Argentina empieza a transitar una etapa en la que bajar la inflación ya no alcanza. El próximo examen será bastante más complejo: conseguir que la estabilización macroeconómica llegue a las empresas, el empleo, el consumo, el crédito y la inversión.
Esa es la “fase dos” que describió el economista y especialista en mercados Claudio Zuchovicki durante una presentación que realizó en Rosario, en el marco de la celebración por los 50 años de Marshall Catering que llevaron adelante en el salón Vista Río ante empresarios y amigos de la familia gastronómica construyó Eduardo y hoy llevan adelante su legados sus hijos Guillermo, Marcelo y Santiago.
Su diagnóstico combina optimismo con una advertencia particularmente provocadora para empresarios e inversores: buena parte del capital todavía está esperando señales definitivas antes de apostar por Argentina. Pero esa prudencia también tiene un precio.
“Si el plan sale bien, vas a estar reseguro, pero las cosas van a valer el doble”.
Para Zuchovicki, allí puede estar una de las claves de lo que viene.
De bajar la inflación a conseguir que la economía crezca
El economista plantea que el Gobierno consiguió atravesar la primera parte de su programa y que ahora cambia el centro de gravedad. “La inflación está en el puesto número cinco en la preocupación de la gente”, sostuvo. Empleo, situación social, crecimiento y seguridad comenzaron a ocupar mayor espacio.
Por eso, señaló, comienza la “fase dos del plan económico”. Y esa fase tiene un indicador mucho más difícil de domesticar que la inflación: el Producto Interno Bruto.
La ecuación es conocida: consumo, inversión, gasto público y exportaciones, descontando importaciones. El problema es conseguir que esos motores comiencen a funcionar simultáneamente.
Zuchovicki destacó particularmente el desempeño exportador y energético, pero puso el foco en uno de los grandes interrogantes del modelo libertario: cómo crecer sin la obra pública tradicional financiada por el Estado.
“Sin obra pública no hay crecimiento. ¿De qué me sirve tener cobre si no tengo rutas para transportarlo?”, planteó.
La respuesta que observa es un giro hacia esquemas de participación privada. Durante su exposición mencionó procesos de licitación de miles de kilómetros de rutas y vinculó esa posibilidad con otro cambio decisivo: un riesgo país mucho menor que el de las etapas en las que financiar proyectos argentinos de largo plazo resultaba prácticamente imposible.
El RIGI y US$150.000 millones que todavía esperan
El segundo gran motor es la inversión. Y allí Zuchovicki introdujo una diferencia importante entre anuncios y dinero efectivamente desembolsado.
Según las cifras que presentó, existen alrededor de US$150.000 millones de proyectos anunciados, pero apenas unos US$9.000 millones comenzaron efectivamente a materializarse, principalmente en minería y energía.
¿Dónde está el resto? Esperando. Y no necesariamente porque los inversores desconfíen del programa económico actual.
Zuchovicki contó una conversación mantenida durante uno de sus viajes para buscar capital en mercados internacionales. La respuesta que recibió de un potencial inversor fue reveladora: no le interesaba solamente lo que hiciera un gobierno, sino comprobar si la sociedad argentina estaba dispuesta a convalidar ese rumbo.
La fecha marcada en el calendario es 2027. “Quiero ver en 2027 si la sociedad convalidó”, reconstruyó.
Para Zuchovicki, sin embargo, esa espera contiene una señal potencialmente muy favorable.
La gran diferencia con 2017
El especialista recurrió a una metáfora de trader para explicar por qué considera que la situación actual es diferente a la experimentada durante el gobierno de Mauricio Macri.
En 2017, buena parte del mercado que confiaba en Argentina ya había comprado activos argentinos. Estaba, en términos financieros, all in. Eso significaba que su siguiente movimiento potencial era vender. Ahora ocurre prácticamente lo contrario.
“Yo lo que escucho es que están todos con la guita esperando a ver cómo sale”, aseguró.
Es decir: muchos inversores internacionales permanecen afuera.
Si el programa fracasa, simplemente no habrán comprado. Pero si funciona y obtiene validación política y social, su próxima orden será necesariamente una orden de compra.
Ese es el punto que lleva a Zuchovicki a formular una de las frases más fuertes de su presentación: “Si sale bien, vas a estar reseguro, pero las cosas van a valer el doble”.
La discusión, entonces, deja de ser solamente económica. Pasa a ser una decisión sobre cuánto riesgo asumir antes de que aparezca la certeza.
“¿Quién de ustedes tiene todo en pesos?”
Otro de los puntos más provocadores de la exposición apareció cuando Zuchovicki cuestionó la idea de una devaluación inevitable.
“¿Quién de ustedes tiene todo en pesos?”, preguntó al auditorio.
Su razonamiento parte de una constatación: la sociedad argentina ya está fuertemente dolarizada patrimonialmente, mientras el Banco Central presenta una dinámica distinta a la observada en numerosas crisis anteriores.
“El Central compra dólares, no vende. Yo esperaría una devaluación si es artificial porque el Central vende, y el Central no vende: compra”, afirmó.
A eso agregó otro componente: la cantidad de pesos.
Durante décadas, buena parte de la dinámica argentina consistió en emitir moneda para financiar al Estado. Empresas y particulares intentaban desprenderse rápidamente de esos pesos antes de que perdieran valor.
Ahora, sostiene Zuchovicki, esa lógica comenzó a alterarse.
“Antes se emitía, emitía, emitía”, recordó.
Hoy observa una escasez relativa de pesos que modifica el comportamiento financiero y también la relación histórica de los argentinos con el dólar.
Para comprar dólares hacen falta pesos. Y esos pesos, remarcó, ya no se generan con la facilidad de otras épocas.
Cuando construir un edificio era una forma de comprar dólares
El cambio monetario permite entender además algunas anomalías que durante años parecieron normales.
Con controles cambiarios y dificultades para acceder al dólar, empresas y particulares buscaban diferentes mecanismos para sacarse los pesos de encima.
Uno de ellos era el ladrillo. “Como no podía comprar dólares y lo tenía prohibido, construían. Bancos construían, laboratorios construían”, recordó.
Algo parecido ocurría con el consumo. Cambiar el auto, adelantar una compra o adquirir cualquier bien durable podía funcionar como cobertura frente a la depreciación del peso.
Zuchovicki utilizó incluso una experiencia personal para graficar hasta dónde había llegado aquella distorsión.
Contó que compró un auto pagándolo por adelantado, que debía esperar cuatro meses para recibirlo y que ni siquiera tenía cerrado el precio final, porque terminaría pagando el valor vigente al momento de la entrega.
Y tampoco podía elegir demasiado el color.
La anécdota tiene un objetivo: mostrar hasta qué punto Argentina había naturalizado comportamientos económicos extraordinarios.
La competencia y la apertura empiezan ahora a invertir aquella relación.
El consumo no desapareció: se multiplicaron los vendedores
En la calle, uno de los mayores problemas actuales es el consumo. Pero Zuchovicki introduce una distinción entre lo que muestra el Excel y lo que percibe cada comerciante.
“Si yo miro un Excel, el consumo subió. Lo que pasó es que se multiplicó la oferta por tres”, señaló.
Venta online, importaciones, informalidad, redes sociales y nuevos canales comerciales atomizaron una demanda que antes se concentraba en menos jugadores.
Un vendedor operando por Instagram o WhatsApp puede competir ahora contra estructuras tradicionales que soportan alquileres, empleados, cargas sociales, impuestos y otros costos.
Eso provoca una paradoja: el volumen agregado puede no haberse derrumbado en la misma proporción que las ventas de determinados comercios, pero cada jugador tradicional siente que el mercado se desplomó porque hay muchos más participantes disputándose al mismo consumidor.
Y allí aparece otro problema: competir únicamente por precio contra productos fabricados a enorme escala puede ser una batalla perdida.
El auto chino y la pregunta del 10%
Zuchovicki utilizó el avance de los automóviles chinos como ejemplo de esa nueva competencia. Reconoció su calidad, tecnología y precio. Pero relató una conversación en una concesionaria tradicional que terminó modificando su decisión.
La palabra clave fue una sola: “Service”.
El argumento era sencillo. Existen numerosas marcas chinas compitiendo globalmente, pero nadie puede garantizar cuáles sobrevivirán dentro de diez o veinte años.
Frente a eso, una empresa instalada hace décadas puede ofrecer algo que no necesariamente figura en la ficha técnica del producto: servicio posventa, repuestos, respaldo y permanencia.
La pregunta que le hicieron fue concreta: ¿qué sobreprecio estaría dispuesto a pagar por esa seguridad?
Su respuesta fue: 10%. “¿Qué le estoy comprando? Servicio”, resumió.
Para las empresas argentinas, allí aparece una posible hoja de ruta.
“No voy a poder competir en escala y por precio. Sí en servicio, sí en diseño, sí en calidad”.
El desafío no consiste entonces solamente en reclamar protección frente a las importaciones, sino en encontrar aquello que la escala industrial asiática no puede replicar fácilmente.
Dos Argentinas: el humor del AMBA y el del interior
La percepción sobre el consumo tampoco es uniforme geográficamente. Zuchovicki marcó una diferencia importante entre el Área Metropolitana de Buenos Aires y buena parte del interior.
En el AMBA, explicó, durante años los servicios públicos representaban alrededor del 6% del salario gracias a los subsidios. Con su reducción, esa proporción escaló hacia 17% o 18%.
Aunque el salario real mejore, una parte considerable del ingreso adicional termina destinada a electricidad, gas, transporte y otros servicios.
Eso explica parte del mal humor. Pero su lectura cambia al alejarse de Buenos Aires. “Ustedes nunca tuvieron subsidio, con lo cual la suba de salario fue real”, dijo ante el público rosarino.
Si el ajuste tarifario más importante ya ocurrió, su hipótesis es que las próximas mejoras salariales podrían comenzar a traducirse en mayor ingreso disponible para consumo.
“El crédito es justicia social”
Pero para Zuchovicki hay un motor todavía más importante. El crédito. Argentina presenta una anomalía gigantesca en comparación internacional.
Durante su exposición señaló que el crédito representa aproximadamente 15% del PBI argentino, contra cerca del 64% del promedio mundial, 76% en Brasil y 104% en Chile.
“El crédito es justicia social porque me permite adelantar el consumo”, sostuvo.
La frase puede resultar provocadora, pero detrás aparece un razonamiento concreto: una familia que sólo puede consumir con el dinero que ya acumuló tiene muchas menos posibilidades de acceder a una vivienda, un vehículo o una inversión de largo plazo.
El problema argentino es además estructural. Si los bancos captan depósitos a 30 días, resulta extremadamente difícil prestar dinero a 20 o 30 años. Por eso Zuchovicki puso especial atención en la aparición de inversores institucionales de largo plazo.
Del FAL a los seguros de retiro: quién pondrá la plata para las hipotecas
Entre esas herramientas destacó el Fondo de Asistencia Laboral (FAL), asociado a la reforma laboral, y los incentivos para los seguros de retiro.
Más allá de bromear durante la presentación con los nombres y siglas utilizados para las reformas, el economista puso el foco en el mecanismo financiero.
La acumulación de fondos de largo plazo puede generar inversores capaces de colocar recursos con horizontes de 20 o 30 años.
Y esa es precisamente la materia prima que necesita un verdadero mercado hipotecario.
A eso se suma otro cambio: el Estado dejó de absorber buena parte del financiamiento disponible.
“Se corrió el Estado como tomador de dinero. Entonces los bancos y los mercados de capitales nos tenemos que ocupar de ir a buscar a la economía real”, explicó.
Si ambas condiciones se consolidan —ahorro de largo plazo y menor demanda financiera estatal—, empresas y familias podrían recuperar un acceso al crédito prácticamente desaparecido durante décadas.
Empleo: seis millones privados frente a una estructura que cambió
La transformación también llega al mercado laboral. Zuchovicki describió una estructura compleja: alrededor de 6 millones de trabajadores privados registrados, 3,4 millones de empleados públicos, 3,2 millones de monotributistas y unos 5,8 millones de trabajadores informales.
Pero para él existe un cambio todavía más profundo que las estadísticas.
Cambió lo que las nuevas generaciones esperan de un trabajo.
Para demostrarlo hizo una suerte de encuesta espontánea entre los asistentes.
Propuso elegir entre dos empleos con igual salario y carga horaria: uno en una corporación centenaria, rentable y cotizante en Bolsa; otro en una startup recién creada.
La preferencia por la startup fue contundente. “Es rarísimo. ¿Por qué? Porque la corporación no contiene”, reflexionó.
Más autonomía, flexibilidad, posibilidad de viajar, emprendimiento e independencia comienzan a competir contra la vieja promesa de estabilidad de la gran empresa.
Para Zuchovicki, la reforma laboral debe analizarse también desde esa transformación cultural, y no solamente desde la tradicional confrontación entre empleados y empleadores.
Propiedad privada y otra anomalía argentina
La exposición ingresó finalmente en un terreno todavía más sensible: la seguridad jurídica y la relación entre acreedores y deudores.
Zuchovicki recordó una conversación mantenida años atrás con una ejecutiva estadounidense durante la etapa de nacionalización de YPF.
A partir de aquella experiencia planteó una comparación provocadora entre Estados Unidos y Argentina.
Su argumento es que, en economías donde la propiedad privada y los contratos tienen una protección muy fuerte, existe una mayor previsibilidad respecto de las consecuencias de incumplir una obligación.
Argentina, en cambio, acumuló una larga historia de crisis, pesificaciones, cambios contractuales y decisiones excepcionales que terminaron moldeando el comportamiento económico.
Por eso lanzó una definición deliberadamente incómoda: “En Argentina siempre te conviene estar endeudado porque, si hay una crisis sistémica, lo van a pesificar”.
Más que una recomendación financiera, la frase apunta a describir los incentivos perversos creados por décadas de crisis y cambios de reglas.
Y ese problema conecta directamente con su defensa del crédito: para que alguien preste a treinta años, no alcanza con bajar la inflación. Tiene que confiar también en que las reglas que existen cuando entrega el dinero seguirán vigentes cuando llegue el momento de recuperarlo.
La fase dos se juega en las empresas
Allí aparece quizás la conclusión más importante de la exposición de Zuchovicki. La primera etapa del programa económico podía medirse en variables macroeconómicas: déficit fiscal, emisión, inflación, reservas o riesgo país. La segunda se jugará mucho más abajo. En las empresas. En sus márgenes. En cuánto venden. En cuánto pueden financiarse. En si consiguen invertir. En cómo compiten contra las importaciones.
Y en su capacidad para abandonar hábitos empresariales construidos durante décadas de inflación, subsidios, restricciones y mercados cerrados. El propio Zuchovicki lo planteó ante los empresarios presentes: muchos hoy deben “laburar el doble para ganar lo mismo”.
Sin inflación que licúe determinadas ineficiencias y con consumidores capaces de comparar precios en segundos, la productividad vuelve al centro del negocio.
La economía argentina entra así en una etapa paradójica.
Por un lado, todavía hay inversores esperando, consumo golpeado, informalidad elevada y enormes interrogantes políticos. Por otro, Zuchovicki observa dólares que comienzan a generarse genuinamente, un Banco Central comprador, menos pesos disponibles, un Estado que libera financiamiento para el sector privado y la posibilidad de reconstruir un mercado de capitales de largo plazo.
El interrogante ya no es únicamente si el programa económico puede funcionar. Es cuándo estará cada empresario o inversor dispuesto a creer que funciona. Porque esperar ofrece seguridad.
Pero, como advirtió Zuchovicki en Rosario, si finalmente el escenario positivo se confirma, para entonces “las cosas van a valer el doble”.

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