Presentan el libro “La educación clandestina”

El texto escrito por la docente e investigadora Natalia García se inscribe en la historia de la educación argentina (1966-1983) y se basa en documentos guardados en el Archivo Provincial de la Memoria. La obra revela nuevos datos sobre prácticas de colaboración civil con la dictadura en las escuelas santafesinas

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Este jueves 20 de abril se presentará en Rosario el libro La educación clandestina. Espiar, colaborar, depurar (Santa Fe, 1966 – 1983), escrito por Natalia García, docente de la UNR e investigadora del Conicet. El texto contiene valiosa información y sistematiza casos que remiten a la desaparición forzada de personas; persecución política e ideológica; “depuración” de actores y experiencias pedagógicas clave en la región. La cita será a las 19, en el Museo de la Memoria, Córdoba y Moreno.

Podría describirse como un típico caso de serendipia. Es decir, un hallazgo inesperado que se produce cuando uno está buscando una cosa distinta. Algo de esto le sucedió a la autora del libro La educación clandestina, quien se encontró con datos inéditos referidos a prácticas de colaboración civil con la dictadura cívico-militar en el aparentemente apacible ámbito de las escuelas santafesinas. Así surge de su relato en diálogo con el programa A la Vuelta (Radio 2).

“Logramos acceder a algunos documentos de inteligencia orientados al acecho, la vigilancia y la represión de los docentes, cuando en realidad buscábamos otra cosa”, dice la autora y cuenta que estaba investigando en el Archivo Provincial de la Memoria sobre la Biblioteca Vigil (en 2015 García escribió el libro "El caso Vigil") cuando preguntó a quienes trabajaban allí por un sector de cajas que no conocía.

“Me respondieron que ahí estaban las «botoneadas», es decir: pedidos concretos de ciudadanos comunes (esa figura tan furtiva de la historia que es el denunciante común) que elevaban notas a la Dirección General de Informaciones (DGI), dando su nombre y apellido o en formato anónimo, pidiendo que se investigara a un colega, un maestro o un director de determinada escuela”. Ese hallazgo disparó la idea de escribir el libro, cuya redacción al decir de su autora “no fue fácil; más bien costoso desde el punto de vista humano”.

El recorte temporal (1966-1983) al que se circunscribe la obra está relacionado con la vida útil de la DGI, “un organismo autónomo que podríamos denominar «nuestra Side santafesina». Son los años en que actuaron fuertemente en la «comunidad informativa» –como ellos la llamaban– los servicios de inteligencia en nuestra región”, precisa la autora.

“Extirpar el cáncer de la sociedad” y otras expresiones amigables

El análisis del material contenido en esos archivos, permitió a García reafirmar de qué manera algunas consignas muy escuchadas en aquellos años de dictadura cívico-militar, se traducían en prácticas y miserias muy concretas, además de expresiones descalificantes y condenatorias hacia lo diferente.

“Lo que se observa es que la cuestión no se limitó a una mera coacción o miedo. Hay un gris de comportamientos sociales y actitudinales de personas en las que caló muy hondo la idea de la delación patriótica”, describe la investigadora y apunta dos casos que llamaron su atención.

El primero está relacionado con la denuncia realizada por el padre de una alumna de escuela primaria quien llevó el cuaderno de Ciencias Sociales de su hija, a la Dirección General de Informaciones, como evidencia de “la subversión de su maestra”.

El otro caso está referido a una investigación iniciada por la DGI para conocer el pasado político de un profesor de la UNL. El docente quería impartir una serie de cursos de la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) sobre el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y como no tenía mucha información sobre el «suscripto», también llamado «causante», la DGI pedía la colaboración directa de personas afines al régimen para que aporten datos. “Aparecen entonces nombres de jueces, profesionales y ciudadanos comunes, que componían una suerte de inteligencia civil”, señala García.

Huellas de la “educación clandestina” en los adultos de hoy

Es inevitable pensar en la marca que el régimen autoritario que gobernó Argentina en los años ´70 dejó en los niños de entonces, adultos hoy.

Aquellas actitudes delatoras, acusatorias, censuradoras y culpabilizantes eran parte de la vida cotidiana en las instituciones educativas y es difícil suponer que no hayan dejado rastros en aquellos estudiantes que estaban en pleno proceso de formación.

Los subversivos de ayer tienen hoy un montón de otras adjetivaciones. Desde los pibes con gorra hasta las descripciones de víctimas de violencia de género"

Algunas de esas huellas podrían percibirse en la manera en que algunos adultos se posicionan éticamente frente a lo que consideran diferente a ellos. "Los subversivos de ayer tienen hoy un montón de otras adjetivaciones. Desde los pibes con gorra y la violencia institucional hasta las descripciones de víctimas de violencia de género, entre otros", afirma García.

"Salvando la distancia entre el genocidio de la última dictadura militar y la democracia actual, en términos de la condición humana creo que hay continuidades y en última instancia, esta investigación, más allá de lo que aporte al período y a la historia reciente de la educación, va en línea de poder reflexionar estas cuestiones”, sostiene la docente

En relación con el actual conflicto docente, la autora expresa que “hay demasiada persecución sobre los maestros, quizás más solapada, pero también hay un discurso explícito bochornoso que denota persecución y hasta macartismo en torno a las identidades políticas".

"Pero en términos históricos –agrega– aún en aquellos años de siniestra dictadura, se depositaba en los docentes un rol fundamental en la transformación social. Hoy, en cambio, el desprestigio golpea directamente el rol de los trabajadores de la educación y golpea fuertemente en su quehacer más íntimo”.

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