Habitar la ciudad implica caminar sobre las marcas de los pasos dados por otros, imprimiendo encima las huellas de los propios. Todo deja un rastro que sedimenta la memoria, también los rincones, las calles, las paredes impiden olvidar. En Rosario, entre 1976 y 1983, el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional utilizó armas para matar y controlar a la población, pero también se valió de la arquitectura para encarnar sus ideales.

El miedo, el silencio, la exaltación moral y de la conducta ejemplar. La unificación de ideas, la intolerancia y el nacionalismo exacerbado tuvieron una materialidad, se hicieron concretos y se plasmaron en obras, moldeando el modo de residencia y apropiación del espacio.

 Centro de Rosario en 1979, diario La Capital.

Destruir para crear 

La doctora en Geografía Anahí Pagnoni detalló, en diálogo con Rosario3, cómo los proyectos de infraestructura desarrollados en aquellos años, especialmente los accesos viales y la liberación de la ribera de la ciudad, se lograron a costa del desplazamiento forzado de miles de personas. La especialista contrastó la visión de una supuesta innovación urbanística con la realidad de un plan autoritario que fragmentó el territorio y marginó a los sectores populares hacia la periferia.

Como refiere en "Obras de infraestructura, espacios verdes y ordenamiento territorial. Las políticas urbanas de la última dictadura cívico militar en Rosario”, la también investigadora y becaria del Conicet, considera que la gestión del gobierno autoritario presentó una ruptura contundente a la accionar de la planificación funcionalistas-desarrollistas del período anterior y, a grandes rasgos, reemplazó la discusión y proyección de planes urbanos sobre la totalidad de la trama urbana por la construcción de obras que resolvían problemas puntuales.

Durante el mandato al frente de la Intendencia de Rosario del capitán Augusto Félix Cristiani, oficial porteño retirado de la Armada, el caos circulatorio fue identificado como el mal mayor y símbolo del déficit de modernización. Es por eso que llevó adelante de modo arbitrario –las facultades del Concejo Municipal estaban suspendidas– algunas de las iniciativas planteadas en el Plan Regulador de 1968. “Como todo proceso autoritario, trabaja con la destrucción. Primero, hay que destruir para después crear la ciudad limpia, ordenada, desarrollada y moderna que tiene que ser Rosario”, resumió Pagnoni sobre la pretensión del gobierno de facto de configurar el mapa local hacia un modelo agroexportador, dándole centralidad a la zona sur y al puerto.  

Pagnoni distingue dos grandes obras de infraestructura realizadas por los militares en Rosario, basadas en el ideal de modernización y productividad intensificados con la elección de Argentina como sede del Mundial de Fútbol de 1978: el Acceso Norte-Paseo Ribereño y el Acceso Sur-Puerto Rosario. Estas intervenciones modificaron el imaginario y la fisonomía de la ribera, relevancia que aumentó al ser proyectado para la costa central el Parque España. “Aparece como huella material un ordenamiento nuevo de la ciudad, los cimientos, un croquis, de la costanera que tenemos hoy”, observó.

A diferencia de aquellos planes de décadas pasadas que buscaban cierto consenso y participación comunitaria, el gobierno de facto operó sin contemplaciones sociales. “Acá lo que se hace es, quirúrgicamente, destruir para después crear en un sentido completamente arbitrario y partir una ciudad en dos”, sentenció la geógrafa, dejando en claro que las obras viales no constituyeron un simple progreso, sino intervenciones que dejaron profundas marcas en la estructura territorial de Rosario.

Entre las “intervenciones estructurales menores”, Pagnoni menciona en la zona norte la conexión de bulevar Rondeau y el nacimiento del Paseo Ribereño junto al Gigante de Arroyito. Esa zona pasó de ser el "borde" de la ciudad a ser una de las fachadas más importantes.

En las zonas oeste y noroeste, la mejora del acceso desde el Aeropuerto y la ampliación de avenida Sorrento. Rosario buscaba integrarse y "acortar distancias" con Buenos Aires, algo que se nota en la obsesión por los accesos rápidos.

Y en el sur, se concretó un cambio histórico del ingreso principal. Antes se entraba por Ovidio Lagos; el Mundial movió ese flujo al bulevar Oroño, dándole la jerarquía de "puerta de entrada" que tiene hoy.

 Croquis del Paseo Ribereño- Tramo 1 Acceso Norte (Fuente: Revista Vivienda Nº 209, 1979).

La arquitectura del disciplinamiento

El golpe militar de 1976 constituyó un punto de inflexión en la historia del desarrollo urbano de Rosario. El planteo de Cristian Van Poepelen, investigador y docente de Historia en la carrera de Arquitectura de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), considera que ese gobierno dictatorial no tuvo ni propició un lenguaje arquitectónico propio sino que adaptó las corrientes existentes en ese momento. Así, las obras fueron resignificadas para servir como símbolos de autoridad y control.

“Todas las operaciones, a nivel urbano y arquitectónico o en parte de ellas, son existentes. Lo que hace el Proceso es tomar algunas herramientas existentes, reutilizarlas y readaptarlas””, señaló el profesional en diálogo con Rosario3. “Todas las construcciones de este momento responden al estilo internacional, que arranca desde la postguerra europea con la necesidad de reconstruir Europa. El Proceso no crea un lenguaje, no genera un estilo propio, sino que así como se apropia de los cuerpos también se apropia de las corrientes arquitectónicas vigentes”, advirtió.

Si la ciudad respira  su pasado en edificaciones y monumentos erigidos, para el autor no solo los centros de detención clandestinos son marcas del terrorismo de Estado, sino también “los depositarios físicos cotidianos, que fueron transformando la ciudad”. Estos "objetos habituales" (viviendas, universidades) que, a su juicio, impusieron un orden social autoritario de forma silenciosa conformaban, según el arquitecto, un modelo de ciudad “blanca”. “Como si fuera un médico, el diagnóstico es que la ciudad está enferma y sucia. Entonces hay que operar y limpiar. El problema es cuando operás al sano”, ironizó.

Para Van Poepelen, en la Dictadura existió “el disciplinamiento de los cuerpos a través de los artefactos arquitectónicos por la que la arquitectura se entiende como una herramienta más que toma el Proceso de Reorganización Nacional”. Y, si en pos de una ciudad limpia, “lo que está sucio hay que taparlo”, impera entonces la estética del orden, la pulcritud e invisibilidad de la pobreza a partir del desarrollo de políticas de "blanqueamiento" de los sectores marginales.

Puente sobre el Brazo Sur del Arroyo Saladillo, Acceso Sur- Puerto Rosario. (Fuente Revista Vivienda Nº 230. 1981) La Revista Vivienda esta en la hemeroteca de la Biblioteca Argentina. 

Sabían lo que hacían

“Por más que las obras eran fragmentarias, quirúrgicas y parasitan los planes desarrollistas de la década anterior, había cierta sistematicidad y es una hipótesis que discuto: no era gente que no sabía lo que estaba haciendo, porque las obras que impulsan cambian los desarrollos urbano y productivos de la ciudad”, observó Pagnoni, quien se dedica a indagar meticulosamente sobre la eliminación de asentamientos humildes en dictadura,  intervención necesaria para que el municipio avanzara sobre la costanera.

“De las zonas sur y oeste se erradicaron unas 10 mil personas, también hubo erradicaciones en la zona norte en el contexto del Mundial”, estimó la especialista y aclaró: “No es que erradicaban gente porque no les gustaba dónde estaban. Por más que ellos consideraban que no tenían que vivir ahí y que eran un poquito parecidos a los subversivos, no eran la ciudad limpia, blanca y ordenada que ellos querían”.

En “Planificación, expertos y violencias: operatorias de intervención en la costanera de Rosario entre dictaduras (1966-1983)”, Anahí Pagnoni ahonda en el destierro de los habitantes de villas miserias en el norte y sur de Rosario en pos de la modernización.

 Población erradicada Barrio Las Flores (El país en la noticia- Marzo 1978) [IMA_Las Flores1]

A través de los preparativos urgentes para la Copa del Mundo, las autoridades locales consiguieron el impulso necesario para configurar una estrategia firme de expulsión de las poblaciones. La remodelación del estadio Rosario Central fue acompañada por la culminación del Paseo Ribereño, con sus veredas con dibujos ondulantes al estilo carioca, los espigones y los miradores al río. En este renovado sector, no estaban contemplados los pescadores que habitaban en comunidad el área próxima al Balneario La Florida, rincón popularmente conocido como Villa “La Florida”.

“En el relato de la experiencia de la erradicación de los protagonistas, se destaca la naturaleza violenta y sorpresiva del desalojo”, describe la autora. Según detalla, el procedimiento se efectuaba en la madrugada, se cortaba la luz y en medio de la oscuridad, ingresaban los efectivos para retirar a los habitantes. Con máquinas topadoras desarmaban los ranchos, a veces también los prendían fuego. Sin techo, los vecinos huyeron, muchos cruzaron a la isla o se refugiaron en casas de familiares.

Población erradicada Barrio Las Flores (El país en la noticia- Marzo 1978) [IMA_Las Flores1] 

Una vez quitados del medio, arrancaron las obras de conexión para el Acceso Norte, que según precisa Pagnoni, conectó con una autovía de doble mano: el Parque Alem, frente al estadio del club Rosario Central, y las obras del Paseo Ribereño, en su primer tramo. Un segundo tramo implicó la continuación de la avenida hacia el norte, desde el Parque Alem hasta la Bajada Puccio, próxima al balneario La Florida (1980-81).

En 1979, el gobierno dictatorial comenzó la obra del Acceso Sur al Puerto. Se trazó una autopista de doble mano que unía la costanera sur, a la altura de la avenida Nuestra Señora del Rosario, próxima al frigorífico Swift, con el centro de la ciudad, a la altura de la avenida 27 de Febrero. Esta reestructuración urbana prevista por el Plan Regulador (1968), expone Pagnoni en su tesis, simplificaba la circulación vial de la ciudad y habilitaba un acceso rápido y directo a la nueva zona principal del puerto. Su construcción se había enunciado en el Plan de Reestructuración de Rosario (1952) y justificado por el Plan Regulador (1968), aunque el régimen autoritario priorizó su concreción, sin desarrollar, por ello, todo lo propuesto en los mencionados planes.

La gran obra requirió la eliminación de la villa miseria denominada Bajo Saladillo. "Con el justificativo de la modernización de las vías de circulación, la población villera fue trasladada con procedimientos violentos a otros espacios, distantes de la trama urbana. A diferencia de la villa de La Florida, donde el gobierno autoritario procedió con un mecanismo de irrupción violenta, en Bajo Saladillo se ha identificado un procedimiento más pautado para producir el traslado forzoso”, determina la escritora.

De esta manera, la población que habitaba el Bajo Saladillo fue desalojada por funcionarios municipales. Según el relato de los habitantes recogidas por la profesional, una abogada de la Municipalidad compelió a los vecinos a firmar un documento que certificaba su conformidad con el traslado. “Este hecho no restó violencia a la erradicación, donde la población fue traslada junto a sus casas desarmadas a terrenos baldíos del barrio Las Flores, en donde no había infraestructura urbana de ningún tipo”, resaltó.

Según Pagnoni, al restablecerse las garantías constitucionales, parte de la población erradicada regresó a Saladillo y la villa en el bajo volvió a conformarse. “El efecto más notorio de la obra vial dictatorial no fue el desplazamiento de la población villera, sino la fragmentación de la trama urbana barrial. El Acceso Sur al Puerto desarticuló la traza urbana del borde sur y la conexión con el barrio Saladillo”, señaló.

Desmantelamiento de vivienda precarias (Diario La Capital,1977) [IMA_Las Flores 3] Foto del libro Salamanca Villamizar, C. y Colombo, P. (2019). La violencia en el espacio. Políticas urbanas y territoriales durante la dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983). Libro-catálogo de la Exposición. UNR Editora- EHESS(IRIS)- Université Laval. 

La Siberia

En Obras de infraestructura, espacios verdes y ordenamiento territorial.Las políticas urbanas de la última dictadura cívico militar en Rosario, Pagnoni determina;  “así, la producción de infraestructura vial, del desarrollo de edificios e incluso la obras de hermoseamiento quedaron capturados por las gramáticas de la destrucción, la creación, la expulsión y la sustitución”, y añade que estas acciones urbanas “eran difíciles de percibir con intervenciones que se caracterizaron por ser temporalmente coyunturales-coyunturales y por estar especialmente localizadas-fragmentadas”.

La construcción del Centro Universitario Rosario (CUR), una obra bastante avanzada en la época previa al Mundial que se había posibilitado por la erradicación de las villas asentadas en la zona y que permitió la construcción del ingreso al Puerto y la finalización del Acceso Sur-Puerto Rosario sobre la avenida 27 de Febrero, es considerada por Van Proepelen como una marca indeleble del paso del terror por la ciudad.

“Nuestra Ciudad Universitaria era una obra en desarrollo que la Dictadura readapta con algo muy paradigmático. El proyecto nace en los 50 y se formaliza en los 60 como  Ciudad Universitaria. En los 70 se transforma en Centro Universitario de Rosario (CUR). Y no es una cuestión meramente de palabra sino que se saca lo que es la vivienda”, apuntó. El objetivo fue aislar a los estudiantes –el nombre La Siberia es claro–, vistos como un sector potencialmente conflictivo, eliminando la posibilidad de construir residencias estudiantiles.

El centro de prensa del Mundial 78

El actual centro cultural Roberto Fontanarrosa, ubicado en San Martín y San Luis, nació como centro de prensa del Mundial jugado en Argentina. “Es un muy buen ejemplo de la arquitectura  propagandística –reconoció y confió el arquitecto Van Proepelen–. Para no dejar espacio público libre, en su momento, se hizo una gran fuente para que no se pudiera concentrar gente delante. Fijate lo árido que sigue siendo hoy en día esa plaza”, observó.

Es que de acuerdo a lo que expuso, para los dictadores “todo lo que fuera uso público y lugar de encuentro, de concentración de gente, de debate o para compartir no estaba dentro de sus planes”. En resumen, “no hay intervenciones sobre los espacios públicos. Son todas obras, estadios de fútbol, equipamiento, vivienda. Si haces un raconto en la ciudad, no te vas a encontrar con ningún tipo de obra en la ciudad que tenga que ver con eso durante el Proceso”, puntualizó.

Curiosamente, sobre la proliferación de espacios verdes, el llamado Plan Básico de Acción para el Progreso (Plana), presentado en 1980 por el entonces intendente Cristiani expresa, una supuesta preocupación de la gestión por extenderlos y en este marco, realzan el anteproyecto del Parque España.

La historiadora Anahí Pagnoni considera en su trabajo que el impulso de esta obra de parte de la administración de Cristiani en Rosario, junto con la visita del arquitecto catalán Oriol Bohigas a la ciudad, permitió introducir en el debate sobre los espacios públicos a la participación social en un contexto autoritario. Y, aunque el anteproyecto no fue ejecutado en este período (recién se inauguró en 1992), para la autora, su avance “puso en el centro de la escena urbanística la construcción de un sistema de espacios recreativos de uso público sobre parte de la franja costera”.

La idea era que la innovadora propuesta del Parque España se replicara en otros tramos de la costanera, lo que, según la historiadora, demostraba que las modulaciones de intervención urbana del gobierno militar habían sido tan fragmentarias como este proyecto para un gran parque en la costanera central.

“Sin embargo,al final de la intendencia de Cristiani, se realizó un enorme esfuerzo por mostrar un plan común para el desarrollo urbano de la ciudad, plasmado en el Plana (1980). En esta dirección, durante su último día en funciones,el intendente realizó un acto simbólico,donde acompañado del cónsul español en Rosario y a las principales autoridades locales se descubrió una placa para dar comienzo a las obras en el terreno del Parque España”, recupera la autora de los diarios de la época. 

Piedra libre

Por otra parte, el arquitecto Van Poepelen plantea en su trabajo el impacto del autoritarismo en la urbanización durante el proceso cívico militar en lo referente a las licitaciones. Según establece, favorecieron a grandes empresas que concentraban el terreno, el proyecto y la construcción, limitando el rol del Estado al control de ejecución.

“Se derrumbaron edificios y casas antiguas. Los terrenos en el centro propiciaban una gran renta, lo que mismo pasa ahora, y de hecho se podía construir mucho más de lo que se puede hoy”, aseguró.

“Si bien las formas arquitectónicas no variaron, sí variaron las formas en que, arquitectónicamente, se trabajó. ¿Qué quiero decir? La aparición de las grandes empresas constructoras, la patria contratista. Las licitaciones eran un paquete completo, se solicitaba el proyecto, la ejecución y al Estado solo le quedaba un control y bastante deficitario. Ahí es donde hay una vuelta de tuerca, es la piedra libre que abre la DIctadura”, determinó.

Rosario, como todas las localidades, está hecha de capas entre las cuales se pueden hallar hoy los restos de esos objetos cotidianos y cercanos que fueron pincelados por la lógica de la limpieza, el control social y la instalación de una imagen de ciudad modena de grandes obras de infraestructura  instalada por los militares en el poder.

Solo basta caminar Y recordar.