La imagen nocturna de aquel helicóptero tomando vuelo desde la casa Rosada con María Estela Martínez de Perón arriba, todavía hoy me impacta. Posiblemente por aquello de "una imagen puede con mil palabras”. Posiblemente. Esa foto tomada desde abajo, con el aparato apareciendo casi por detrás de la Casa de Gobierno, no deja de conmoverme. A la luz de lo sucedido luego, puede que esto suene a entelequia, o superfluo nomás. Igual nunca pude comprender porque esa instantánea llega a mí cada vez que hablamos de toda la dictadura. Algunos me dirán que por un inconsciente orden correlativo. Si se quiere, en los hechos pragmáticos fue lo primero. En lo factico sabemos que no. Puede que la cerrada oscuridad del cielo de ese día sea lo que me atrape. La noche de los tiempos nos anunciaba también en esa imagen lo peor por venir.
Las metáforas hacen agua en el cruel campo de la detención, tortura, muerte y desaparición. Feroz y clandestino todo. Las frases lúgubres acechando en el alma del pueblo triste y derrotado. Saben del dolor y la inquina. Jirones de piel machucada por la picana estatal y represiva. Venas abiertas inundando de sangre los campos de concentración que tienen silueta de mapa nacional y se parece al nuestro. Cuerpos enjutos volando en cielos ignominiosos, tragados por mares carnívoros. Océanos de rabias devorándose la revolución soñada.
Al hombre nuevo. Al sentido común. A la patria solidaria y socialista. Utopías cazadas por “doctrinas de seguridad nacional”. Mentes castradas repitiendo hasta el doloroso hartazgo eso de que "los argentinos somos derechos y humanos”. Escondidos en la crueldad del “algo habrán hecho” que repite el repetidor impunemente.
Mientras alguien -militares en todas sus faunas y jaurías- se afana un pibe. La más impúdica inmoralidad en su macabro esplendor. Placenta, leche y piel derramada en el rincón más atroz de la patria fusilada. Madres y Abuelas rondando la plaza solitaria (aquella que los mismos asesinos una vez bombardearon). Atravesando el dolor. Rompiendo los cercos de silencios y mentiras. Capitaneando la resistencia. Llorando en soledades concurridas de tantas muertes. Sufriendo aquello que llegó y se quedó en conciencias y negociados. En conciencias y negaciones. En conciencias y olvidos.
Llego para seguir defendiendo la mucha guita de pocos. Golpe clasista. Gran parte de los 30 mil desaparecidos fueron trabajadores, delegados sindicales y activistas de base. Empresas transnacionales y nacionales colaborando con los militares para identificar y eliminar a activistas sindicales. Donde se impuso la Ley de Asociaciones Profesionales, que limitó la cantidad de delegados y se aprobó la Ley de Prescindibilidad para despedir masivamente a empleados públicos. Pata civil que todavía hoy pulula y prolifera. Pata civil que supo reciclarse en gobiernos democráticos que mintieron para defenderla, hoy nuevamente en la impúdica cresta de la ola; “La guita de todos en unos pocos”. El poder económico cuidado a domicilio por el propio establishment.
No mataron porque sí. No nos protegían de monstruos rojos/bolches/comunistas. Era y es por plata. Siempre fue así. También en aquellos tiempos de “Plan Cóndor” y “Patios traseros”.
Ni olvido, ni perdón. Nunca más. Son 30 mil. Memoria. Verdad. Justicia
Muchísimos argentinos marcharemos en defensa de la memoria, la memoria donde ardía. La memoria como verbo y músculo. La memoria como defensa de la única verdad en esta historia. Verdad que nos vincula con la justicia inexorable.



