lago. Cambie los auriculares el día de mi cumple. Por amor. 

Pesas para hacer ejercicios en casa, una cafetera y a pintar las paredes húmedas. Nos vimos las caras, pedimos más megas de internet. Y aprendimos a cocinar cosas que nos gustaron comer. Se engordó, se leyó. Se ordenaron los placares. Se lamieron heridas y nacieron otras nuevas. Vivimos. Sobrevivimos. 

En el medio de este naufragio tuvimos conciencia real de la vulnerabilidad de la especie. “No es gran cosa el ser humano. No hay que tener tanta expectativa en él”, me dijo el doc Juan Manuel Sialle, psiquiatra y un pulsional leproso. El hombre siempre se las ingenió para ser un soberano autodestructivo. Un vil hijo de puta. Este tiempo no iba a ser la excepción. Egoístas, mezquinos, ruines de todas las calañas. 

Se fundieron, se murieron, se asfixiaron, enloquecieron. Discutieron entre rusos, gripesiñas y un presi Gringo que no quiere dejar el sillón. Tropezamos con todas las piedras del camino. Los animales que aparecían en sus hábitats naturales eran más sensibles. Siempre. 
laburé en puntas de pie. O pisando fuerte. Solo o acompañado. Siempre incómodo. Siempre mal. Pero no tanto. Vieron como es la contradicción. Con ganas de dar portazos por las traiciones o los desplantes. Los mediocres de siempre. El que quiso y no pudo que apunta al que pudo y tal vez no quiso. La historia de la maldita humanidad. 

Quedaron las historias de un año bravo: Roberto Medori el que me dijo que jugó con el Trinche y ahora vende galletitas para parar la olla en casa en Avenida Perón y Circunvalación. El que me pide que rece por su nieto nacido hace dos meses y que ahora la neumonía lo tiene mal. “¡Mi primer y único nieto! Sabes lo que es eso”, me dijo. El que siempre me regaló su mirada positiva y su aliento fortachón. Al que le dí un bolso lleno de pilchas que nunca usó (¿las habrá vendido?) al que siempre le compré galletitas de todos los gustos, al que le grabé con el celu reportajes nunca editados. El que contó anécdotas nunca escritas. “Yo jugué con el Trinche”, me dijo y se perdió entre camiones y auto para vender paquetes dulces.

Roberto Medori y sus galletitas en Perón y Circunvalación. (Rosario3)



Llegue a casa y me metí a los archivos. Roberto Medori. Defensor central de una formación que tenía a Quinto Pagés en el arco, con Miguel Macri, Ariel Murillo, el mismo Medori y Mario Ovando. Héctor Gómez, el Trinche Carlovich y Di Benedetto. Carlos Guerrero, Eduardo Raschetti y el Bocha Forges. 

Año de ciencia ficción: el archivo del diario La Capital de Rosario me recuerda un dato que ni el propio Medori pudo decir. El 3 de abril de 1982, el día después del desembarco de Malvinas, ese plantel entró a la cancha a jugar a la pelota. Un partido en tiempos de guerra contra Excursionistas. Ganó el Charrúa dos a uno y el hoy vendedor de galletitas entró a la cancha con sus cabellos largos y enrulados.  



“Hay que pelearla todos los días y nunca bajar los brazos”, me dijo este invierno. Con lluvia, con frio, con sol, con pibes llenos de merca apretándolo en la esquina, con el dolor de ver a su nieto con neumonía. Siempre estuvo. Lejos, pero muy lejos, el hombre del año. El Mad Max de esta puta ciudad. 

Me pierdo en los últimos días de un año tan inolvidable como hiriente. Escribiendo historias para tal vez para no olvidarlas. Recuerdo a mi viejo leer en su sillón libritos con textos de Ciencia Ficción. Tal vez alguno de ellos haya contado esto algo como esto. La humanidad en peligro. 

¿Cómo habrá jugado Medori?