La mala madre

A pesar de la ola verde y la reafirmación de los derechos de las mujeres, la maternidad sigue atravesada por imperativos y prejuicios. Ficción y realidad para romper mitos

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Las recomendaciones llegaron de parte de una pareja de amigos. Imposible no hacerles caso. Simultáneamente en el sitio del cine El Cairo estaban disponibles dos películas que ellos aseguraron eran imperdibles. Así fue que durante dos sábados nos sumergimos en estas historias: Bloody Daughter primero y después El proyecto Florida.

La primera es un documental del Stéphanie Argerich que logra invadir la intimidad de su madre, la pianista argentina, y la otra película, dirigida por Sean Bakersfield, recrea la vida de una niña y su mamá, habitantes de la zona pobre de Florida, una especie de cara B de Disney World.

Curiosamente, ambas exponen a dos madres y el trajín de criar hijos e hijas. Una es una prestigiosa artista y la otra una jovencita desempleada y adicta pero, a mí entender, comparten una forma de ser mamá salida de regla y que escapa de ciertos imperativos que recrean lo que se entiende como "la buena madre".

Aunque ambas desarrollan y muestran amorosos lazos con sus hijos, el Estado determina que la joven norteamericana sea separada de su hija porque se considera que la expone y la descuida. De hecho, se la quitan a la fuerza porque ambas resisten la medida.

No es que considere que deban tener similar resolución aquellos casos en los que las mujeres que debido a sus profesiones u ocupaciones deben dejar a sus hijos al cuidado de otros. Nada de eso, por el contrario, reivindico a la mamá trabajadora y proveedora. Sin embargo, se revela aquí la fuerza de una postura imperante por la que se cuestiona descarnadamente a aquellas mujeres que deben transitar sus maternidades en contextos hostiles, con escasas herramientas de comunicación, con mínimas posibilidades de generar un sustento económico viable para sus niños. Pareciera que cierta distancia con la crianza, incluso rayando al abandono, es más o menos tolerable de acuerdo a quien es la mamá en cuestión y más aún, de acuerdo a su posición social.

Algo de esto ocurrió con Verónica, la mamá Qom cuyo bebé Santino falleció el pasado 18 de noviembre. Aunque no fue así, desde el Estado se comunicó que el chiquito había fallecido por una sífilis que le había contagiado su madre. Más tarde, se admitió el error de comunicación y se confirmó que su muerte había sido por un germen mortal. En el medio, se remarcó el hecho de que uno de sus hijos había sido denunciado por abuso sexual contra los otros hermanos por lo que se había determinado alejarla de los chicos. Se dijo entonces, que la mujer conocía esta situación atroz.

Más allá de la responsabilidad que le cabe como adulta del bienestar y salud de sus hijos, es oportuno señalar que rápidamente se apuntó contra la mujer sin tener en cuenta su propia historia, sus limitaciones y problemas. A pesar de que retiró el cuerpo de su bebé, lo veló y pidió su autopsia, el ánimo social se concentró en que había contagiado al bebé de una enfermedad mortal, cuando no fue así.

La maternidad de Verónica cómo muchas otras se desarrolla en medio de la pobreza material pero también de recursos afectivos y educativos. No es justificable ningún maltrato infantil como tampoco el prejuicio y la valoración sin conocimiento.

La maternidad sigue siendo, más allá de la ola verde, la reafirmación y el avance de los derechos femeninos, un punto débil en estas conquistas. Porque a la mujer se le exige un modelo maternal casi sacro, de entrega y sabiduría, ser una madre que sola y perfecta. Un único modelo de maternar, sin contexto ni tiempo.

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