En 2024, la inteligencia artificial llegó a Davos como un juguete nuevo, envuelto en promesas y optimismo tecnológico. La conversación giraba en torno a la magia de la IA generativa y su capacidad de escribir textos y crear imágenes, presentada como la herramienta que nos volvería más creativos y multiplicaría nuestra productividad. Sam Altman, CEO de OpenAI, era la estrella absoluta del evento y fue recibido como un visionario que traía el futuro bajo el brazo; aunque incluso él se encargó de bajarle el tono a ese clima de entusiasmo generalizado. En uno de los paneles del Foro reconoció que “nadie sabe exactamente qué va a pasar”, una frase que dejaba en evidencia que, detrás de las promesas, el futuro –como siempre– seguía siendo una incógnita.
Dos años más tarde, el discurso ya no es sobre “creatividad”, sino claramente de poder geopolítico duro, entendiendo a la IA como un recurso estratégico tan vital y conflictivo como lo fue el petróleo en el siglo XX, parte de la infraestructura crítica al mismo nivel que la energía nuclear. En ese sentido, el control de los chips, de la capacidad de cómputo y de los recursos necesarios para sostenerlos dejó de ser un asunto técnico o comercial para convertirse en una cuestión de seguridad nacional.
La tríada del poder moderno: chips, cómputo y energía
En Davos ya no se habla solo de innovación, sino de soberanía tecnológica, de restricciones a las exportaciones y de quién fija las reglas en un mundo donde la inteligencia artificial empieza a definir políticas a largo plazo junto a ventajas económicas y militares. Si históricamente el poder de una nación se medía en barriles de petróleo o acero, hoy depende de los semiconductores, la potencia computacional y la energía.
Sin chips de última generación es imposible desarrollar, entrenar y ejecutar modelos de IA avanzados, tanto civiles como militares. Quien concentre la mayor infraestructura de GPUs, como las de Nvidia, cuenta con una ventaja decisiva no solo en el entrenamiento de modelos, sino también en simulaciones militares y sistemas estratégicos. Todo este andamiaje es extremadamente intensivo en consumo energético, lo que convierte al control de la red eléctrica y la transición a energías limpias, incluida la nuclear, en una prioridad imprescindible para sostener los grandes centros de datos que alimentan la nueva economía de la inteligencia artificial.
En este contexto, Dario Amodei, CEO de Anthropic, no dejó margen para ambigüedades respecto a la exportación de esta tecnología avanzada hacia China, al asegurar que "no vender chips a China es de lo más importante que podemos hacer", llegando incluso a compararlo con "vender armas nucleares a Corea del Norte".
Esta mirada encontró eco en Ashwini Vaishnaw, Ministro de Tecnología de la India, quien durante el panel “AI Power Play, No Referees” advirtió que dejar la venta de estos componentes críticos al libre mercado, sin supervisión gubernamental, es una receta directa para el conflicto geopolítico. Este endurecimiento está en sintonía con la política impulsada desde Washington por la Secretaria de Comercio de EE.UU., Gina Raimondo, quien en diversas ocasiones defendió la necesidad de controles de exportación aún más estrictos, al remarcar que los chips de IA ya no pueden ser tratados como simples productos comerciales, sino verdaderos activos estratégicos vinculados a la seguridad nacional.
El nuevo frente laboral
Pero si la geopolítica con directriz tecnológica fue el telón de fondo dominante, el otro gran eje que atravesó a Davos fue el impacto de la inteligencia artificial en el empleo, donde a diferencia de años anteriores, el optimismo dio paso a un realismo bastante crudo sobre el mercado laboral.
A diferencia de las revoluciones industriales previas que afectaron el trabajo manual, en esta última reunión del Foro Económico Mundial quedó en claro que la IA está golpeando directamente al empleo calificado y de oficina. Tanto Dario Amodei como Demis Hassabis, CEO y Cofundador de Google DeepMind, resaltaron que la contratación de puestos de niveles iniciales y juniors en programación y tareas administrativas están cayendo drásticamente porque la inteligencia artificial ya está realizando estas funciones.
Pero las declaraciones más polémicas vinieron de Alex Karp, de Palantir, quien aseguró que una carrera convencional en humanidades como filosofía, historia o literatura podría “condenar” al graduado si no cuenta con habilidades técnicas o de oficios prácticos, porque “ese tipo de trayectoria será imposible de vender” en un escenario donde los modelos actuales ya superan la capacidad humana en análisis de texto, síntesis y lógica. En este sentido, destacó que alguien que sabe construir baterías o realizar mantenimiento técnico complejo es irremplazable, mientras que un analista de oficina que recién comienza es fácilmente reemplazable por un agente de IA.
Este diagnóstico fue reforzado por Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, quien durante el Foro afirmó que la inteligencia artificial ya está impactando en el mercado laboral “como un tsunami”, asegurando que la transformación del trabajo ya está en marcha y que el principal desafío no es la tecnología en sí, sino la falta de preparación de empresas, Estados y sistemas educativos para absorber un cambio que avanza más rápido que las políticas. El riesgo, indicó, no es solo la pérdida de puestos de trabajo, sino una transición desordenada que profundice tensiones sociales y económicas si no se actúa con rapidez.
La percepción de la inteligencia artificial como una fuente de inestabilidad política y social si no se gestiona con cuidado fue señalada por el CEO de JPMorgan Chase, Jamie Dimon. En su intervención del pasado miércoles, Dimon hizo hincapié en que la velocidad de esta transición tecnológica no tiene precedentes históricos, y mientras otras revoluciones industriales tardaron décadas en asentarse, la IA está automatizando tareas a un ritmo que los sistemas educativos y los mercados laborales no pueden acompañar. Esto, alertó, podría derivar en un período de incertidumbre y fragilidad institucional de consecuencias imprevisibles. Por eso, sostuvo, las empresas no deberían “apretar el botón” de la automatización total solo porque es más barato, sino avanzar por etapas, dando tiempo a la adaptación.
Para evitar el conflicto social que varios líderes advirtieron como un riesgo real e inmediato, el Foro pasó esta semana de las alertas a las propuestas, debatiendo soluciones concretas para amortiguar una transición que ya no es solo tecnológica, sino un verdadero cambio de contrato social. En ese marco, en Davos tomó fuerza la idea de construir un “Seguro de Transición Laboral” en el que empresas y gobiernos creen fondos conjuntos para mantener los ingresos de los trabajadores desplazados por la IA mientras se los capacita en nuevas habilidades.
En paralelo, se insistió en la revalorización de los oficios técnicos que la IA no puede reemplazar físicamente, como electricistas, plomeros y técnicos de hardware. Jensen Huang, CEO de NVIDIA, lo expresó con claridad durante su intervención al señalar que, mientras el software se vuelve infinito y gratuito, el mundo físico y el mantenimiento de la infraestructura se vuelven más valiosos que nunca. De este modo, los salarios de estos oficios fundamentales se están duplicando no por una cuestión de prestigio, sino por una escasez real de mano de obra.
Frente a una ola de desempleo que los propios líderes empresariales y políticos reconocen como inevitable en el corto plazo, el encuentro de Davos 2026 se concentró en diseñar mecanismos de contención concretos, dejando atrás las advertencias para pasar del diagnóstico a la acción en un gesto de pragmatismo defensivo. Tal vez el mejor resumen del clima que se respiró esta semana quedó condensado en la frase de Alex Karp que recorrió los pasillos del Centro de Convenciones: "La IA puede escribir un tratado sobre ingeniería hidráulica en diez idiomas, pero no tiene manos para cerrar una válvula cuando se rompe”.



