El ajuste en los sectores medios no se explica solo por el changuito del supermercado. La comida pesa, y mucho. Pero al lado del costo de los alimentos aparecen las tarifas de servicios públicos, las deudas con tarjetas o créditos, el alquiler, las tasas y los impuestos, y el mantenimiento del vehículo familiar. El presupuesto doméstico se volvió una suma de tensiones acumuladas.
Ese es uno de los datos que surge del sondeo sobre Hábitos de consumo y humor social de las capas medias, realizado por Rosario3 junto a la consultora MEC durante abril de 2026, entre visitantes y seguidores de la web y las redes sociales de Rosario3 y Televisión Litoral. El relevamiento tuvo 720 respuestas efectivas de Rosario y su conurbano, el sur de Santa Fe y el norte de Buenos Aires, con predominio de sectores medios.
Ante la pregunta sobre cuáles son las variables económicas que más pesan en la economía del hogar, el costo de los alimentos aparece en primer lugar, mencionado por el 59% de los encuestados. En segundo lugar se ubican las tarifas de servicios públicos —agua, luz y gas—, con el 52%. Y en tercer lugar aparecen las deudas contraídas, ya sea por créditos, tarjetas de crédito u otros compromisos financieros, con el 35%.
La lista sigue con otros gastos que también forman parte de la economía cotidiana de los sectores medios: el alquiler, con 25%; las tasas e impuestos municipales, provinciales o nacionales, con 24%; el mantenimiento del vehículo familiar, también con 24%; las expensas, con 17%; y el mantenimiento o arreglos de la vivienda, con 16%.
El dato permite leer una diferencia importante respecto de otros momentos de crisis económica. No se trata únicamente de resignar productos en la góndola o de cambiar marcas. El ajuste se metió en la estructura mensual de gastos: la comida, los servicios, la deuda, el alquiler y los impuestos forman una red de obligaciones que deja menos margen para administrar el ingreso.
En ese contexto, las estrategias de consumo relevadas por la encuesta —comprar solo lo necesario, esperar días de descuento, buscar promociones o migrar a marcas más económicas— no aparecen como decisiones aisladas, sino como respuestas a un presupuesto que llega cada vez más condicionado.
La presión de las tarifas tiene un peso propio. En el sondeo, más de la mitad de los consultados ubica los servicios públicos entre los tres factores que más inciden en la economía del hogar. Es un dato relevante porque muestra que el impacto del ajuste tarifario no se percibe como un gasto más, sino como una de las principales fuentes de tensión familiar.
Las deudas también ocupan un lugar central. El 35% de los encuestados las menciona entre las variables que más pesan en su presupuesto.
El relevamiento también muestra que, pese al ajuste, hay consumos que los hogares intentan sostener. Internet y telefonía celular aparecen prácticamente universalizados: el 98% de los hogares consultados tiene contratado servicio de internet y el 97%, telefonía celular. En un segundo escalón aparecen otros servicios con fuerte presencia: seguro automotor, con 71%; televisión por streaming, con 69%; televisión por cable, con 65%; emergencia médica, con 61%; y medicina prepaga, con 59%.
Son consumos que en muchos casos dejaron de percibirse como bienes prescindibles. Internet y celular están ligados al trabajo, al estudio, a los trámites, a la comunicación familiar y al acceso a información o entretenimiento. Algo similar ocurre, con distintos niveles de necesidad, con la cobertura médica, los seguros o los servicios audiovisuales. La discusión ya no es simplemente si se tienen o no se tienen, sino cómo se pagan y hasta dónde se pueden sostener.
Por eso, el informe muestra una tendencia a conservar servicios, pero con más revisión. En la mayoría de los rubros, una parte importante de los encuestados mantuvo el mismo plan, mientras otros optaron por bajar a uno más económico dentro de la misma empresa o contratar el mismo servicio en una compañía más barata. Es decir: antes que cortar del todo, muchos hogares intentan achicar el gasto sin perder completamente la prestación.
La lógica es parecida a la que aparece en el consumo de alimentos, artículos de limpieza o vestimenta. La clase media no siempre abandona consumos, pero los reacomoda. Cambia marcas, reduce frecuencia, busca promociones, espera descuentos, baja planes o compara proveedores.
Esa conducta también habla de una frontera delicada. Para muchos hogares, mantener determinados servicios forma parte de la identidad y la vida cotidiana de clase media. Dar de baja internet, cobertura médica, celular, streaming, cable o seguro no es solo una decisión económica: también puede vivirse como una pérdida de posición, de comodidad, de previsibilidad o de seguridad.
El informe, entonces, ayuda a ver cómo pega el ajuste más allá de los grandes indicadores. No solo se trata de inflación, salarios o tarifas en abstracto. Se trata de hogares que todos los meses deben decidir qué pago va primero, qué gasto se posterga, qué servicio se baja, qué marca se reemplaza y qué consumo todavía se puede defender.
En la superficie, el cambio puede parecer menor: una promoción, una marca más barata, un plan más económico, una compra postergada. Pero, sumados, esos movimientos describen una transformación más profunda: los sectores medios locales siguen sosteniendo parte de sus consumos históricos, pero con menos holgura, más cálculo y una sensación creciente de presupuesto bajo presión.
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