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Una tarde en Viña: entre la gitana y el mar

Relatos de verano
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Ingresé al afamado anfiteatro de Viña del Mar y comencé a subir por las gradas. Llegué hasta el sector superior y me senté en una butaca que aún conservaba el número 58. Solo había algunos niños que correteaban y lanzaban ingeniosos insultos, que eran respondidos por un inofensivo eco. Ellos reían genuinamente, y uno se sentía bien allí.

Recordé algunos mitos sobre la soledad de los grandes estadios vacíos. Sobre esas almas que parecen renacer en la multitud y que, finalizado el rito, se acaparazonan y se marchan. Aunque quizá continúen siempre vivas allí, en ese frío e imponente cemento que suele convertirse en el corazón del mundo. Se me ocurrió que esta clase de arquitecturas guardan algún secreto sobre el misterioso paso de la vida a la muerte.

Desandé las escalinatas hacia la parte baja, observé cómo los niños abandonaban el juego y ya pugnaban por ocupar el centro del escenario, aquel donde brillaron Gustavo Cerati, Los Prisioneros y Locomía.

Luego me marché del anfiteatro, disfruté del magnífico sol de la calle y me pareció ver ciertas expresiones que nunca había visto. A unos pocos metros de allí, uno se topa con el exótico Parque Quinta Vergara. La naturaleza te trompea con especies de Asia, América, Oceanía y otros lares. Sientes como el aire besa tu nariz y los gatos están allí, estudiándolo todo y a tí mismo. Me eché al césped y permanecí un rato tendido, celebrando todo aquello.

Tras largo rato, me levanté, sacudí las ropas, eché un último vistazo al lugar y me alejé. Rodeé el Palacio Vergara, un lujoso edificio de estilo gótico, donde supo residir el fundador de Viña del Mar. Seguí caminando y divisé el famoso Reloj de Flores, diseñado con flores de diversos colores, entre los que predominaban el rojo y el verde. Las tres agujas eran de color blanco y parecían de un frío metal. Sobrevolaban incansablemente y me pregunté cuántas vueltas debían dar esas agujas para que las flores se marchiten. Alguien repondría las flores y todo seguiría allí. Verde, rojo y blanco como las navidades. Tan solo era un puto reloj, y ya era hora de marcharse.  

Tomé por una de las avenidas principales, rumbo al mar. Los autos pasaban raudamente y los modernos edificios de la ciudad impedían la vista del océano. Caminé unas treinta cuadras hacia mi destino. Cuanto más me acercaba al mar, menos lo veía. Las monstruosas construcciones recortaban el paisaje y las calles lucían demasiado planificadas, demasiado pulcras, demasiado  sospechosas.  

La avenida desembocaba en la playa, y arribé antes de la puesta del sol. Divisé algunos bares lujosos semioscuros y varias calesitas con caballos bien lustrados. Crucé la última calle que me separaba del mar y me topé con algunos hippies que hacían lo suyo. Me sorprendí dialogando animadamente con ellos, sobre los beneficios y perjuicios de la ciudad, sobre la inminente desaparición del sol y nacimiento de la luna. Intercambié algo con ellos, y había una hippie de mirada tan límpida que parecía una extensión de la tarde.

Me despedí de los hippies y me dirigí hacia el mar. Algunos vendedores ambulantes ofrecían recuerdos del lugar. Abandoné la calidez del cemento y me sumergí en las rocas costeras. Me abrí paso entre botellas, preservativos y algas marinas. Llegué hasta la penúltima piedra y quedé cara a cara frente al mar. No, no sería capaz de pedirle un deseo, de hablarle siquiera. Las aguas parecían calmas y contemplé el sol, que caía en la vereda de enfrente. Quizá caía como los grandes, tan seguro de su eternidad.  O tal vez como un tibio huevo frito en las fauces de Poseidón.

El fuego se iba apagando y sentí la presencia de alguien a mis espaldas. Giré y me encontré con una mujer de unos cuarenta años. De estatura media, portaba grandes aros, un gran pañuelo verde descolorido por el paso del tiempo y ojos grises chispeantes. Se presentó con un nombre que no recuerdo y le devolví el saludo.  

Ella pregonó que podía revelar el futuro en cuestión de minutos, como el ángel que desciende a la hora señalada, o cual cobra que inocula veneno en sus víctimas. Acepté seguir el milenario juego, y los ojos de la gitana inyectaron mayor intensidad. Entre aquella mujer y el mar, quedé librado a mi suerte.

-Sé que eres extranjero y provienes de un país de América. ¿No es así?

-Sí  -fue mi escueta respuesta.

-Bueno, ahora tienes que elegir una imagen –me dijo, mientras manipulaba algunos naipes con variadas figuras.

-Esta -le respondí, mientras seleccionaba una carta. Ella la miró y pareció analizarla.

-Te has separado hace menos de un año y no volverás a reconstruir tu relación. Conocerás otra persona en el corto plazo –fue su análisis.

-Eso ya lo sabía. Necesito saber algo nuevo -fue mi interlocución, mientras me daba a elegir otro naipe que construiría mi futuro.

-Tu salud estará bien. Tendrás algunos pequeños dolores que quizá te hagan preocupar, pero los superarás al estar en buena forma física.

-Sí, la salud siempre es importante…

-Bueno, ahora te daré a elegir la última imagen, que define tu futuro afectivo. Solo necesito un pequeño esfuerzo de tu parte. El esfuerzo debe ser en dinero, pero no es material. La colaboración es proporcional a la importancia que te des a vos mismo y a tu futuro.

En mi billetera tenía un billete de cien pesos, otro de cincuenta, algunos de diez y el último de cinco. Pero llegué a hurguetear algunas monedas en mi pantalón y las deposité en la mano de la gitana.

-Esto es todo lo que valgo. Y no creo que mi futuro esté en esa carta –afirmé. Ella ensayó una sonrisa teatral y la expresión de sus ojos mutó.

Me despedí amablemente, di media vuelta y empecé a caminar por las rocas, pero un súbito manotazo sobre mi bolsillo derecho detuvo todos mis movimientos. Forcejeé con la mujer y ambos caímos al mar. La ausencia de grandes olas nos ahorró problemas con las piedras, aunque no fue tarea sencilla. Nadé algunos metros y trepé a una roca, desde donde aprecié cómo algunos hombres socorrían a la mujer. Vi salir su pálida cara y asistí a la repentina extinción de todo encanto. Sus grandes uñas querían aferrarse a la roca y su pañuelo verde parecía mimetizarse con el mar.     

Ella también logró regresar a tierra y continuó regalándome predicciones sobre mi futuro. Algunos individuos se acercaron y recibí otros presagios familiares. Me alejé de aquel sitio, volví al cemento, estiré algunas ropas sobre un banco y no logré secarme con los restos de aquel día. Tomé la billetera y comprobé que solo algunos próceres sobreviven a un naufragio.

Húmedo y salado, retorné por la avenida. La noche de Viña, con sus bares y restaurantes de mariscos de cara al mar, nacería ante mí en cuestión de horas. Algunos seres me miraron al pasar y solo me abrí paso hacia mi destino.

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