Sobre el pómulo izquierdo, debajo del ojo, Florencia tiene tres manchitas. Tres pequitas que se forman como las tres Marías. Los labios finitos pintados de rosa, a tono con las uñas, súper prolijas. Los fines de semana trabaja como manicura en una peluquería y en la semana estudia, ya le falta poco para recibirse de nutricionista. Cuando habla lo hace sin tristeza, casi con resignación. Las pulseras la acompañan con un suave tintineo. Al lado suyo, su mamá asiente a cada palabra y suma algo acá o allá. Florencia es víctima de violencia de género. Su ex pareja no le pegó una sola vez pero desde hace casi cuatro años le hace vivir un infierno. Un acoso psicológico incesante.
“Lo conocí a los 13 por medio de otro amigo. Él estaba viviendo en España así que lo único que hacíamos era chatear. Cuando volvió nos pusimos de novio. (Para entonces) yo tenía 19 años”, comenzó Florencia, que ahora tiene 25. Emmanuel era su primer novio.
Los episodios de violencia, contó a Rosario3.com, empezaron cuando la relación se terminó, en el invierno de 2013. Ella descubrió una infidelidad y le cortó. Hacía un tiempito que estaban mal pero él siempre lograba evitar el adiós. “Me hacía la psicológica, me decía que se había vuelto de España por mi”, contó.
Con todo, Florencia aseguró que el tiempo que estuvieron en pareja fue bueno aunque reconoció que a veces sus celos la asustaban. Una vez, recordó, casi golpea a un trapito que la piropeó.
"En Tribunales me dijeron que si no estaba golpeada no era urgente"
La noche de la ruptura –era sábado– Florencia se quedó con sus amigas y apagó el celular. Cuando lo volvió a encender descubrió unas 40 llamadas perdidas y mensajes de él. Pasaban del amor al odio: “Primero me decía que lo perdonara, que me amaba, después que era la peor basura”.
Era el preludio de lo que vendría.
Pesadilla
Y entonces comenzó la pesadilla. Emmanuel la esperaba a la salida de la peluquería, en la parada de colectivo camino a la facultad, a la entrada de vóley cuando iba a entrenar. Le mandaba mensajes de texto haciéndose pasar por otras personas. Averiguaba cuándo rendía y le escribía. Llamaba a sus amigas, a su mamá. Por turnos les pedía ayuda o las insultaba.
Dos veces cambió de número para evitar que la contactara y las dos veces –señaló– Emmanuel consiguió su celular y volvió a buscarla.
Hasta que un día Florencia se hartó y decidió denunciarlo por violencia de género.
“Fui a Tribunales y me atendió una persona que me trató muy mal. Me dijo que si yo no pensaba que si llegaba a mi casa me mataba, que no me podía tomar la denuncia. Me decía que si no estaba golpeada no era urgente”, se quejó.
A pesar de todo consiguió la orden de restricción en octubre de ese 2013, pero sirvió de poco. Apenas la recibió, Emmanuel le pasó la notificación por debajo de la puerta de su casa. Había usado la hoja para escribirle una carta.
Se lo siguió encontrando a cada paso, incluso lo descubrió en su fiesta de graduación con una copa de champán en la mano. “Él que nunca tomaba”, rió con amargura.
Obsesión
Como la del sumariante que le tomó la denuncia por violencia de género, Florencia recordó otras dos contestaciones insólitas que en su peregrinar por ayuda escucharía algunas veces más.
Por recomendación de una amiga –contó–, acudió al teléfono verde, la línea de atención a las víctimas: “Me atendió una chica y me dijo: «Mirá, si no te pegó, no sirve tu llamado. Sólo podemos hacer que quede grabado por las dudas que te pase algo como para que quede que vos llamaste»”.
Qué hiciste vos para que él esté tan obsesionado con vos"
Otra vez, fue de parte de un policía. Emmanuel había violado la restricción de nuevo y la esperaba en la puerta del club donde practica vóley. Sus amigas, contó Florencia, le avisaron a su mamá y su mamá a la policía. Cuarenta minutos después, unos diez agentes –continuó–, interrumpieron el entrenamiento y se la llevaron. A ella. Su ex ya se había ido.
“Y uno me pregunta –recordó–, «qué hiciste vos para que él esté tan obsesionado con vos»”.
Paliza
Con descansos de uno o dos meses, donde Emmanuel desaparecía sólo para reaparecer igual de insistente, las cosas se mantuvieron así por más de tres años. Él que la buscaba y atosigaba a su familia, ella que aguantaba. Hasta que en noviembre pasado, Emmanuel cruzó a su hermano en la calle y lo desfiguró de una paliza.
“Mi hermano volvía de trabajar y se lo encontró en la calle. Lo golpeó de atrás. Lo dejó tirado en el piso y lo pateó hasta que alguien se lo sacó de encima”, contó Florencia.
Hicieron la denuncia en la comisaría 6ª y esta semana Federico tuvo que presentarse en el Ministerio Público de la Acusación (MPA) para ratificar su historia. Le dijeron –siguió Florencia– que en un mes Emmanuel también deberá pasar por Fiscalía pero que “como no hubo testigos ni pruebas” –no tomaron las fotos de las heridas– es algo así como su palabra contra la suya. Por otro lado, Emmanuel no tiene obligación legal de asistir.
Tampoco consideraron que sobre él pesa una denuncia por violencia de género y que tiene una orden de restricción que nunca respetó.
“No sé qué esperan, que mate a alguien”, se quejó Florencia.
Amenazas
Desesperada, tras la golpiza, Susana, la mamá de Florencia, se contactó con la inmobiliaria a través de la cual Emmanuel alquila su departamento –a solo dos cuadras de donde ellos viven– y les contó sobre su violencia. Ante la falta de acción de la Justicia, esperaba que alguien le pusiera un freno.
Poco después, al Facebook de Florencia llegó un mensaje de un usuario desconocido pero que a su entender sólo podría ser su ex. El texto prometía venganza.



