Quisiera apoyar las palabras de la jueza Alejandra Rodenas, cuando advierte la intercomunicación violenta que se observa en los vínculos “afectivos” (incluyen el odio y el amor) entre los jóvenes, que pertenecen a clase media, aclarando que estas cuestiones no responden a jerarquías de “estratos” económicos, sino culturales (lo que cree y sabe cada grupo etario).
La “globalización” de comportamientos difundidos en los contenidos de pantallas de vidrio (TV, Internet y otros), afecta diseños y construcciones familiares, con valores sostenidos por los padres, desmentidos por el mercado, con propósitos distintos.
Quisiera subrayar tres elementos: el hábito de la infidelidad, instalado en nuestra sociedad, no solo entre los jóvenes.., pensando e incluso reclamando, que las “re-acciones” pueden ser como la de los sajones, pero lastima y a veces mata a quienes participan. Somos “latinos” o “pasionales” en las respuestas comportamentales y a esto se suma, que los jóvenes tienen dificultades para simbolizar, sublimar y trocar acciones por palabras, o rituales que des-placen las compulsiones.
El otro tema grave es el entender: ¿qué es abuso? Cuando un menor refiere que se enamoró o fue seducido por un adulto, es abuso hasta que se demuestre lo contrario.
Lo mismo cuando en las parejas constituidas se somete al partenaire a actos genitales y/o sexuales (no es lo mismo), que provocan miedo, asco o simplemente rechazo.
El tercer tema y quizás el principal, es el neo vínculo padres-hijos. Al margen de las cuestiones conyugales, los padres tienen el derecho y el deber de participar, intervenir, opinar, defender, solicitar ayuda, etc., cuando observa que a su hijo le duele la vida, por la causa que sea. El error es creer que la infancia y adolescencia de hoy se parece a la de ayer, a la de cuando los padres fueron “hijos”. Todo es distinto y por primera vez en la historia, los hijos tienen más capacidad para acceder a los “conocimientos” (aunque sean de propósitos negativos). Es lógico el fracaso del autoritarismo, el castigo, la ley inapelable y todo lo que sirvió a las generaciones que nos precedieron. Sin embargo hay un axioma que intento subrayar hace tiempo: el padre es al púber o adolescente, lo que la madre es al lactante. El no puede dar el pecho en las primeras etapas y la madre no puede dar herramientas ni instrumentos defensivos y adaptativos, como puede el padre, asumido como brújula y autor de su hijo. Para no desmentir este vínculo vital, la sociedad debe sentarse a profundizar los estilos y contenidos “educativos”, no dar vueltas con la domesticación que utiliza premios y castigos.
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