El alcohol ha desaparecido de uno de los hoteles más lujosos de El Cairo, el Grand Hyatt, último episodio del puritanismo que va ganando la calle en esta ciudad que un día fue cosmopolita y se quiso codear con París.
El propietario de este hotel, con unas vistas inmejorables pues está situado en la punta de una isla sobre el Nilo, es el saudí Abdelziz Ibrahim, quien ha decidido unilateralmente que en los doce restaurantes y varias cafeterías del hotel ya no se servirá alcohol.
Ibrahim, que no ha hecho públicas sus razones (su representante en El Cairo se ha negado a hablar), ya ha protagonizado en el pasado otros episodios de esta particular cruzada contra el líquido del pecado, en concreto en Túnez.
El "restaurante giratorio" que ha hecho famoso al hotel Grand Hyatt porque desde el piso 41 da una vuelta completa para que los comensales puedan ver la ciudad desde todos sus ángulos, sirve ya sus cenas con cerveza sin alcolhol y zumos de naranja.
Según dijo a Efe la portavoz del ministerio de Turismo, Hala al Jatib, es muy probable que la prohibición acarree al hotel la pérdida de su categoría de cinco estrellas, pues el reglamento hotelero en Egipto especifica que los establecimientos de cuatro y cinco estrellas "deben incluir" zonas donde se sirve alcohol.
Islam
El alcohol está prohibido en el Islam, y las interpretaciones más rigurosas sostienen que esta prohibición no se refiere solo a su ingestión, sino que incluye aspectos como fabricarlo, venderlo, servirlo, transportarlo e incluso compartir mesa con quienes lo consuman.
En Egipto, país con una importante comunidad copta (de algo más de ocho millones de personas), el alcohol ha quedado prácticamente restringido a los hoteles y los restaurantes de lujo.
Por esa razón, los turistas no se dan cuenta de que la "ley seca" comienza a imponerse socialmente en el país.
Por ejemplo, la aerolínea Egypt Air hace tiempo que no sirve alcohol en sus aviones; las comidas y cenas oficiales se riegan con zumo y agua; los restaurantes no pueden servir alcohol en el mes sagrado de Ramadán a los nacionales (aunque sean cristianos), y así el acoso a las bebidas espirituosas no cesa.
Los supermercados no venden vino ni cervezas, los bares están desapareciendo de la ciudad, y en general la buena educación manda no pedir alcohol en casa de un musulmán, salvo que sea un artista o un bohemio.
En las sociedades musulmanas, tan pendientes de las apariencias, es importante que el alcohol, aunque exista, no sea visible.


