Es justo dar por fecha de nacimiento de este subgénero de la comedia el año 1972, con los estrenos de la versión animada de Fritz el gato y la aún hoy extrañísima película de culto Pink Flamingos (de John Waters).

La primera es una adaptación del comic de Robert Crumb. Fritz era una especie de versión hard de Condirito (o al revés). En cada historieta el gato podía ser rico, pobre, famoso, o un desperdicio de vida, pero siempre era un sexópata adicto a los alucinógenos.

Pink flamingos, por su parte, es una película norteamericana de bajo presupuesto con hippies locos, travestis, muchachos que venden heroína a niños y venden bebés a parejas de lesbianas. La película es sobre todo recordada por una escena en la un perro come sus propias deposiciones (yo no puedo permitirme ser muy grosero… snif). Y como siempre pasa con estas cosas, el oído pacato se erige prejuiciosamente contra estas expresiones y encuentran casi como único argumento el despotricar contra la nueva generación que lo practique.

Pero nada es de generación espontánea y en el humor grosero es posible encontrar comparaciones de lo más interesantes. Por ejemplo en los años 30 Henry Miller describía, en Trópico de cáncer, cómo un personaje se masturbaba con una manzana ahuecada. Setenta años más tarde se estrenaba American Pie, en la que un personaje se masturba con un pastel.

Claro que esta comparación me puede hacer merecedor de insultos tanto por parte de aquellos pacatos, como de los pretenciosos intelectuales que no podrán soportar se compare a Miller con una sencilla comedia americana. Pues mejor que lo sepan soportar porque todos estos libros y películas lo único que hacen es valerse del humor grosero para que nosotros, sus estúpidos y sumisos consumidores, podamos sortear algunas de las tantas barreras que nos reprimen en la cotidianeidad. Sumergidos en ese universo de ficción que nos plantean podemos hacer frente al asco. Y al cabo que el asco es sólo uno más de los elementos culturales y no naturales que hacen al hombre.