Una bomba, fue como una bomba. A la primera ráfaga que golpeó con fiereza en las puertas de Televisión Litoral le siguió el derrumbe del techo, el estallido de vidrios y el pánico.

“¡Vamos a arriba a ver si están todos bien!”, grita Sebastián, operador de Radio 2. Sí, arriba están todos bien.

“¿En administración están todos bien?”, pregunta después. Las chicas vienen pálidas, blancas como un papel. Pero están bien.

No, más allá de la destrucción, no hay heridos, todos están bien. Pero hay miedo. El viento sigue y los ruidos también.

Son unos minutos de angustia y, tendencia natural, todos, los del canal, los de la radio, los de la web se juntan.

Pero pasa, y la gente vuelve a disgregarse. Algunos quieren ver la dimensión de los daños, otros van en busca de un teléfono: desespera no saber qué sucede afuera de este lugar del cual, con el huracán, nadie puede salir. Allí están las familias, los hogares. Si la dimensión de la tormenta es la misma que acá puede pasar cualquier cosa, es la preocupación de todos.

La comunicación con el afuera, complicada por los problemas en las líneas telefónicas, es, de alguna manera, tranquilizadora: si bien se reportan daños, todos están bien.

El viento da una tregua que permite salir y ver de afuera la magnitud del desastre: la antena caída, los árboles arrancados de raíz. Las postales del desastre se repiten luego, a lo largo de la avenida Perón.

“¿Qué pasa en esta ciudad? ¿Hay alguna maldición?”, pregunta alguien.