Raquel B. Kreichman
Nuestro querido Negro Fontanarrosa interrogaba con ingenuo humor e ironía en el Primer Congreso Internacional de la lengua española realizado en Rosario “… por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué?, ¿quién dice qué tienen las malas palabras?, ¿o es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas?, ¿son malas porque son de mala calidad?, o sea que ¿cuando uno las pronuncia se deterioran? o ¿cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?” Los académicos, investigadores y docentes presentes rompieron a reír, aplaudir, y hasta ovacionar, pese a que probablemente en su mayoría, aunque en los diálogos de sus alumnos y aún en los propios éstas alcanzan un importante porcentaje, no les darían a estas malas palabras cabida ni en sus investigaciones ni en sus procesos de enseñanza–aprendizaje, en tanto son discriminadas por las buenas.
Sin ánimo de contradecir a mi admirado y tan querido escritor, voy sostener una postura contraria: hay buenas y malas palabras, las malas son las que van de la mano de injurias respaldadas por paradigmas de discriminación e injusticia y a ellas hay que desterrarlas. Sostengo que hay buenas y malas palabras, buenas y malas palabras con las que nos nombramos y calificamos, en tanto somos seres biológicos humanizados por la lengua y la cultura que aprendemos.
Por ello, el pathos fundamentalista también se manifiesta en la lengua: “Puta”, “puto”, “judío”, “negro”, con o sin su aditamento “de mierda”, son modos de insultar, discriminar, degradar, estigmatizar a quienes se considera inferiores.
Pero, es importante considerar de dónde emergen estas creencias que generación tras generación se aprenden, transmiten y perpetúan como “naturales”, “normales”; cómo desde pequeños se incorpora y luego se enseña de adultos a los niños que no es conveniente que jueguen con “fulanito” o “fulanita” por tales o cuales motivos o sin ningún motivo; mientras tales niños “fulanitos” y niñas “fulanitas” sienten que sobre ellos y ellas caen como guijarros la exclusión, el “ninguneo” o el insulto. Es decir ¿desde qué palabras y discursos autorizados estas creencias de la vida cotidiana que la hace tan egoísta han sido construidas y en qué se fundamentan?
Resulta difícil creer que las expresiones antes mencionadas: “puta”, “puto”, “judío”, “negro” con o sin su aditamento “de mierda” ( incluimos la expresión “negros de mierda” para nuestro país no sólo para los hombres y mujeres de color, sino para los pobres, “los cabecitas negras”) provengan de discursos autorizados, discursos importantes, discursos de poder porque discriminan, como vemos, no sólo grupos minoritarios, ya que integran estas listas los pobres, las mujeres, las razas de “color no blanco”, los judíos, los homosexuales u otros sectores, que no condicen con el estrecho parámetro del estrecho sector que considerándose superior asignan a otros categorías de inferioridad, anormalidad.
Es que considero que estas expresiones tan poco sagradas y menos académicas, que emplean el común de las personas, condensan sintética y metafóricamente las creencias y los odios que durante siglos se han construido desde distintos discursos provenientes tanto de instituciones religiosas como de teorías pseudocientíficas, de campos provenientes de la medicina como de la filosofía, la sociología, antropología, entre otros. Se trata de discursos y teorías que tienen en común un horizonte fundamentalista basado en absolutos universales. Estos discursos que pretenden hablar en nombre de Dios o de la Naturaleza en realidad sólo son interpretaciones realizadas sobre los textos sagrados o sobre los fenómenos naturales. Y éstas interpretaciones pretenden hacer creer que sus argumentos reflejan de modo transparente el orden que lo Divino o lo Natural han determinado para el mundo, la sociedad y todos los seres humanos.
Me referiré principalmente a la emergencia del paradigma universalista, esencialista, naturalista, racionalista, a los planteos que sustentan en común las teorías que levantan el llamado “orden natural”, en cuyo nombre demostrarían superioridades de raza, género, sexo, normalidades y anormalidades.
En el medioevo la institución religiosa era el lugar reconocido como enunciación de la verdad por lo que la ciencia y el arte se encontraban subordinadas al paradigma teocéntrico. Para este paradigma, el hombre creado por Dios estaba dividido en un alma de origen divino y en un cuerpo fuente de pecado, pero para este paradigma todos los seres humanos eran iguales en tanto criaturas creadas por Dios. Cuando la ciencia, que nació en las iglesias, logra independizarse de esta institución, sus estudios no tendrán ya que ser legitimados por ésta y, en ese sentido, sus enunciados no podrán ser más rechazados por contradecir las sagradas escrituras. Entonces, la antropocéntrica Edad Moderna reconocerá a la ciencia como nuevo lugar de enunciación de la verdad y como garante del desarrollo y progreso de la humanidad. Pero dado que el imaginario de totalidad y homogeneidad es caro al espíritu humano, la ciencia debió encontrar una unidad que desplace, al menos en el espacio de lo terrenal, a la unidad de Dios como parámetro de explicación de lo universal. Esta nueva unidad será la Naturaleza.
El dinámico desarrollo del nuevo orden mundial capitalista requería de la ciencia y de la técnica, el conocimiento de la naturaleza y las leyes que plantea una física mecánica se pondrán al servicio del dominio de la misma. Con el advenimiento de la revolución industrial y la sociedad de masas existen condiciones para la emergencia de las ciencias sociales. Si el marxismo estudia la sociedad capitalista como una etapa a la que le seguirá otra que dará el salto hacia una sociedad más justa, las teorías positivistas del siglo XIX consideran que el capitalismo es la culminación de la razón humana que encarna en sí el progreso. El imperativo para estas ciencias será, homologándolas con la física mecánica, el descubrir supuestas leyes universales naturales de evolución de la sociedad para ordenarla y/o “dominarla” conforme a las mismas. El “hombre” y “la sociedad” serán considerados objetos naturales pasibles de ser observados objetivamente por la razón.
Comte, fundador de la Sociología en el siglo XIX, en su texto “El espíritu positivo”, escribe que, aunque algunos nieguen la existencia de la “ley real” “ … del principio de invariabilidad de las relaciones físicas se debe derivar la invariabilidad de las leyes sociológicas para los comportamientos humanos.” La sociedad es imaginada como un todo homogéneo, como un organismo físico, una máquina racional que evoluciona por leyes únicas, invariables, universales y naturales. La sociedad tendría un mecanismo endógeno de desarrollo racional - natural.
Es así que la ciencia social se instala en la paradoja de construir al “hombre” como objeto de estudio para excluirlo como sujeto. El hombre natural es interpretado como una cosa, como un dato de la naturaleza, a la que un observador científico podrá, despojándose de la condición subjetiva – intersubjetiva, considerar de modo objetivo, neutral. La cosificación del hombre y la sociedad derivó en una construcción discursiva que objetivó a las instituciones sociales como entelequias también naturales: el Estado, el Derecho, la Familia se construyeron como objetos naturales.
A diferencia de la religión que, al concebir en el hombre una división entre cuerpo y alma fundó una moral, esta ciencia positiva, cosificadora , al basarse en lo natural no pudo constituirse desde una ética. Comte escribe exaltando a la razón que la pasión y la imaginación deben ser reprimidas y la moral debe subordinarse a la ley de la naturaleza. Dado que lo natural no puede ser bueno o malo, la moral universal queda subordinada a los dictámenes de la sociología, la antropología, a sus construcciones discursivas de raza, a los parámetros de normal – anormal, natural – antinatural, superior - inferior. Comte no duda en comparar “científicamente” a la raza blanca como la cabeza del cuerpo humano por su inteligencia y superioridad, a la raza amarilla como las manos del cuerpo por su laboriosidad y a la raza negra como el corazón por su sensibilidad.
Teorías sustentadas en este paradigma “descubrirán” leyes naturales que supuestamente determinan ya sea, la inferioridad de la mujer, la superioridad de la raza blanca, la anormalidad de la homosexualidad en tanto desviación de la naturaleza. Muchas de estas teorías serán fundamento de las empresas colonizadoras, los genocidios y la vuelta a la esclavitud del moderno siglo XIX.
Diversas teorías con esta concepción de hombre, sociedad, raza, sexo se siguen transmitiendo y mediatizando con diferentes niveles de divulgación en el sistema educativo y medios de comunicación. Pese a que las teorías se pretenden y receptan como transparentes, neutrales y pacíficas, como escribe Bourdieu, luchan en sus clasificaciones por un determinado ordenamiento social.
Como exégesis de la esencia del ser, discursos racistas, eurologocentristas, neoliberales de mercado salvaje, falocéntricos, misóginos, homofóbicos circulan argumentando, nunca demostrando, la superioridad de la raza blanca, de la civilización occidental sobre las barbaries, de los ciudadanos de primera sobre los ilegales, indocumentados, del macho sobre la hembra como de la normalidad de los heterosexuales y la anormalidad de los homosexuales y diversas formas de vida. Todos discursos que creen haber develado el enigma y posibilidades del ser.
Borges en el escrito “El espejo de los enigmas” cita estas palabras de León Bloy: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quien es con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz”
El ser humano se presenta como un enigma, enigma sobre “quién soy”,”qué he venido a hacer en este mundo”, “qué sentido tiene la vida”. Estos enigmas han interpelado a la religión, la filosofía, la ciencia tanto como a cada uno de los simples mortales. Podríamos preguntarnos ¿Por qué al sujeto el mundo y su propia existencia se le plantea como un enigma? ¿Por qué ese sentimiento de incertidumbre a que alude la cita de Borges? La respuesta a la que adhiero es aquella que nos plantea que la condición humana trasciende la condición natural, la condición biológica de la animalidad, de lo innato, porque somos seres de lenguaje y cultura.
El lenguaje nos divide y separa de la naturaleza. Dado que dependemos de otro ya instalado en la cultura para adquirir nuestra lengua materna, pues nadie la trae innatamente, podemos afirmar que la emergencia de la subjetividad, de la conciencia verbal, como acontecimiento psíquico singular en cada ser humano es ya un acontecimiento social, de ningún modo individual ni natural. La sociedad pasa a ser condición para todo ser humano, no por contratos o por adaptaciones naturales, sino porque su orden simbólico es sostén de las diversas identificaciones en que cada persona se ha constituido. Los lazos sociales se sostienen no en la naturaleza sino en la lengua - cultura, lazos hacia el pasado como herencia histórica, lazos hacia el futuro como destino común de sentido.
Nuestra vida social, entonces, tampoco puede estar regida por leyes biológicas - naturales, pese a que tantos discursos pretenden compararla con parámetros de la vida animal que pareciera se nos ponen de ejemplo, sino por la leyes que el hombre, sí, como “animal político”, según la definición de Aristóteles, ha instituido diversa e históricamente. Leyes y mandatos de cultura, de poder, que no pocas veces hacen al malestar que Freud tan claramente develara. Por ser compulsivamente incorporados, en principio, los mandatos, sentidos y valores de cultura se presentan como los únicos posibles, se presentan como naturales. Nadie los elige porque nadie elige dónde nacer, en qué cultura, con qué lengua y familia, nadie puede, al incorporarlos en la infancia, interrogarse sobre ellos, sobre el proceso histórico - social de producción que los hicieron posibles.
Las leyes y mandatos de cultura tienen que ver con el sentido. Frente a la finitud de la vida, el sentido y trascendencia de la misma interpelan al ser humano. Éste, como ser de lenguaje, a la vez que se interroga, se responde. La naturaleza permanece muda. La condición de parlante ha permitido la pregunta, la emergencia de enigmas, los por qué y también los “porques”, las respuestas. Heidegger observa a partir de unos versos de Silesius que “ La rosa es sin por qué, florece porque florece”. Es decir, tiene motivos, causas para florecer, pero no se pregunta sobre ellos como no se pregunta sobre el sentido o finalidad de su vida, simplemente porque a diferencia del ser humano, no tiene lenguaje.
La diversidad de lenguas y culturas implican diversidad de órdenes de sentido. El sentido es una falta, una incertidumbre, no lo transmite ningún gen. Los sentidos son diversos, se producen, se adquieren, se transforman en la vida social: sentidos de lo masculino – femenino, de lo justo – injusto, de lo bello – feo, de lo bueno – malo, de lo verdadero – falso.
La vida cotidiana contradice y socava el paradigma naturalista, esencialista, racionalista: la diversidad existe, la diferencia existe; pero diversidad o diferencia no son equivalentes con categorías como inferior, anormal, antinatural, dentro de las cuales se puedan incluir a elección otras como salvaje, bárbaro, negro, mujer, aborigen, inmigrante, homosexual. Es que ningún paradigma fundamentalista, totalizador, totalitario acepta la diversidad ni tampoco los conflictos que de ésta se derivan, por lo que el ideal de sociedad homogénea se corresponde también con el ideal de eliminar todo conflicto, todo antagonismo, toda diferencia. Ello no puede conducir sino al miedo, al odio, a la violencia, a la guerra, definitivamente a una sociedad para unos pocos, una sociedad cada vez más injusta.
Otro paradigma es posible, otro paradigma se asoma. Es un paradigma que concibe la condición humana sobredeterminada por la contingencia histórica, política, social, cultural. Un paradigma que reconoce el carácter discursivo y relativo de la verdad; un paradigma para el cual el progreso de las civilizaciones no está regulado por las leyes de la naturaleza, ni por las del mercado salvaje, sino que -orientado por creencias, sentidos y valores- está “regulado”, instituido, por decisiones políticas adoptadas por hegemonías contingentes. Somos animales políticos, seres creyentes y con nuestras creencias y políticas podemos construir sueños o pesadillas. A diferencia de los perros y demás animales con que en estos días hemos sido comparados, las formas de vida y de conducta de los seres humanos sólo en una ínfima parte está determinada innatamente por lo biológico: nuestra vida social se desarrolla en un habitat histórico, simbólico, cultural, diverso, artificial en tanto creado y transformado por cada comunidad.
Otro paradigma se asoma, cree en la igualdad de derechos. No reniega de la pluralidad de las identidades sociales y, en ese sentido reconoce la imposibilidad de eliminar todo conflicto y antagonismo. Pero los conflictos y antagonismos reconocidos y visibilizarlos habrá que resolverlos políticamente dentro de las instituciones y las formas que establece la democracia, nuestras leyes y la Constitución Nacional.
Las leyes humanas, a diferencia de las de la naturaleza, son modificables y perfectibles. Aunque no he podido hacer referencia porque excede este escrito, es justo decir que este paradigma no nace hoy, sino que viene pujando desde el fondo de los tiempos, este paradigma se encuentra en las mejores tradiciones de los discursos humanistas de nuestra cultura, discursos que provienen de distintas tradiciones de la religión, la filosofía, la política y otras teorías sociales, de la literatura y el arte. Discursos que en el pasado y en el presente se preguntaron y siguen preguntando por el sentido de la vida. Discursos que hoy interpretan la complejidad de la sociedad actual y formulan propuestas para una sociedad menos violenta, más justa, con valores democráticos, de solidaridad, igualdad, libertad, fraternidad.
Si la lucha por la institucionalización de órdenes injustos requieren del odio para imponerse por medio de la fuerza, la violencia y la guerra sobre el más débil, la lucha por la institucionalización de un orden cada vez más justo requiere de la lucha ideológica, lucha y debate de ideas a dirimir políticamente.
Resulta paradójico que hoy hombres de instituciones religiosas que creen que el hombre fue creado por Dios y no por la naturaleza, hombres para los que todos los seres humanos debemos ser iguales en tanto hijos de Dios, adhieran al “orden natural” y fundamenten su oposición a la ley del matrimonio igualitario por una supuesta desviación y anormalidad de estos conciudadanos respecto de la naturaleza. Asimismo, resulta paradójico si pensamos cómo hombres de ciencia fueron victimas de la jerarquía eclesiástica por haber sostenido nuevas ideas sobre la imagen del mundo. Sólo no resulta paradójico si se tiene en cuenta que se asemejan en prescripciones dogmáticas y determinaciones esencialistas presentadas como verdades atemporales y universales.
Resulta asimismo paradójico que una sociedad de mercado, de mercantilización del sexo como una de las fuentes más grandes de explotación y riqueza, una sociedad cuyo poder, como planteara Foucault, incita más a la proliferación de discursos sobre el sexo que a su represión, (hoy, por ejemplo, para la “caja boba” parece ser el objeto fundamental) mantenga tamaña discriminación contra los hombres y mujeres de orientación homosexual. No obstante, no resulta paradójico si consideramos, como también afirma Foucault, que esta discursiva proliferación exacerbada de lo sexual basada en teorías de herencia, perversión, degeneración como del racismo estatal biologizante se encuentran al servicio del control y administración de la sexualidad en la vida cotidiana.
La sociedad imaginada y pretendida por estos discursos como un todo homogéneo no pocas veces ha convocado y convoca a los odios para eliminar al diferente. La diversidad cultural, subjetiva, es vista como amenaza a la propia identidad. Toda diversidad es vista como un caos, por eso frente al matrimonio igualitario predicen casi el Apocalipsis y, ello sólo porque todas las personas de nuestro país van a poder, por el Estado laico, acceder a iguales derechos civiles, derechos a constituir una familia, hasta ahora reservado sólo a las personas heterosexuales.
Los discursos totalitarios, de verdad, pretenden imponer certezas unívocas y estereotipos. No hay estereotipo natural de masculino - femenino, no hay estereotipo natural de sociedad ni de familia: la familia, como toda institución social, fue y es históricamente diversa, diversidad legitimada o no por las creencias culturales o por las leyes del Derecho escrito.
Educar en este paradigma es un camino en el que las buenas palabras harán que queden atrás y en el olvido aquellas malas expresiones que caen como guijarros punzantes en el corazón de tantos niños “fulanitos” y niñas “fulanitas”, los y las que hasta ahora debían, en su despertar adolescente o ya de adultos, callar y ocultarse. Ahora podrán ver en sus libros escolares o revistas que hay chicos que se enamoran de chicos y chicas que se enamoran de chicas, que hay familias con papá – mamá – nene – nena y también sólo con papá, sólo con mamá, con hermanos de parte de papá o mamá, con papá y papá, mamá y mamá. Hay familia donde hay hogar y amor, el hogar es la familia unida en el amor, la solidaridad y la responsabilidad. La pareja y la familia es la unión entre personas, no entre un óvulo y un espermatozoide. Sólo se tiene que comprender que mujeres, hombres, blancos, negros, católicos, judíos, heterosexuales, homosexuales somos todos, en primer lugar, personas, personas iguales en derechos.
Finalmente, quiero manifestar que este escrito es resultado de la gran motivación que me produjo esta ley de matrimonio igualitario; ésta me ha devuelto, como a tantos argentinos y argentinas, el orgullo de serlo, la esperanza en que es posible un destino más solidario y justo para todos; y sobre todo la creencia en la participación colectiva que tantas veces he retomado y abandonado. Esta motivación está acompañada por una profunda convicción que no es sólo epistemológica sino a la vez ética, política – ideológica y hasta visceral, convicciones que he sostenido a lo largo de mi vida personal y profesional y que hoy siento que quiero compartir con tantos miles de argentinos y argentinas con los que me sentí hermanada y también con aquellos que aún se oponen. Sobre todo también deseo compartir este momento de felicidad con todos aquellos que lo hicieron posible, tantos valientes a los que dedico especialmente este escrito, muestra a la vez de agradecimiento.
Dije que esta ley me ha devuelto cuestiones valiosas. Por ello- y aunque no sea mi estilo hacer público parte de mi vida personal y mis sentimientos- la ocasión amerita dar testimonio, y en cierto sentido esto es un testimonio como mujer, como hija de judíos inmigrantes, sobrina y nieta de judíos asesinados en la Polonia del nazismo, como amiga de estudiantes desaparecidos y como mamá de un hijo de orientación homosexual, Leandro, que como mis otros hijos, Mariano y Gustavo, ha hecho que en los mejores y en los peores momentos de mi vida sintiera que por él, por el orgullo de lo que él era, mi vida valía y tenía sentido. Es que así, como toda decisión política trascendente, como lo fue, por ejemplo, la concreción de la consigna primigenia de las Madres de Plaza de Mayo “Juicio y castigo a todos los culpables”, esta decisión política de la ley de matrimonio igualitario es una decisión de vida, legitima una vida digna para miles de personas, miles de personas a las que se les sustrajo esta categoría y a las que se las pretendía identificar por sólo un rasgo: el de la orientación sexual. Calificados y estigmatizados por sólo uno de los rasgos que conforman al ser humano, no se les legitimaba su vida, su pareja, sus hijos, sus familias. Hoy ya la ley condena a quienes pretendan discriminarlos en las escuelas, los trabajos, a quienes por odio los injurien. Hoy las “buenas palabras” nos han hecho mejores y, esta vez, metafóricamente, sin violencia, se han dado el gusto de darles a las “malas palabras” una flor de paliza.
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