Holly Shearer tenía solo 15 años cuando, en noviembre de 2001, tomó la durísima decisión de dar a su hijo en adopción. Veinte años después, tras contactarlo por redes sociales, descubrió que ambos compartían el mismo lugar de trabajo en el Hospital St. Mark de Salt Lake City, en Estados Unidos.
Durante años, Holly mantuvo el vínculo a través de fotos y cartas que le enviaban los padres adoptivos, Angela y Bryan Hulleberg, pero con el tiempo el contacto se cortó. Sin embargo, ella nunca le perdió el rastro: cuando el joven cumplió 18 años, logró localizarlo en las redes sociales. Por temor a irrumpir bruscamente en su vida, se limitó a seguir sus pasos a la distancia hasta que, el día en que Benjamin cumplió 20 años, decidió enviarle un mensaje por Messenger presentándose.
Por su parte, Benjamin Hulleberg también rastreaba su origen. Se había realizado testeos de ADN e inscrito en registros de adoptados sin obtener resultados positivos, hasta que recibió ese mensaje, que lo cambió todo mientras operaba una máquina en una fábrica.
El dato más llamativo surgió durante la primera cena de reencuentro. Al charlar sobre sus rutinas, se dieron cuenta de que llevaban dos años caminando por los mismos sectores del Hospital St. Mark.
Ella se desempeña como asistente médica en el Centro de Estudios del Corazón mientras que él realizaba tareas de voluntariado en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales.
Las ventanas de la oficina de Holly daban directamente al pabellón donde Benjamin prestaba servicio. Por la coincidencia de sus horarios, es casi un hecho que se cruzaron infinidad de veces en el estacionamiento o en la cafetería del centro de salud sin saber quién era el otro.
Actualmente, la relación entre ambas familias es de absoluta armonía. El joven no solo estrechó vínculos con Holly, sino que también conoció a sus dos medios hermanos menores. Lo que comenzó como una entrega dolorosa hace 20 años, hoy se transformó en una familia ensamblada que sanó a través de un pasillo de hospital.



