Damián Schwarzstein

El sonido de los helicópteros aún retumbaba en los oídos. La noticia del desembarco de Berni y sus gendarmes ya había corrido por distintas vías, hasta convertir casi en inexistente el anuncio del paro general del día siguiente. La adolescente de 16 años, siempre curiosa, disparó la pregunta: "Si atacan los bunkers, ¿se terminan el narcotráfico y la violencia?".

Está claro que hacía falta una intervención fuerte en las barriadas rosarinas, estragadas por una violencia que, justamente, se estructuró y multiplicó a partir de los pequeños quioscos de venta de droga. Esos puestos se reprodujeron como moscas en los últimos años, y marcaron la decidida influencia que el narcotráfico ganó en la vida cotidiana y en la economía de esos lugares donde se fue consolidando una ley propia, en la que los conflictos –en su mayoría por el territorio para desarollar el "negocio"– se dirimen a sangre y fuego.

Pero aunque se tire abajo el último búnker y se mantenga una suerte de ocupación militar en los barrios más complejos, el narcoráfico va a encontrar las ventanillas desde donde proveer a un mercado, el de los consumidores, donde la demanda, alimentada desde todos los sectores sociales y no sólo desde las clases más bajas, no deja de crecer.

Entonces, ¿no es momento de plantear nuevas estrategias globales, de cambiar por fin un paradigma largamente fracasado en todo el mundo como lo es el de la "guerra a las drogas"?  

Es extraño que este debate que hace tiempo avanza en países más y menos desarrollados no haya aparecido en estos días en que todo el mundo se pregunta qué pasará después de los operativos de saturación que encabezan las fuerzas federales que vinieron a "pacificar" Rosario.

Hoy cualquier estrategia en serio para terminar con el narcotráfico, principal fuente de financiamiento del crimen organizado, debe al menos poner en debate el tema de la despenalización de, al menos, el consumo y el cultivo de marihuana. Aunque no les caiga simpático a quienes compran cualquier discurso de mano dura.

La realidad es que la prohibición nunca sirvió para frenar el aumento del consumo y, a la vez, es lo que genera un trafico ilegal que mueve montañas de dinero y en torno al cual se desarrolla una violencia que resulta más mortal que las propias sustancias. La legalización quitaría plata y poder en las manos de las mafias que ahora explotan el negocio justamente porque es ilegal.

Pero, además, la prohibición iguala todo: la marihuana, el paco, la cocaína, el éxtasis, están uno tan prohibido como los otros. Pero no son lo mismo.

Veámoslo con enfoque de padre de clase media. Hoy para cualquier joven que sale a divertirse en la noche rosarina las drogas, aunque estén prohibidas, son de fácil acceso. El consumo es bien alto entre ellos, y no sólo de marihuana. Se puede ser necio y negar esta realidad. O bien pensar que la actual situación los expone al contacto con un entorno de delincuencia que sería preferible evitar.

Otra cosa: el que vende, aunque sea pequeño, es un eslabón de la cadena delictiva, y ofrece todos los "productos": un porro, una pastilla de éxtasis o un papel de cocaína llegan a través del mismo proveedor minorista. Despenalizar la marihuana, cuyos efectos negativos son infinitamente menores a los de otras sustancias, sería todo un mensaje hacia lo real: no todo es lo mismo.

Un argumento recurrente contra la despenalización de la marihuana es que se trata de la droga de iniciación que luego abre la puerta a otras drogas más dañinas. Algo que es cierto, pero en gran parte porque el consumidor que quiere fumar un porro entra en contacto con un proveedor que, como cualquier comerciante, le va a querer vender luego un producto más caro.

Otra cuestión es la de la calidad de lo que se consume. ¿Con qué mezclan los traficantes la droga que le venden a nuestros pibes? ¿Cómo la estiran? Y se sabe que, en este punto, los sectores sociales de menores ingresos son los que más riesgos asumen. Si efectivamente se cambia el enfoque policial y se toma la cuestión de la droga como un tema de salud, este es un punto al que prestarle particular atención: la prohibición afecta la salud pública que dice defender.

Hoy, con el nivel de penetración que han logrado las drogas, pensar en la erradicación es imposible. Por diversión, sufrimiento, curiosidad, snobismo, desesperanza, o lo que sea, son cada vez más los que, para decirlo con todas las letras, quieren drogarse. El Estado debería hacerse cargo de esto y desplazar al narcotráfico no sólo del territorio, como aparentemente lo viene haciendo en estos días en Rosario, sino también de la administración en su integralidad de un problema que debe enfocarse desde todas las aristas, no sólo desde la represión. Es lo que se propone, por ejemplo, el cercanísimo Uruguay.

¿Están nuestros políticos, siempre tan pendientes de las encuestas de opinión pública, dispuestos a asumir el desafío?