Desde la voz aflautada de una vendedora de chipá en la peatonal San Martín, el crujido de una escoba mojada sobre una vereda de Salta y Richieri, el sonido de la máquina registradora de un supermercado de avenida 27 de Febrero al 5200, pasando por la atmósfera caótica de una mañana en el Anses, hasta la voz de José Saramago en su visita a la ciudad con motivo del III Congreso de la Lengua. Una ciudad es capaz de cobijar una infinidad de sonidos completamente diferentes.

Como si se tratara de convertir esos ecos en un monumento de lo cotidiano a alguien se le ocurrió reunirlos para conformar Sonidos de Rosario, un archivo que se puede consultar a través de Internet.

“Por un lado, la idea es remitir a lo sonoro. Llevar a los oyentes a descubrir lo que producimos cotidianamente con nuestra vida en la urbe. Por otro lado, la intención fue crear y preservar nuestra relación con el medio, lo social y la naturaleza”, contó a Rosario3.com, Adolfo Corts, uno de los impulsores del Banco de Sonidos.

Como todo archivo tiene la intención de rescatar y conservar los sonidos de la ciudad pero con cierta flexibilidad y lejos de la idea de compartimentos estancos. Corts parte de la definición de que “todos los sonidos de la ciudad se pierden. Duermen y vuelven a despertar. Y eso es necesarioSi no seríamos lo más parecido al tono y barras de la señal de ajuste”.

1,2, 3… grabando
Todo comienza con un rec. Los que trabajan detrás del Banco de Sonidos oprimen el botón rojo del grabador y capturan por lo menos un fragmento de esa trama sonora en la que vivimos y en la que entramos cada vez que nos movemos y salimos a la calle.

“No modificamos la autenticidad de los registros. Ni tampoco los volcamos para contextualizarlos en un espectáculo”, señaló Corts.

En todo caso, lo que hacen es echar mano a la fuente inagotable de sonidos que presenta la vida cotidiana para encontrar los que les sirvan para trabajar en la construcción de este archivo vivo.

Todo suena

Los audios que forman parte del Banco son distintos y por lo tanto se extraen de diferentes recorridos sonoros por la ciudad. “Los circuitos pueden ser: rutinarios (como ir al trabajo), o eventos establecidos (espectáculos, charlas, manifestaciones, vida cotidiana), azarosos (ir a cualquier punto de la ciudad y recolectar lo que suena)”, explicó Corts.

Pero aún cuando el plan es capturar el audio de una actividad cotidiana o de un evento programado, los sonidos no dejan de irrumpir en la escena de manera más o menos espontánea.


El cazador de audios se dirige a bordo de un colectivo, aunque su destino es un partido de fútbol en uno de los pocos potreros que queda en un barrio de la periferia, capta el insulto de una señora hacia el chofer porque no abrió la puerta. Mientras tanto, en la esquina de Salvá y Muñoz pasa al mismo tiempo dos vendedores de helados con sus respectivas musiquitas, y más tarde en French y Tarragona dos personas cortan árboles con motosierras. Al final del periplo un acordeonista toca en la peatonal.

“Ahí, unimos todo eso en un mismo recorrido y saltamos todos en una pata”, dice con la sensación de haber superado un objetivo.

Cajita musical y social

Casi sin querer los que trabajan en Sonidos Rosarinos hacen honor a la premisa de lo bueno breve y los audios –que están en mp3– duran entre 30 segundos y un minuto, aunque por detrás haya grabaciones de hasta cuatro horas de extensión. Pero la cuestión económica no escapa a ese criterio.

“Cuando jugaron Argentina y México, en el Mundial 2006, hicimos un recorrido sonoro por la ciudad, el trabajo final fue de casi cuatro horas, incluyendo los festejos en el Monumento. A la hora de subir un audio de esa jornada, el tiempo de duración no pasa el minuto por cuestiones económicas relacionadas a la capacidad del hosting”, recordó Corts. Y apuntó: “En cuanto a la elección del archivo sonoro jugamos con la calidad del registro, el valor estético y pensando en el peso histórico que pueda llegar a tener”.

El banco de sonidos fue pensado para que los archivos sonoros puedan ser descargados en forma gratuita y utilizados para usos educativos pero sin fines comerciales. En palabras de Corts “se puede hacer uso pero no abuso”.