La historia de la Iglesia anglicana dio un giro sin precedentes. Por primera vez en casi cinco siglos, una mujer asumió el cargo más influyente dentro de la Iglesia de Inglaterra. Sarah Mullally fue instalada oficialmente como la nueva Arzobispa de Canterbury.
La ceremonia se hizo en la Catedral de Canterbury, con unos 2.000 invitados, y el príncipe Guillermo asistió en representación del rey Carlos III.
En su sermón, Mullally ofreció una reflexión cargada de simbolismo. Recordó su recorrido desde St Paul’s Cathedral hasta Canterbury, siguiendo una antigua ruta de peregrinación. Este gesto no fue casual. Representó tanto su transición personal —de obispa de Londres a arzobispa— como un viaje colectivo que conecta el pasado con el presente.
“Camino en las huellas de quienes vinieron antes”, expresó, dejando claro que su nombramiento no rompe con la historia, sino que la transforma.
El nombramiento de Mullally no ocurrió de la noche a la mañana. La Iglesia de Inglaterra ha atravesado décadas de cambios para permitir una mayor participación femenina: en 1994, se autorizó la ordenación de mujeres como sacerdotes; en 2014, se permitió que fueran obispas y ahora, en 2026, una mujer ocupa el máximo liderazgo.
Antes de su carrera religiosa, Mullally trabajó durante décadas en el sistema de salud británico, donde se desempeñó como enfermera oncológica y llegó a ocupar el cargo de jefa de Enfermería de Inglaterra, siendo una de las más jóvenes en alcanzar ese puesto. Recién a los 40 años decidió iniciar su camino en el ministerio religioso, siendo ordenada sacerdotisa y avanzando progresivamente dentro de la estructura de la Iglesia.



