Caminar por el área céntrica de Rosario, en el laberinto de sus icónicas galerías, es encontrarse con una enorme cantidad de locales dedicados a vender esencias, perfumes y afines. En las calles abundan los negocios que ofrecen velas de soja, sahumerios y difusores de vainilla o lavanda. Ante el evidente avance de este mercado, el conductor Fabio Rodríguez abrió el juego en su programa Domingo para armar, por Radio 2, con una consigna directa para los oyentes: "¿Cómo era esto antes?". La respuesta inmediata de la audiencia desencadenó una fuerte fiebre recuerdista, revelando que todo el mundo tiene algo para decir sobre un aroma que lo transporta a otra época y demostrando que la ciudad tiene una memoria que, más que leerse, se respira.
Los hogares de la ciudad
Antes de que la aromaterapia se volviera una industria ligada a la decoración y el bienestar, y mucho antes de que el jaboncito aromático o el difusor reemplazaran al repasador como el regalo estándar para quedar bien, la aromatización de las casas era una cuestión puramente doméstica. Para enmascarar los olores después la cena, la sabiduría popular dictaba sacrificar cáscaras de naranja directamente sobre el fuego azul de las hornallas.
El público del programa compartió sus viejas costumbres. Una de las prácticas más recordadas era poner a hervir una olla con hojas de eucalipto. Entre los testimonios, una oyente de 80 años relató que su madre limpiaba con abundante lavandina y le pedía no tirar las cáscaras de cítricos para poder quemarlas en la cocina. A esto se sumaban otras tácticas hogareñas, como el secado de pétalos de rosa o el uso del agua florida.
El centro y las galerías
En las entradas a las galerías de Rosario, el peatón era recibido por el abrazo cálido del café tostado y el inconfundible olor a "carlitera". Otro recuerdo urbano nos lleva a la Galería Sudamérica, ubicada a la izquierda del Palace Garden. Quienes se adentraban en ese submundo de ferias americanas, se encontraban con una fuerte mezcla de olor a café y pachuli. El pachuli no era un simple aroma, sino el lenguaje de la cultura hippie, íntimamente ligado a la transgresión.
En esa galería funcionaban locales míticos como "La Mandrágora", "Performance" y el primer espacio de la disquería Utopía. Fue allí donde muchos rosarinos compraron sus primeros inciensos, en una ciudad más ligada a la contracultura de los años 80 y 90. Este mapa también incluía al mercado de pulgas de la Plaza Pringles durante los años 80, donde se ofrecían inciensos junto a los clásicos pantalones y vestidos de bambula.
La identidad olfativa de los barrios
Más allá del ámbito doméstico, Rosario tiene aromas inconfundibles que conforman un género propio dentro de su identidad. La charla trajo a la memoria la antigua fábrica de dulce de leche San Ignacio, ubicada en 3 de Febrero y Alvear, y sus chimeneas que endulzaban el aire de todo el barrio.
Sergio, de Zona Oeste, recordó sus días de escuela en la Juana Manso, en calle Mitre, entre Viamonte y La Paz; al salir, los alumnos pasaban por la fábrica de cucuruchos Pennisi, en el barrio Abasto, donde el aroma a oblea horneada era insustituible. Continuando por esta cartografía invisible, nos encontramos con Echesortu, que estaba marcado por el humo tentador de las parrillitas y el característico olor a achuras; o también, por las estelas que dejaban los negocios de chocolaterías y especias, como por ejemplo, la que desprendía la mítica empresa Bonafide.
En el tiempo presente, la ciudad sigue emanando olores que la definen. Caminar por la peatonal Córdoba garantiza encontrarse con el clásico olor a praliné, esquinas como Santa Fe y Presidente Roca desprenden un intenso aroma a café de especialidad, y en los barrios sigue intacto el olor a facturas cerca de las panaderías.
Como bien sintetizó una oyente de Villa Constitución, al ingresar a la ciudad se siente de forma inmediata lo que es el "olor a Rosario", ese aroma que es un puente hacia nuestra historia.



