En la antigüedad, los Juegos Olímpicos nacieron para olvidarse un rato de la guerra. Se extendieron durante siglos para distraerse de aquello que los mantenía en estado de alerta. Y se hizo mito.
Este sábado, miles de rosarinos caminaban hacia el Monumento a la Bandera sin caer en la cuenta de que el deporte en esta ciudad, y en Argentina, históricamente, ha resultado un refugio para salir de nuestros estados de alerta; que los clubes son y serán esos refugios; que todos aquellos que día a día pasan horas en esos espacios esta noche tenían una fiesta, a pesar del frío. Y que esos lugares de transformación pueden serlo para muchos otros que todavía no forman parte.
Los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026 ya están en marcha. Son un escalón previo a los Panamericanos y otro tanto de los Olímpicos. Pero son el punto más alto de esta historia de superación, de este deseo —que había que llevar a la ejecución— de que la ciudad y la provincia sean realmente capitales del deporte de nuestro país.
Desde temprano, bajo un cielo plomizo, mucha gente caminó por la peatonal Córdoba hacia el río y se topó con un vallado a la altura de Laprida. Algunos desviaban por Rioja; otros se abrieron hasta la avenida Belgrano. Al llegar a la altura de Buenos Aires, un vecino pidió coordenadas para poder volver a su casa. «No sé cómo mierda entrar. Hace 15 minutos que doy vueltas». La marea de gente era cada vez más grande.
A las 17.20, miles de personas ya pisaban en el Parque Nacional a la Bandera, unos 40 minutos antes del horario establecido para que se iniciara la fase previa del espectáculo. Las familias, los amigos, las amigas, colmaron el lugar. Expectantes, listos, pero también ansiosos. Había que matar la espera y ahí apareció la cultura en sentido antropológico. El truco para los más fieles a lo criollo; el celular para un juego de adivinanzas y deducción: «¿Soy un animal?», preguntó una chica sentada entre mantas a sus interlocutores, con el teléfono en la frente.
Para acercarse al escenario había que dar una vuelta en forma de «U», dirigirse al río y regresar en forma de pinza. A los costados, algunos vendedores ambulantes, un poco de malabarismo e incluso algún sketch, aprovechando que se había juntado la gente.
La fiesta arrancó puntual. A las 18, tres aviones sobrevolaron el Monumento dejando una estela con nuestros colores y arrancó el pre-show. Miles de personas ya estaban allí desde mucho antes, con mantas, tapados, camperas, gorritos y bufandas, para no dejarse vencer por la extraña temperatura cuando la primavera asoma.
Cerca de La Fluvial, donde la organización encontró sitio para la prensa, quedó el único espacio disponible durante la tarde para no perder la costumbre y armar un picado. Mientras las autoridades se comían las uñas para que todo saliera bien, mientras las productoras le rezaban al dios del espectáculo para que todo se hiciera según lo planeado, mientras los nervios se apoderaban de los deportistas que este domingo saltarán a escena, dos pares de pibes jugaban con la inconsciencia y el amor por el juego que moviliza a tantos a ser deportistas de elite, a pesar de los pesares.
Una impresionante puesta en escena
Juan Carlos Baglietto apareció presuroso a las 19.30 para abrir y representar lo que somos, con Canción con todos; para que se escucharan «todas las voces, todas». Pero no fue un recital, sino una suerte de comedia musical que contó nuestra historia: la de los inmigrantes, la de los laburantes, la del campo y la de la ciudad. Luego, Abel Pintos cantó una versión muy litoraleña del himno nacional. Y llegó el tiempo de la presentación de las delegaciones.
Soledad se lució con el himno de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026 y una constelación de estrellas del deporte argentino se sumó al escenario con las banderas protocolares de Odesur: Maxi Rodríguez, Chelito Delgado, Walter Herrmann, Sebastián Crismanich, Cecilia Carranza Saroli, entre otros.
Llegaron los tiempos de los discursos. El presidente del Comité Olímpico Argentino, Mario Moccia, y el gobernador Maximiliano Pullaro tuvieron tiempo para una breve exposición entre agradecimientos y reivindicaciones.
Valentino Merlo, La Sole y la música de Piazzolla y Luck Ra volvieron a ponerle ritmo a la fría noche rosarina. Y la voz de Fito Páez —otro rosarino ilustre— llegó como antesala del momento más esperado. Había que encender el pebetero. La mejor jugadora de hockey de la historia, Luciana Aymar, fue la encargada de finalizar el largo andar de la antorcha por cada pueblo de la provincia. Lucha entró de la mano de una niña, acompañada por la música de Charly García y su canto a la libertad bien entendida.
El futuro es con un deporte más fuerte
Los griegos usaban una palabra muy especial: ἐκεχερία (ekecheiria), que servía para denominar la promesa de la tregua olímpica, la paz olímpica. Era un período en el cual las guerras se suspendían temporalmente, con el objetivo de que los deportistas pudieran desplazarse a Olimpia para participar en los Juegos Olímpicos Antiguos y luego volver a sus ciudades también en paz.
El deporte siempre fue un refugio. Más que sinónimo de paz, es el descanso de la guerra. Si bien hay una contienda, un enfrentamiento, eso se da en el plano de lo lúdico. Los chicos que juegan a ser cowboys no se disparan de verdad. Tal vez sea necesario aclararlo en tiempos de literalidad extrema.
Rosario vivió su guerra, así denominada por las propias autoridades: la guerra contra el narcotráfico, contra la violencia, contra los violentos. «Esta ciudad que intentaron poner de rodillas y hoy está de pie», dijo el gobernador Pullaro en plena ceremonia.
Siempre supimos que se podía salir a través del deporte, pero había que poner la estructura, los cimientos. Y se empezaron a generar espacios de diversa magnitud para ello. Primero en el plano local, con jóvenes; luego con todo el país, más tarde incluyendo a toda Sudamérica en menos. Y la inercia no se debería frenar. Por eso los Panamericanos Junior son otra gran prueba. El futuro está en el deporte porque si hay una puerta de un club que se abre para sacar a un pibe de la calle, la tarea está cumplida. Y si detrás de esa puerta hay horizonte, mucho más.



