Guillermo Ghergo
En mayo de 1810 hubo una revolución porque “se impuso un nuevo régimen de legitimidad política que cambió la vida de los hombres para siempre”. Así interpreta los acontecimientos de hace 200 años, la historiadora rosarina Marcela Ternavasio, quien además prefiere denominar como “década revolucionaria” al período que se extiende hasta 1820 (y que incluye la declaración de Independencia de 1816).
Sin embargo, la investigadora aclara que los protagonistas de esos sucesos no tuvieron muy claros sus objetivos desde el comienzo y que las relaciones de fuerzas internacionales fueron determinantes en la formación del denominado “primer gobierno patrio”.
¿La revolución fue una revolución? ¿Qué pasó realmente el 25 de mayo de 1810? ¿Por qué pasaron seis años para que se declarara la Independencia? ¿Qué intereses movían a los protagonistas de la Primera Junta? ¿Cómo se convocó al Cabildo Abierto? ¿La revolución fue un fenómeno porteño? ¿El pueblo participó realmente?
A 200 años de aquellos hechos, Rosario3.com consultó a Marcela Ternavasio para analizar qué pasó antes y después de la formación de la Primera Junta que –como dicen los manuales escolares– estaba presidida por Cornelio Saavedra e integrada por Mariano Moreno, Juan José Paso, Manuel Alberti, Juan José Castelli, Miguel de Azcuénaga, Juan Larrea, Manuel Belgrano y Domingo Matheu.
Revolucionarios con incertidumbre
—¿Cuál es el objetivo de los protagonistas de la Revolución de Mayo de 1810?
—Si hay algo que uno no se puede determinar son los objetivos de aquellos hombres en el momento de la Revolución de mayo de 1810. La revolución no es producto de un plan preconcebido y maduro de Independencia. Lo primero que es oportuno distinguir es la Revolución de la Revolución de Independencia. La Independencia como la alternativa finalmente triunfante de 1816 no estaba inscripta en la naturaleza misma del proceso que se abre en 1810 por una crisis brutal de la monarquía que comenzó dos años antes. Esa crisis de la monarquía desata un clima de absoluta incertidumbre. Es la incertuidumbre lo que predomina en todos estos meses que van de 1808 a 1810 y en adelante, y no la claridad de objetivos. La historiagrafía tradicional, que buscó crear el mito de la Nación en la Revolución de Mayo, presentó a esos actores desde la certeza de los objetivos. Se suponía que esos objetivos eran revolucionarios de independencia desde el origen. En realidad, la revolución se va contruyendo al calor de unos acontecimientos que están marcados por la incertidumbre y por una disputa al interior del imperio español que entra en crisis con la corona. Es una disputa interimperial, especialmente en el Río de la Plata, lo que hace que esos objetivos vayan permanentemente cambiando a partir de las contingencias que los acontecimientos van imponiendo. A dos años de una corona acéfala, llega una noticia que convulsiona a todos los habitantes de hispanoamérica: los franceses han tomado practicamente toda la península. Además, cae la junta central que reemplazaba al rey y se forma un consejo de regencia a escondidas, huyendo de las fuerzas francesas. Todo eso, presiona a un sector de la población porteña a tomar una decisión. En ese momento es oportuno preguntarse qué hacer en el futuro inmediato mientras el rey está cautivo y lo que se decide es formar una junta. A partir de allí aparecen distintas posiciones que se van configurando en torno a cuáles son los posibles cursos de acción.
—¿Cuáles eran los intereses de los protagonistas?
—Las clásicas interpretaciones sostienen que estaban movidos por el libre comercio. Es cierto que el libre comercio es un dato que esta allí frente a un sistema monopólico que entró en crisis hace muchos años. Pero la historiografía está revisando todo esto. La idea del interés tal vez no sea la más adecuada para abroquelar a actores que se manifiestan de manera muy cambiante frente a las contingencias de los acontecimientos.
—¿Cuándo se forma la primera junta comienza a haber más certezas?
—La incertidumbre abarca un lapso mucho más amplio que el momento de 1810. Por alguna razón no se declara la Independencia hasta 1816. Lo que se va construyendo desde 1810 son opciones y alternativas que se van radicalizando cada vez más. Algunos grupos van a estar más radicalizados que otros. Moreno y el sector que lidera va a estar más radicalizado que el grupo que representa Saavedra. La radicalización consistía en convocar a un congreso constituyente para definir una forma de gobierno y en eso estaba implícita la idea de una emancipación aunque todavía no se diga a viva voce.
—¿Cuál es la posición que termina imponiéndose?
—En diciembre de 1810 gana una posición más conservadora que la que proponía Moreno. La junta grande es el reflejo de ese espíritu más conservador de no declarar la Independencia, de esperar a ver qué ocurre en la península. En ese marco hay un triunfo que es efímero como todas las posiciones en pugna en este período. Si hay algo que caracteriza a toda esta década revolucionaria que podemos hacer llegar 1820 es la provisionalidad permanente. Ese triunfo de una posición más expectante y conservadora se va revertir en octubre 1812 cuando la Logia Lautaro y la Sociedad Patriótica (que es la continuación del viejo grupo morenista liderada por Monteagudo) derroca al primer triunvirato, establece a nuevo gobierno y lo conmina a convocar a un congreso constityente.
Libres e independientes
—¿Cuál es el espiritu que hay en la Independencia de 1816?
—Es paradójico. El segundo congreso constituyente que se reúne en Tucumán a comienzos de 1816 tiene un espíritu mucho más conservador que el que había predominado en la asamblea del año 13 pero es el que a su vez declara la Independencia. Aquí San Martín está presionando no sólo para cambiar la estrategia de la guerra de independencia si no también para determinar que esa guerra no tiene ningún sentido si no hay una declaración formal de esa independencia. La independencia se declara en nombre de las provincias de Sudamérica pero todavía no tiene claro cuales serán los territorios que formarán parte de este nuevo orden político. De hecho, están en guerra en el frente del norte y hay regiones muy importantes que no están participando de este congreso porque tienen disidencias importantísimas con el gobierno que rige en Buenos Aires. A la guerra de independencia se suma un un enfrentamiento interno muy virulento entre aquellos que defienden una forma confederal de futura organización de país y aquellos que sostienen una forma de organización más centralista. De manera tal que esa grandilocuente expresión de Independencia de las provincias sudamericanas más que un espiritu americanista está demostrando la incertidumbre, una vez más, de quiénes serán parte de este orden jurídico que se declara libre e independiente.
Revolución participativa
—¿Los hechos de mayo de 1810 fueron un fenómeno exclusivamente porteño? ¿Cuál fue la participación la participación popular?
—Efectivamente la Revolución nace en Buenos Aires y es obra de los grupos porteños que están movilizados por las milicias que tienen su origen en las invasiones inglesas. Esas milicias van a volcar la suerte del virreinato en el momento en que deciden presionar al virrey Cisneros para convocar a un cabildo abierto y para determinar quienes serán parte de esa junta de gobierno. El cabildo va a intentar entre el 22 y el 25 de mayo crear una junta presidida por Cisneros pero la movilización popular obliga a cambiar los nombres de la junta, que luego se va a conformar tal como la conocemos a nivel escolar.
—¿Cuál es el legado que deja la Revolución de 1810?
—Halperín en algún momento dijo que la revolución no marcó un rumbo político sino un nuevo principio de legitimidad del poder político. Ese nuevo principio implicó una novedad brutal: significaba que el poder no derivaba de un principio de derecho divino sino de la soberanía popular. Por eso la revolución es una revolución y seguirá siéndolo aunque los historiadores la distingamos de la Independencia. Fue una revolución porque impuso un nuevo régimen de legitimidad política que cambió la vida de los hombres para siempre. Ese principio de legitimidad política implicó por primera vez la creación de un régimen representativo con base electoral muy amplia. Eso no quiere decir que se haya instalado en ese momento la democracia, en absoluto. Esa base amplia es un punto de partida que dejó un legado para toda la historia argentina sobre el cual no se pudo volver atrás. Todas las veces que se intentó discutir el establecimiento en el siglo XIX de un voto calificado sistematicamente fracasó.
—¿Cómo se convocaba al pueblo? ¿Cuáles eran los modos o medios de comunicación?
—Un modo era a través de la campana del Cabildo que, tocada de una manera, implicaba siempre alguna convocatoria a la plaza. El 1 de enero de 1809, el alcalde Martín de Álzaga llama al pueblo a un Cabildo abierto y a las milicias a agolparse en la plaza tocando la campana. La convocatoria es contra Liniers que era el virrey. Cuando la gente se reune en la plaza comienza un enfrentamiento entre las milicias que apoyaban a Álzaga y las que estaban con Liniers. Saavedra y los patricios hicieron que se frustrara este intento de junta de Álzaga. Triunfante, lo que hizo inmediatamente Liniers fue someter a juicio a los amotinados, desterrarlos al sur y sacar el badajo de la campana del Cabildo.
Marcela Ternavasio es profesora de historia en la facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Se graduó en esa casa de estudios y además es máster en Ciencias Sociales (Flacso) y doctora en Historia (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). Es investigadora del Conicet y del Consejo de Investigaciones de la UNR. Publicó varios artículos y libros sobre la historia política argentina del siglo XIX.
Ternavasio: "La Revolución dejó como legado que el poder deriva de la soberanía popular"


