Olvidarse de algo de vez en cuando no significa necesariamente que exista un problema de memoria. El cansancio, el estrés y las preocupaciones del día a día pueden hacer que ciertos datos se nos escapen. La señal de alerta aparece cuando estos olvidos se vuelven frecuentes y comienzan a afectar actividades habituales.
Repetir las mismas preguntas, desorientarse en lugares conocidos, tener dificultades para seguir una conversación o cometer errores en tareas que antes se realizaban sin problemas son algunos de los signos que justifican una consulta neurológica. Además, muchas veces es el entorno familiar el primero en notar que algo cambió. Una evaluación temprana permite identificar las causas y actuar de manera personalizada.
Desde la Unidad de Neuromodulación Cerebral no Invasiva de Olympia Quirónsalud de Madrid, España sostienen que el cuidado del cerebro no debería comenzar recién cuando aparecen los problemas. El sueño, la actividad física, el aprendizaje, los vínculos sociales y los hábitos cotidianos influyen en la manera en que envejece nuestro cerebro.
La memoria, además, no es una capacidad única. El hipocampo tiene un papel fundamental en la formación de nuevos recuerdos, mientras que la corteza prefrontal participa en la organización y el mantenimiento de la información. Otras estructuras cerebrales intervienen en el almacenamiento de conocimientos y experiencias o en habilidades que realizamos de manera automática, como andar en bicicleta o conducir.
Por eso, no todas las personas tienen la misma facilidad para recordar. La genética, la educación, la estimulación intelectual, el estado emocional, el estrés, la calidad del sueño y el ejercicio físico son algunos de los factores que pueden influir. La buena noticia es que la memoria no es una capacidad completamente rígida, sino que mantener el cerebro activo puede ayudar a fortalecer determinadas funciones cognitivas.
El entrenamiento cognitivo resulta especialmente importante a medida que pasan los años. En la adultez puede favorecer la concentración, la toma de decisiones y el rendimiento cotidiano, mientras que en las edades más avanzadas contribuye a preservar la memoria y las funciones ejecutivas. Este proceso se relaciona con la llamada reserva cognitiva, es decir, la capacidad del cerebro para afrontar mejor los cambios asociados al envejecimiento.
Ahora bien, entrenar la memoria no significa que puedan evitarse por completo enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. La evidencia disponible indica que la estimulación cognitiva puede contribuir a retrasar la aparición de síntomas, reducir su impacto funcional y ayudar a conservar la autonomía durante más tiempo. El beneficio sería mayor cuando se combina con otros hábitos saludables.
En ese sentido, hacer ejercicio de manera regular, dormir bien, mantener una alimentación equilibrada, cuidar la salud cardiovascular, reducir el estrés y sostener una vida social activa forman parte de una estrategia integral para proteger el cerebro. También es importante evitar el sedentarismo y el consumo de tabaco y alcohol. En definitiva, cuidar la memoria no consiste solamente en hacer ejercicios mentales, también implica darle al cerebro descanso, movimiento, estímulos y conexión a lo largo de toda la vida.
Fuente: EFE.



