Hay experiencias que no terminan cuando se sale de la escuela. El bullying es una de ellas. Cada 2 de mayo se conmemora el Día Internacional contra el Acoso Escolar, una fecha que busca visibilizar una problemática que atraviesa a chicos y chicas en todo el mundo, pero que muchas veces se minimiza, se naturaliza o se llega tarde.

En esta fecha tan especial y sensible, Rosario3 reunió las historias de Galo, Julieta, Nicolás y Candela. No son excepciones ni casos aislados. Son distintas formas de atravesar lo mismo: la violencia sostenida en el tiempo, el aislamiento, la falta de intervención y, también, las maneras en las que cada uno pudo —o puede— reconstruirse. Y lo que aparece en todos los casos no es solo lo que pasó en ese momento, sino lo que quedó después.

Galo: cinco minutos de risa y una herida para toda la vida

“La ambulancia vino más de 100 veces en horario escolar por mí”, cuenta Galo recordando su primer año del secundario. El bullying empezó por lo verbal, juzgándolo por su físico. De contextura delgada, le tocó afrontar cargadas como “puro hueso”. Le preguntaban si en su casa comía. Incluso llegaron a criticar su sonrisa y, como consecuencia, dejó de reír. “Al ver que no me defendía, empezó a escalar”.

Lejos de parar, la violencia se intensificó hasta llegar a lo físico: “Me llegaron a abrir un paraguas en el ojo, me lo cortaron. Se me tiraban en las rodillas, porque tenía un problema en las articulaciones”.

Empezó boxeo. No porque le gustara, sino para prepararse y, en algún momento, defenderse. Ese momento llegó. Galo cuenta que primero intentó hablar. Los invitó a que frenaran, a poner un límite sin violencia. Pero la respuesta fue la de siempre: un empujón más. Esta vez respondió.

Galo compartió su historia de bullyng
Galo compartió su historia de bullyng

“Fue el recuerdo de tantas veces: el empujón y saber que después venía la agresión, el estar arrinconado contra la pared”, cuenta. “Sabía que si no ponía un límite, no iba a haber otra oportunidad”.

Durante años, la marca no fue solo un recuerdo. También estuvo en el cuerpo. Recién el año pasado -cuenta- se animó a sacarse la remera en una pileta sin pensar en la mirada de los demás. “El momento de risa puede durar cinco minutos, pero la herida dura toda la vida”, reflexiona. “Siempre hay que hablar. Siempre hay que buscar ayuda”.

Hoy Galo tiene 28 años. Es kinesiólogo y dirige entrenamientos. Cada vez que un paciente dice que quiere cambiar su cuerpo por cómo lo ven los demás, insiste en lo mismo: hacerlo por uno, no por las críticas.

Julieta: querer pertenecer, incluso cuando duele

Julieta tiene 26 años, se dedica a la terapia ocupacional y es maestra de teatro. Su historia con el bullying empezó en el jardín y siguió hasta cuarto grado. “Era gordita, me gustaba mucho comer”, dijo al empezar a contar, como una forma de resumir lo que durante años fue motivo de burlas constantes.

Juli se considera una persona amiguera, de esas que hacen amigos en cualquier lado: en un viaje, en una plaza, en cualquier espacio. Pero en la escuela fue distinto. Ahí, hacer amigos fue imposible. Era la época en la que Patito Feo dominaba todo y, como en tantas otras escuelas, los cursos se dividían entre “Las Populares” y “Las Divinas”. Estas últimas eran un grupo reducido, difícil de alcanzar. Y todo lo que ella quería era pertenecer.

Sentía que era mi puerta de entrada a tener amigos, a tener con quién jugar, con quién pasar el tiempo en el recreo”, recordó.

Pero la escuela, durante muchos años, no fue solo soledad, sino algo más pesado. Un lugar hostil. Un calvario. Hubo agresiones físicas, pero sobre todo psicológicas, constantes, sostenidas en el tiempo. “No te invitaban y te dejaban bien en claro el por qué”, dijo. En cuarto grado, sus papás decidieron cambiarla de turno tarde a turno mañana y, según cuenta, ahí “aflojó un poco todo”. Sin embargo, lo que queda no siempre es visible ni se va tan fácil.

Julieta contó su historia en Rosario3
Julieta contó su historia en Rosario3

A los 11 años quiso empezar a ir a una nutricionista. “Quería estar bien para Carlos Paz, era muy chiquita”, dijo. Ese fue el comienzo de un trastorno alimenticio con el que hoy siente que tiene que “aprender a vivir”. Hubo épocas en las que inventaba excusas para no ir a juntadas con amigas y así evitar comer, momentos de angustia, de llanto y de incomodidad con su propio cuerpo. Todo eso atravesado por años de trabajo en terapia.

Hoy, Juli es una mujer con una sonrisa radiante y una energía que sorprende, pero su historia sigue estando ahí, presente de otra forma. “Siento que si en ese momento los adultos hubieran hablado más, las cosas hubieran sido distintas”, reflexionó. También hay algo que la moviliza hacia adelante: no reproducir esas inseguridades en los chicos que la rodean, en su sobrina, en sus alumnos, en cada espacio que habita.

Candela: repetir para sobrevivir al bullying

Candela tiene 26 años, pero cuando recuerda, vuelve a ese momento. A un límite en el que sintió que no podía seguir en ese entorno. En medio de esa situación, le planteó a su familia la necesidad urgente de un cambio y tomó una decisión que marcaría su recorrido: repetir el año, no por lo académico, sino como una forma de salir de un contexto que se había vuelto insostenible.

El bullying había empezado mucho antes, en la primaria, con insultos y burlas constantes, pero fue en la secundaria donde la violencia escaló. Uno de los episodios más duros ocurrió en un cumpleaños de 15.

“Me invitan a una quinta, me tiran a la pileta y ahí empezó todo. Esa noche tenía miedo de quedarme dormida. Me sacaban fotos, me decían barbaridades… y un hombre más grande se metió en el baño y me manoseó”.
Lo que pasó esa noche no terminó ahí. Siguió en redes sociales.

Un familiar suyo hizo una publicación contando lo sucedido. La reacción fue inmediata: sus compañeros la expusieron y la responsabilizaron. “Decían que no me haga la santa, que yo me había metido en el baño con un varón”.

Volver al colegio, lejos de calmar la situación, empeoró. “Me empezaron a pegar, a decirme buchona, que para qué hablaba”. La respuesta institucional fue mínima: “El colegio lo único que dijo fue que borren los comentarios de Facebook porque, si no, iban a sancionar”.

Mientras tanto, la violencia seguía. Golpes en los baños, empujones en las escaleras y amenazas constantes para que no hablara con las autoridades.

Todo primer año transcurrió así. Repetir tampoco significó empezar de cero. “Volví a ser el centro de burlas porque repetí. Era la ‘burra’. Nadie entendía que repetí porque estaba en juego mi vida”.

Candela contó su historia
Candela contó su historia 

Candela recuerda esos años como una mezcla de dolor y resistencia. “Creo que en un momento me hice más fuerte”, dice. Ese cambio empezó cuando decidió intervenir para defender a otra compañera: “La estaban tratando muy mal y yo me planté. Me peleé con todo el curso”. Desde entonces, la violencia bajó, aunque nunca desapareció del todo.

En ese proceso, su familia fue un sostén constante, incluso evaluando la posibilidad de denunciar. Aun así, el sentimiento de soledad persistía: “Sí, me sentí sola. No sabía con quién hablar. Sentía que no había nada más para hacer”.

Hoy, con distancia, piensa en esa adolescente que fue. Si pudiera decirle algo, no duda: “Que hable más, que sea más firme y que le conteste a la gente que la trataba mal”.

Nicolás: sobrevivir y encontrar otro lugar

Nicolás tiene 32 años y trabaja en coordinación de postproducción. Cuando habla de su experiencia con el bullying, lo hace desde un lugar donde los recuerdos aparecen difusos, fragmentados, como si durante mucho tiempo hubiera intentado dejarlos atrás. “Desde el jardín”, dijo, ubicando ahí el inicio de una etapa marcada por la violencia, aunque sin poder —o sin querer— reconstruirla con precisión.

No entra en demasiados detalles, pero lo que dice alcanza para dimensionar lo que vivió. “Me recagaban a palos, básicamente”, resumió. La violencia era constante: dentro de la escuela, a la salida e incluso dentro del aula. No había un espacio donde pudiera sentirse a salvo, ni momentos de descanso dentro de esa rutina. Era algo que se repetía todos los días.

En medio del relato aparece una escena puntual, que irrumpe con fuerza: “Una vez me clavaron un clavo oxidado acá”, dijo, señalándose la mano. Lo cuenta sin énfasis, casi liviano, pero lo que describe deja ver la gravedad de lo que atravesó. Como si el cuerpo hubiera registrado todo con más claridad que la memoria.

También aparece la soledad, el estar solo de manera permanente y ser el objetivo de la crueldad de otros. No había grupo, ni refugio, ni alguien que interviniera a tiempo. “Muchas veces pensé que de esa no salía”, dijo, y en esa frase se cuela algo más que un recuerdo: el miedo real de tener que enfrentar cada día en ese contexto, sin saber qué podía pasar.

La historia de Nicolás, reconstruida por Rosario3
La historia de Nicolás, reconstruida por Rosario3

Durante mucho tiempo, lo que hizo fue intentar dejar eso atrás. No hablarlo, no volver, no revisarlo. Como una forma de seguir. Pero el impacto quedó, incluso en la dificultad para reconstruir hoy esos años con claridad, como si hubiera partes que todavía cuesta mirar de frente.

Con el tiempo, algo empezó a cambiar, aunque no dentro de la escuela sino por fuera. El teatro fue uno de esos espacios donde pudo encontrarse con otra versión de sí mismo, con otros vínculos y otras formas de habitar lo que le pasaba. Un lugar donde no era el blanco, donde podía expresarse y correrse de ese lugar al que había quedado reducido durante años.

Si hoy pudiera hablar con el “Nico de chiquito”, lo tiene claro: “Que no tenga miedo, que todo va a estar bien”, dijo. No como una frase hecha, sino como algo que en ese momento necesitaba escuchar.

No hay una única forma de atravesar el bullying, ni una sola manera de salir de ahí. En estas historias aparecen respuestas distintas: defenderse, cambiar de entorno, hablar, reconstruirse en otros espacios. Pero también aparece algo que se repite: el peso que tiene lo que no se dijo a tiempo.

El acoso escolar, una problemática de todas las época. 
El acoso escolar, una problemática de todas las época. 

El rol de los adultos, de las instituciones y de los entornos cercanos no es secundario. Muchas veces, lo que marca la diferencia no es solo lo que hacen quienes agreden, sino lo que hacen —o no hacen— quienes miran.
Años después, las marcas siguen ahí, de distintas formas. En el cuerpo, en los vínculos, en la forma en que cada uno se percibe. Pero también hay algo más: la posibilidad de nombrarlo, de ponerlo en palabras y de que esas experiencias no queden solo en el pasado, sino que sirvan para interpelar el presente.

Porque si algo queda claro en estas historias es que el bullying no es un momento. Es un proceso. Y lo que se haga alrededor, mientras sucede, puede cambiarlo todo.