En un Foro de Davos atravesado por la crisis de Groenlandia, las amenazas de Donald Trump y la discusión abierta sobre el nuevo desorden mundial, Javier Milei eligió correrse del conflicto y refugiarse en un discurso teórico, doctrinario y libertario, más cercano a una clase magistral que a una intervención política en un encuentro en crisis. Así, adoptó un cambio de rol que pudo sorprender a más de uno: esta vez no vino a encender el fuego, sino, al menos en el tono, a apaciguarlo.
Traje negro, corbata azul, y carpeta en mano, arrancó declarando que “Maquiavelo ha muerto” y que es tiempo de volver a unir moral y mercados, un eje que atravesó todo el discurso. Citó reiteradamente a Jesús Huerta de Soto y reivindicó a Murray Rothbard, defendiendo la idea de eficiencia dinámica, el principio de no agresión y la propiedad privada como derivación natural del derecho a la libertad.
La tesis central fue clara: no hay justicia posible sin eficiencia, no hay eficiencia sin capitalismo, y el capitalismo no solo es más productivo, sino el único sistema justo.
En esa lógica, Milei volvió a cargar contra el socialismo —“suena lindo, pero siempre termina horriblemente mal”— y puso como ejemplo extremo a Venezuela, a la que definió como una “narcodictadura sangrienta”.
Retomó así su línea de 2024 y 2025: Occidente está en peligro porque abandonó las ideas de la libertad y se dejó colonizar por “parásitos mentales” sembrados por la izquierda. Pero de ninguna manera volvió al tono transgresor de aquellos discursos.
Milei evitó meterse en los conflictos de Donald Trump, con quien tiene un alineamiento incondicional y habló antes que él, con los los países europeos. Y su tono de clase magistral lo sacó de la posibilidad de disputarle protagonismo al presidente norteamericano, que habló antes que él y tuvo párrafos estridentes sobre Venezuela, Irán y Groenlandia, entre otros asuntos. La expectativa y la repercusión que generó el paso del líder republicano perjudicó a su amigo argentino: en el salón, mientras hablaba el libertario, había varias sillas vacías.
El primer mandatario hizo una fuerte defensa de su gestión: mencionó la baja de la inflación del 300 al 30 por ciento, la caída de 2.500 puntos del riesgo país, la reducción de la pobreza, y las 13.500 reformas estructurales impulsadas desde el Ministerio de Desregulación a cargo de Federico Sturzenegger. “Make Argentina Great Again”, sintetizó.
En un Davos convertido en ring geopolítico, Milei eligió no meterse en la polémica que atraviesa al mundo y al propio foro. Tampoco fue el Milei 2025 que había usado esta tribuna para la guerra cultural contra lo “woke”, aunque sí la mencionó y la revindicó. No hubo provocación, ni escándalo, ni enemigos nuevos.
Más que el discurso de un presidente que no le teme a nada, del león que va siempre al frente, fue el discurso de un economista que defiende su sistema teórico. Un león herbívoro.
Así, se vio un Milei más contenido, menos transgresor, que eligió reafirmar sus raíces ideológicas antes que meterse en las disputas de un momento de quiebre mundial.
“En este 2026 les traigo buenas noticias. el mundo ha comenzado a despertar, se puede ver con lo que se esté viendo en América que vuelve a abrazar los valores de la libertad. Tenemos por delante un futuro mejor, que existe si volvemos a las raíces de Occidente. América será el faro que vuelva a encender a Occidente. Que Dios bendiga a Occidente. Viva la libertad, carajo”, cerró.
En un Davos donde el poder volvió a hablar sin eufemismos, Milei optó por otra cosa: predicar en lugar de confrontar. A tono con el cambio que también produjo a nivel nacional, donde ya no insulta en sus discursos y la palabra “casta” salió de su léxico habitual.
Acaso el mensaje fue ese: los modos cambian, la ideología no.



