(…) Mujeres que se cuidaron unas a otras, se protegieron, se animaron. Mujeres que soñaban con una herencia invaluable para sus hijos: construirles un mundo mejor.
Mujeres a las que no se les ahorró nada: fueron acusadas, perseguidas, capturadas, humilladas, despojadas, exiliadas, asesinadas, desaparecidas.
Mujeres que contaron que un pelotón que decía defender la patria y el orden establecido, les hizo perder la virginidad, jovencitas ultrajadas con ametralladoras en la vagina. (…)
 .  .  .  .  .  .  .  .  .  . Marta Ronga, Mujeres de Rosario, Nosotras en libertad
Jean Paul Sastre decía que lo importante no es lo que hicieron con nosotros sino lo que nosotros hacemos con eso. Esa reflexión del filósofo francés cobra especial sentido para ellas, las ex presas políticas de la cárcel de Villa Devoto desde 1974 en adelante que con 15, 20 o 30 años, fueron usadas como fachada de legalidad durante la última dictadura cívico militar mientras sus compañeros eran desaparecidos, torturados y asesinados. Mientras sus hermanas y amigas eran secuestradas, abusadas sexualmente, humilladas y fusiladas. Mientras sus padres y sus hijos abandonaban el país. Encarceladas, lejos de sus orígenes, con escaso contacto con el afuera, violentadas, con la incertidumbre y el miedo merodeando; con la melancolía atravesada en los párpados y la angustia en la garganta, bajo un estricto aniquilamiento de la subjetividad le hicieron frente al horror. ¿Cómo soportaron? Dicen que fue gracias al entramado de cuidados que tejieron entre ellas, alimentadas por el ferviente deseo colectivo de salir de ahí y de salir con vida. Ese vínculo trascendió los 17 portones que separaban sus celdas de la puerta principal de la prisión, y aún hoy, se emocionan hasta las lágrimas al nombrarse como compañeras.
“Miles de mujeres transitando las mismas baldosas por la geografía argentina a quienes se les prohibieron los mismos cielos, aisladas en las mismas celdas, censuradas de los mismos ideales, amenazadas de las mismas muerte”, se lee en otro párrafo del texto que escribió Marta Ronga bajo el título “Mujeres de Rosario” en el libro Nosotras en libertad.
El 9 de septiembre de 1974 –un año y medio antes del golpe de Estado–, ella repartía volantes en las puertas de una fábrica en conflicto. Tenía 24 años, estudiaba Arquitectura en la Universidad del Litoral, estaba casada y embarazada de tres meses y medio cuando fue arrestada. No recibió controles médicos hasta un mes antes del parto. Su primer hijo, Mariano, nació en marzo de 1975 en la Maternidad Martin rodeado de guardias armados. Volvió al “pozo” con su bebé y cada tanto la llevaban a la Unidad 5 donde a las presas comunes y las trabajadoras sexuales le permitían salir al patio. Eran ellas las encargadas de sacar a los más chicos a respirar aire y exprimir un rato la luz del sol. Pero a los nueve meses, Mariano contrajo tuberculosis y quedó en manos de la familia de Ronga mientras ella era trasladada de forma cruel a la cárcel de Villa Devoto.
Durante esa etapa de su detención en Buenos Aires, Marta Ronga escribirá una carta donde la poesía hará de puente como denuncia pero también como manifiesto de lazos de solidaridad: “Desde las grises paredes de una cárcel 900 mujeres nos ponemos de pie y nos asombramos todos los días del misterio del sol, de la lluvia. Nos ponemos de pie, para dar testimonio de la vida”.
“Despedite de tu vieja, despedite de la vida”
“¿Vos sos Margarita Drago? ¡A vos te estamos buscando, guerrillera hija de puta!”, eso gritaron el 24 de octubre de 1975 cuando cerca de 15 policías irrumpieron en la casa de la zona oeste de Rosario donde vivía la familia Drago. Eran las 12.30 del mediodía. Margarita Drago tenía 27 años, era docente y pertenecía al Sindicato de Trabajadores de la Educación de la República Argentina. Además militaba en un partido de izquierda. Días previos vio varios Ford Falcon sin patentes cerca de las zonas que ella transitaba y supuso que algo no andaba bien.
Revolvieron su casa, destruyeron la biblioteca y con frases como “despedite de tu vieja, despedite de la vida”, la cargaron en un auto y la llevaron a la Alcaidía —actual edificio de la Gobernación– donde estuvo presa un año, hasta la noche del traslado, noviembre de 1976. “Se abrieron las cárceles a los gritos, nos esposaron de a dos y nos tiraron dentro de un camión militar”, recuerda la escritora en contacto con Rosario3 desde Nueva York, lugar donde reside desde que fue liberada.
En medio de insultos y golpes llegaron al aeropuerto de Fisherton. Miró el piso y vio botas de militares, miró a lo lejos y había una avioneta. “Hoy nos matan”, le dijo la compañera con la que estaba amarrada. “Sí, acá nos fusilan”, respondió ella. Pero abrieron la puerta de la avioneta militar y las tiraron al piso una encima de otras. Amontonadas, rodando, con miedo, algunas lastimadas por los machetazos, otras vomitadas. Todas igual de humilladas y vulneradas.
“Llegamos a la cárcel de Villa Devoto. Nosotras –las presas políticas– la bautizamos la cárcel vidriera, porque nos exponían frente a los organismos de derechos humanos para ocultar lo que hacían en los campos de concentración”, dice sin titubear. Menciona pabellones amplios, muchas rejas, acosos, castigos. “Ahí no se podía torturar pero tenían un plan de aniquilamiento”, explica y suma: “Era destrucción psicológica del sujeto aunque nos llamaran por nuestro apellido”.
Margarita Drago señala que ese era el objetivo de ellos pero las presas tenían el suyo. “Nos reuníamos a discutir en recreos, en celdas pequeñas y nos proponíamos resistir defendiendo nuestros cuerpos. Decíamos que no a sacarnos la ropa interior y nos castigaban con un mes en los chanchos – los calabozos – sin nada”, menciona. Se juntaban alrededor de una mesa de madera y enseñaban lo que sabían: literatura, medicina, historia, gimnasia. Contaban anécdotas, canciones, narraban películas. Limaban los huesos de la comida contra el piso y después los usaban para tejer con el hilo de las toallas. El ocio siempre era interrumpido por gritos, requisas o simulacros, pero después del susto, volvían las risas y los abrazos.
No mencionaban la palabra miedo, pero se apoyaban en el hombro de la que estaba al lado para descansar la angustia y llorar. “Defender la vida de una compañera era una cuestión de principios, nuestra moral revolucionaria”, cuenta y para ejemplificar esa red sólida de confianza que habían armado, Margarita Drago narra que un día trasladaban a tres compañeras muy queridas y entre todas decidieron pararse sobre las cuchetas y por las ventanas gritarles a los vecinos de Villa Devoto los nombres de las mujeres que estaban siendo llevadas a otro sitio. “Pedimos que se solidaricen por su vida”, suplicaban.
Allí sobrevivió cuatro años. El 3 de septiembre de 1980 fue liberada sin derecho a vivir en Argentina. La enviaron a Estados Unidos. Dejó a sus padres, su hermano, su profesión y sus amigas carcelarias. Voló a un país desconocido. Tuvo planes de volver de manera ilegal pero no lo hizo. Encontró asilo entre compañeros que estaban “muy bien organizados” y comenzó a construir de cero su vida. Margarita Drago habla con entereza y sinceridad, no se guarda nada. Sin embargo, la solidaridad de esas ex militantes la conmueve.
“Después de veinte años sin ir a Argentina un día vuelvo y yo pensaba que me iban a tirar con piedras por haberme ido pero fue un bofetón”, hace un silencio porque la emoción no le permite seguir. Cuando se recupera, agrega: “Hice la presentación de mi libro Fragmentos de la memoria: Recuerdos de una experiencia carcelaria y estaba repleto de gente. Estaban mis compañeras de la escuela, mis compañeras del partido, mis compañeras del barrio”. Margarita Drago les dijo que pensaba que nadie iba a querer verla, pero esas mujeres que habitaron los ’70 con ella extendieron sus brazos y la contuvieron como aquel entonces. Hoy siguen en contacto.
Las perejiles y las brujas de Rosario
El 18 de noviembre de 1975, Gloria Canteloro tenía 18 años y estaba en su casa en el barrio de Arroyito. Había terminado de comer hacía un instante cuando el timbre comenzó a sonar. Preguntó quién era pero nadie respondió. Bajó los catorce escalones de la escalera que separaba el comedor de la puerta de entrada y abrió. “La policía, señorita”, le dijo un tipo rubio con pantalón de fajina y remera blanca. Era Guzmán Alfaro, Jefe del Servicio de Informaciones (SI). Cuando subió, su casa estaba tomada por oficiales que entraron por techos y ventanas. Esa tarde, Gloria, su hermana Dalia, Irma madre de ambas, una prima y el novio de la prima terminaron en la Alcaidía de Rosario. A él lo llevaron a la parte de arriba, a ellas al sótano. Gloria, Irma y la prima fueron encerradas en un pabellón que el Servicio Penitencial llamaba “Las Perejiles”. Dalia en el pabellón bautizado “Las Brujas”.
Gloria Canteloro estuvo diez días ahí con sólo dos salidas al patio. Escuchó los gritos y los golpes del traslado masivo del que formaron parte Marta Ronga y Margarita Drago. Días después a las hermanas Canteloro las llevaron en otra avioneta militar al mismo destino: Devoto.
Sentada en un aula de la Facultad de Humanidades y Artes de la UNR, a Gloria Canteloro los recuerdos le brotan a borbotones. “Cuando llegamos me impresioné mucho. Me dio mucho miedo”, dice a este medio y explica que al verlas caminar por los pabellones, las internas de Planta 6 de Villa Devoto se atrincheraron a las rejas y estiraban sus brazos para saludarlas. Querían saber quiénes eran, cómo se llamaban y lo hacían como medida de prevención. “Llegué al pabellón 30, que era el último de esos, con los ojos llenos de lágrimas”, menciona. La sensación que tuvo fue la de ingresar a un manicomio sin salida.
En la celda la recibieron cuatro chicas. Le sacaron conversación rápido para distraerla y le contaron algo insólito pero necesario para no morir ahogadas en tristeza. “Estaban preparando un coro para la peña del viernes. Todos los pabellones preparaban una canción. La unidad de planta 6 quedaba de costado a lo que era la unidad de celulares que era la planta 5 y ahí estaban los compañeros varones, entonces cantaban una canción ellos, una nosotras, y así, subidas a las rejas”, cuenta la anécdota entre risas. Pero cantar estaba prohibido y recibían sanciones que podían ser por ejemplo, un mes sin visitas ni recreos o las calesitas. “A los varones los trasladaban de cárcel en cárcel pero a nosotras como nos organizábamos y hacíamos todo consensuado manteniendo jerarquías entonces nos iban rotando entre celdas”, dice.
Sobre la rutina detrás de las rejas, explica que "era terrible" porque tenían todo prohibido. “No podíamos hacer absolutamente nada. Ni coser, ni tejer, ni leer o ejercitarnos entonces generábamos actividades para tener ocupada la mente sin olvidarnos de lo que pasaba”, suelta. Para ella, en esos pequeños pero valientes gestos se forjó la solidaridad y el compañerismo. “La compañera que decaía tenía un conjunto de compañeras que iban a sostenerla con afecto”, lo afirma orgullosa.
Los ojos de Gloria Canteloro se humedecen cuando habla en presente de esa relación entre compañeras, cuando narra la importancia de sostenerse juntas a pesar de los años. Para ella “hay códigos que son indestructibles” y sostiene que fue el humor lo que las salvó. “Aprendimos a reírnos de nuestras propias desgracias y a ver el vaso medio lleno”, cuenta y agrega: “Nos quisieron quitar la alegría de vivir y no lo lograron”. Hace una pausa para descargar el peso de la historia que se proyecta en su mente mientras habla. “Esa sigue siendo nuestra victoria y no la vamos a entregar jamás”, dice entre lágrimas.
Gloria Canteloro declara que ese llanto es porque hay escenas puntuales que sin importar cuándo hayan pasado, la emocionan y conectan con una época del país que la convirtió en la persona que es hoy. Habla puntualmente de los momentos en los que las presas políticas recuperaban la libertad. Ese instante de alivio significaba en el colectivo un bálsamo de esperanza. “Ya me va a tocar a mí”, pensaban. Con cada despedida, las presas gritaban, aplaudían, silbaban. Gloria Canteloro confiesa que jamás se va a olvidar de ese bullicio y mucho menos de la promesa final: “«Compañera, hasta la victoria siempre»”, porque ese mensaje significaba “todavía estamos y eso nos llenaba, nos sigue llenando”.
La solidaridad de ayer, la sororidad del presente
“Ahora hay un término que se aplica y es la sororidad. Y eso explica muy bien lo que pasaba en Alcaidía. Cuidábamos a las embarazadas, les dábamos lo mejor de cada comida. Hacíamos cosas para entretenernos, cantábamos, recitábamos, contábamos historias, festejábamos cumpleaños”, dijo Stella Hernández al declarar ante el Tribunal Oral Federal II como testigo en la causa Feced III. Y en otro momento de su relato, aseguró que sin el cuidado entre ellas “no hubiéramos podido sobrevivir” al infierno.
Esa siembra de cariño dio frutos porque a 50 años del Golpe se nombran como ex presas políticas, ex militantes de organizaciones políticas, pero nunca como ex compañeras. Narran la oscuridad para que el polvo no la tape ni disfrace y refuerzan en cada relato el compromiso con la vida y el deseo de un mundo mejor. No hablan jamás de venganza. Piden Justicia, Verdad y Memoria. Siguen escribiendo la historia. Lo hacen por ellas pero también y ante todo, “por los 30 mil compañeros y compañeras desaparecidos”.



